30 años de Psicódromo: club de referencia en la noche (y el día) de Barcelona

La Barcelona pre y post olímpica tuvo un templo: Psicódromo fue club de referencia en Europa. Electrónica, libertad y libertinaje celebran 30 años de locura.

 

Psicódromo marcó la historia de las noches y los días en la Barcelona de finales de los 80 y principios de los 90. Epicentro de la eclosión de la electrónica de baile, refugio preolímpico y reserva protegida de todo tipo de tribus urbanas unidas por el baile a cualquier hora del día o de la noche y la libertad. Sí, una libertad -y libertinaje- que hoy en día se nos antoja del todo imposible. De Psicódromo habrás escuchado todo tipo de anécdotas (desde la mítica aparición de un famoso personaje de la época, látigo en mano, exigiendo que se pinchase El Fary pasando por las habladurías que era una pensión -allí vivían regularmente unas 15 personas-) lo que sí que queda claro es que no tenía absolutamente nada que envidiar a clubs actuales del calibre de Berghain. La música que allí sonó y que se bailó y sudó hasta la destilación marcó el portazo a los 80 y la apertura, a patadas y con urgencia de los 90.

El destino ha querido que la madrugada del viernes 27 de septiembre se cumplan 30 años exactos de su inauguración. Tres décadas después de que Nando Dixkontrol pinchase el ‘What Time Is Love’ de los KLF como himno fundacional de uno de los clubs de referencia -este sí- de nuestro país. El local sigue en pie, activo, con la misma disposición que diseñó el propio Nando Dixkontrol -a golpe de martillo junto a Pepebilly- en su día y un renovado equipo de sonido de 11.000W: Sala Wolf, c/Almogàvers 86-88. Los DJs residentes sobrevivieron a esa etapa salvaje e iconoclasta y conservan los vinilos originales. Curioso como en la época muchos clubs compraban y almacenaban sus propios vinilos. De hecho una de las premisas que puso Nando Dixkontrol para llevar la cabina de Psicódromo fue que él se encargaría de comprar los discos y que al finalizar la relación Psicódromo-Dixkontrol serían propiedad del DJ. El proceso curativo de la selección musical que sonó en Psicódromo es lo que le distingue del resto de clubs en España y entronca en un triángulo valenciano-barcelonés-ibicenco que, a finales de los 80 y principios de los 90, era referente mundial de lo que en su día se denominó «cultura de club», ‘clubbing’ y que en realidad fue la eclosión de la música electrónica de baile en el ocio nocturno.

 

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Barcelona a finales de los 80 era un estercolero, un suburbio europeo, gris: campaban a sus anchas Loquillo, fenecía el rock laietà y pululaban mods con sus vespas. Aquel underground en los 90 se convirtió en mainstream y luego, como en el caso de Alaska y Nacho Canut, un entretenimiento conservador para ancianos. En Barcelona corría la heroína como lo hizo en Madrid, en Bilbao, en A Coruña y en tantas otras grandes urbes españolas, dejando a su paso un reguero de mierda, enfermos y muertos en vida. La hepatitis y el SIDA  hicieron lo que luego haría el juez Garzón en las Olimpiadas de 1992: limpiar Barcelona. En ese contexto gris estalló Psicódromo. Allí dentro podías ver a todo tipo de gente unida por la pasíón -y pulsión- de la música electrónica, el baile hedonista diurno, la droga y la libertad. 

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Barcelona también se abría a la química, a las nuevas drogas -que por aquel entonces se llamaban «drogas de diseño»- que llegaban de Amsterdam vía Valencia y que luego inundaron Ibiza en el primer verano del amor. Entonces ya no habría vuelta atrás: cuando los ingleses descubrieron el éxtasis, los balearic beats e Ibiza, y que todo aquello que había nacido bajo una pátina de alegalidad y con un fuerte componente cultural underground se podía monetizar a lo grande -con sus superclubs y super djs- destrozaron el sentido primigenio de todo aquello, pero también llevaron -diluida amablemente- la cultura de clubs y la música electrónica en una especie de democratización de «la fiesta». Disquisiciones a parte sobre el papel de los británicos en el devenir del ocio nocturno, las pastillas campaban como Pedro por su casa en una sociedad ávida de experiencias nuevas, de baile y de dejar atrás una vida sombría de mensajeros, telefonistas, yonkis, putas, maricones, mecánicos de barrio, camellos del extrarradio, diseñadores y ejecutivos con chaqueta de polipiel adictos a la cocaína y al tecnopop.

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Fue en Psicódromo -y después en Distrito Distinto- donde vi las primeras pastillas de éxtasis: eran grandes, como una aspirina efervescente, se partían religiosamente en cuatro porciones, como los quesitos del Trivial Pursuit. Sería de estúpidos decir que en Psicódromo no se consumían drogas. En la Barcelona de la época el consumo de cocaína estaba prácticamente normalizado. Era más fácil comprar anfetaminas que un recambio para la moto. Las pastillas venían de Amsterdam, alguna partida se quedaba para los connaisseurs de Girona y el sur de Francia, (cuna de raveros -y de aficionados a los bailes más psicotrónicos- y punto clave mundial de ingesta de setas alucinógenas) pero la distribución al por mayor se hacía desde Valencia. Recuerdo algún fin de semana salvaje -patrocinado por «Luis de La Choco» con uno de los mejores lotes fabricados en la Europa de la época. En la pista atronaba una mezcla de guitarreo darkerista, EBM, techno primigenio y house clásico. En tu cabeza atronaba libertad. Despojados de cualquier atisbo de decoro, allí se daban rienda suelta al más puro de los sentidos del ser humano: la diversión, el baile, la socialización. Era el antro perfecto, la cueva materna: cuatro paredes y bienestar. Las primeras sensaciones con el éxtasis recorriendo tu espina dorsal eran lo más parecido a estar en el Paraíso. No estábamos acostumbrados a la posología: algunos se las comían enteras y otros hacían refill a base de cuartos. Había mucho alcohol y eso no era nada bueno para el estómago. Un latigazo en forma de Front 242 me hizo correr hasta el averno del lavabo, llegué justo. Tras el géiser -y ponerme perdido- me tuve que limpiar con las plantillas de las Nike que llevaba. Con el rosco en llamas escuché el principio del «Ignore The Machine» de Alien Sex Fiend y se me pasaron todos los males. Eran las 11 de la mañana de un domingo de febrero, tenía 20 años y me fui directo a pedir un Giró-Cola para desayunar. Había gente allí que llevaba más de 24 horas bailando. Nando Dixkontrol llevaba más de 21 horas pinchando, los vinilos se acumulaban en cajas de fruta. Allí -y luego en Distrito Distinto- se daba cita la flor y nata del momento.

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La Barcelona Olímpica acabó con todo. Todo –literalmente todo– se acotó y controló. El ocio nocturno se normalizó y tomaba un importante papel en la hostelería de la ciudad. Venían turistas y claro, había que limpiar toda aquella mierda. Todo aquello que se vanaglorió y se apoyó en Berlin en Barcelona fue escondido. Todo lo que se apoyó y subvencionó en el Madrid de La Movida, en Barcelona se tapó bajo el eslogan «Barcelona posa’t guapa». La electrónica rápidamente se asoció a lumpen, a escoria, a makineros, a mascachapas -en la vertiente techno- y a putas, drogadictos y maricones -en la vertiente housera-. Pasamos en breve espacio de tiempo a ser una ciudad que no dormía a prohibir los afters. Se asociaba la vida nocturna, los clubs y los afters -y aún se tiene esa mentalidad en muchos puntos de España- a delincuencia, a chunda-chunda, a droga y a accidentes de tráfico. Como si en el resto de ámbitos de la vida no hubiese patrones comunes.

Nando Dixkontrol y Pepebilly sobrevivieron a la etapa más salvaje de Barcelona, conservando gran parte de los vinilos originales: en esos surcos están grabados a fuego tres décadas de fiesta, de cultura, de vida y de muerte. La famosa redada de 1996 puso punto y final al velódromo de la mente. No volverá a haber en Barcelona un club donde se respire más libertad no impostada. La implicación con la cabina era tan fuerte que Nando Dixkontrol y Pepebilly se instalaron a vivir en el piso de arriba. Había fines de semana que Dixkontrol solo se ausentaba de la cabina para cagar. Literalmente, él y Pepebilly se pasaban la vida mezclando. Nando era un yonki del electro americano -aquellos discos que le traía Petete de sus viajes por USA- y Pepebilly era la viva estampa del post-punk y la cold wave. Todo aquello mezclado con los shows/pollos que montaba Dixkontrol en cabina, EBM, synth pop y toneladas y toneladas de Killing Joke, Front 242, y todas las sonoridades más bailables de la cofradía de los de negro convertía a Psicódromo en un punto único en Europa, en lo musical y en lo humano.

 

«Para todos aquellos que sufran de catarro veraniego, ha llegado la hora de comerse la pastilla. El disco de las pastillas para los pastilleros de la madrugada. Viva San Juan, a romperlo todo hijos de puta” bramaba Dixkontrol desde el altar, micro en mano, sin camiseta y prácticamente encaramado a la pared cual Spiderman. Míticas eran las mezclas «indisociables»: el sonido Psicódromo era poner la la canción del Cola Cao con el «Último Imperio» de Atahualpa, el «Sunny» de Boney M con el «Hypnautic Beats» de Konzept o pinchar el «Pigliate na Pastiglia» de Renato Carosone con todos los 1000 metros de la planta de abajo repleto de personas con los brazos al aire entrando en plena comunión/trance con la música, el local, las drogas y el resto de la humanidad.

El próximo viernes 27 de septiembre, justo 30 años después de su apertura, el tiempo se parará durante 8 horas en las cuatro paredes de Psicódromo. El letrero de 8 metros volverá a lucir orgulloso en la fachada de Almogàvers 88. Estará Dixkontrol oficiando junto a Pepebilly y Ramón Moya. El broche lo pondrá la proyección del premiado documental «Ciudadano Fernando Gallego: Baila o Muere». documental que retrata la vida de Nando Dixkontrol.

 

Tienes toda la info aquí.

Playlist «Psicódromo XXX Aniversario» elaborada por Álex Salgado, co director del documental «Ciudadano Fernando Gallego: Baila o Muere»: 11 himnos.