Diecinueve años de carrera y séptimo álbum de estudio de la multinacional del rock contemporáneo de entretenimiento para estadios y pabellones olímpicos más importante del planeta (con permiso de U2).

Parecía imposible superar (a peor) el infumable Mylo Xyloto, pero esta vez Chris Martin y sus amigos concienciados lo han hecho: A Head Full Of Dreams es una deposición sonora del tamaño de un castoreño (para los no iniciados: el sombrero de un picador).

Ya en 2000, con Parachutes, dieron el pistoletazo de salida para recoger el testigo de Bono y compañía a base de épica de garrafa con coartada indie: nada nuevo bajo el sol, excepto ese registro de barítono perpetuamente impostado a base del abuso de falsetes y las malditas guitarritas, que, por aquel entonces, ya ni sonaban alternativas y que les hicieron entrar por la puerta grande en la cultura popular de consumo rápido y difícil compostaje.

La primera sensación auditiva que se lleva uno al escuchar este nuevo disco es que a El Guincho le ha sentado mal algo que se ha tomado. Plagado de trucos perpetrados en el estudio, A Head Full Of Dreams es un pastiche tan empalagoso que hasta marea. La producción es digna del decorador de los palacios de Luis XIV: pegadiza, inútil y vacía, el mejor de los trampantojos que hubiese soñado el Rey Sol. Sin ningún tipo de credibilidad artística (por favor, no se pierdan el vídeo de Adventure Of A Lifetime: monos haciéndose pasar por el grupo, cantando y bailando coreografías que harán las delicias de niños de entre cuatro y seis años, pero que para un adulto normal –pongamos un votante de Ciudadanos- supone un ictus ipso facto) el nuevo álbum de Coldplay irrita por su densidad fecal.

Todos y cada uno de los once temas que componen el nuevo álbum están diseñados a la carta para la radiofórmula –excepto Kaleidoscope que, según ellos, es un “interludio experimental”: John Cage sigue vivo de milagro-, futuros anuncios en televisión o banners animados de alguna web que antes lo petaba muchísimo pero ahora solo la consultan en Quito. La típica mierda que pisas en la calle y te hace tirabuzón hasta pringarte el empeine: el AOR más pestilente que servidor ha escuchado en los últimos quince años. Pachuli de mercadillo.

Las colaboraciones de amiguis con más followers que ellos atufan a azufre: de “dos orejas, rabo y vuelta al ruedo” es el caso de Noel Gallagher, que se lo lleva calentito -a lo Chelo García Cortés- sin rubor alguno (ovación cerrada y que salgan los monosabios). Beyoncé chilla y ameniza la verbena global en Hymn For The Weekend, donde Chris Martin se limita a dar la brasa, tocar las palmas y chasquear los dedos en un despropósito comercial sin preocupación alguna por la música, la letra o el arte más allá de los dividendos, la facturación y el parné más descarado. La bola se hace gigante e imposible de digerir (los votantes de Ciudadanos que antes mencionábamos darán fe de ello) cuando la colaboración se hace arcada -con o sin Fire- en la figura de la hija adoptiva más famosa de Talavera de la Reina (Toledo, España), la madre de Apple y Moses Bruce, la ex de Chris Martin, Gwyneth Paltrow.

La banda que en los conciertos lleva pintadas en sus manos las siglas “MTF” (Make Trade Fair) y que aboga por un “comercio justo” acompaña a un Chris Martin que en lo intelectual está más cerca del actual Sting (olvidada ya la época en la que iba a salvar el Amazonas y, en general, al mundo entero: ahora cobra a los fans para que le recojan la uva en sus fincas) que de lo que se supone tiene que ser la dirección futura del grupo que tiene que entretener -a lo Cirque du Soleil- estadios enteros embriagados por el pachuli AOR.

Dice Chris Martin -y los monos en el vídeo de Adventure Of a Lifetime-: “I feel my heart beating…You make me feel alive again…” suena una caja registradora y fundido a negro. A otra cosa.