Han pasado cuatro años desde la publicación de Harlem Shake y Harry Bauer -sin conexión familiar con Jack, que se sepa- ya no está por la labor de seguir exprimiendo ese rollo. En 2013, sin que se supiera por qué, Harlem Shake se había convertido en un fenómeno viral que alimentaba la subida incesante de vídeos a YouTube en los que la gente simulaba espasmos corporales justo cuando, tras el famoso sample [“Con los terroristas”, recuerden], llegaba un subidón que sólo se podía bailar como bajo un ataque de epilepsia. Como todos los memes, tuvo su gracia al principio y la perdió por completo al cabo de pocos días. El propio Baauer también acabó hasta los cojones -“se había convertido en una cosa cutre y fastidiosa”, le decía hace poco a Andy Beta en una entrevista para Rolling Stone-, aunque por otro lado reconoce que la exposición masiva que le ofreció Harlem Shake fue un espaldarazo valioso a su carrera. Porque ese track también había sido uno de los primeros síntomas de la gestación de otra moda, la del trap, que esta sí ha durado más y con resultados creativos mucho más sólidos.

Hay una conexión directa entre Aa, el primer álbum de Baauer, y el efecto Harlem Shake. Lo primero, si no hubiera sido por el track de marras, él ahora mismo seguiría recluido en un cubículo de mierda en Brooklyn produciendo música que sólo escucharían cuatro gatos y no habría experimentado la misma evolución que su compañero de sello Hudson Mohawke, que de ser un pajillero con Ableton Live y gorra de lado en Glasgow ha pasado a trabajar con los dioses del rap, e incluso con Antony. El éxito viral le dio la oportunidad de viajar, de conocer mundo, de visitar tiendas de discos, de renovar su paleta de samples, de hacerse amigo de M.I.A. y Future, de pisar el Sónar; en definitiva, de salir de la aldea y comprender, como decía el título de aquella novela de Ciro Alegría, que el mundo es ancho y ajeno. A la vez, Aa, está hecho como reacción directa a Harlem Shake. Todo lo que el público le pide a Baauer es lo que Baauer no quiere ser, ni dar, ni convertirse en. Así que en estos tres años se ha ido gestando una madurez artística que ha repercutido de manera positiva en su lenguaje. Sin dejar de ser un beatmaker con ciertas inclinaciones hacia la psicodelia kitsch -los samples de pájaros, las olas del mar, ese aromilla a new age de estrella de la electrónica que se apunta a hacer yoga-, en Aa hay más chicha y madurez de la que le hubiéramos imaginado. Por momentos, este álbum es como un terremoto que va teniendo réplicas cada pocos minutos (abriendo, de paso, grietas en su propio territorio, el del trap).

Decir que Baauer hace ahora ‘trap inteligente’ sería una descripción un tanto perezosa e injusta, porque en realidad el de Filadelfia no se ha intelectualizado, sino que se ha expandido como un globo tras un buen soplo de aire (fresco). Pero aunque encontramos todos los ingredientes de producción que caracterizan al trap -los hi-hats como zumbidos de moscardones, el bajo gordo y cómico, el avance narcoléptico de los beats, como si hubieran fumado muchos porros-, lo que envuelve las bases de Baauer es una variedad de texturas, adornos y destellos que sólo se pueden obtener en una boutique de lujo. En ese sentido, Aa tiene mucho en común con los álbumes de Rustie, con quien colabora al final en Church Reprise: una descarga incesante de samples, matices e impactos que se diluyen al poco momento, aunque el trastorno de déficit de atención en Baauer no es tan acusado como en el chiquillo caprichoso escocés. Hay acumulación, pero no hay dispersión. Sabe lo que quiere, y por eso Aa dice todo lo que tiene que decir en una media hora de alta densidad -aunque la sensación sea de ligereza-, como si fuera un big bang justo en el momento previo a la explosión.

El disco se acaba con el trino de unas aves -demostración de que en su corazón hay paz-, pero comienza con una percusión que podría ser de jazz o de soca, un redoble inicial que a los pocos segundos aparece devorado por una ráfaga ambiental al estilo Brian Eno -época An Ending (Ascent)– que es lo que en realidad abre este circuito paradisiaco. Aa es un título capicúa y su desarrollo también lo es, pero entre medias se suceden todo tipo de convulsiones, mutaciones cancerígenas, abstracciones y bravuconadas. En GoGo! brotan por fin los primeros beats con esas cajas cortantes marca de la casa, las micro-basslines en cada caída catastrófica del bajo, las vocecitas agudas y las melodías chinescas. La mezcla de exotismo y gueto es quizá el juego de equilibrios que sostiene en todo lo alto el álbum de Baauer: en Body juega al R&B ambientado en una película de ciencia ficción, y en Pinku contrasta un bajo funk al estilo Chic con samples de conversaciones en japonés, un momento muy Daft Punk seguido de crunk en Sow y de grime en Day Ones, un pelotazo al estilo The Bug en el que colaboran Leikeli47 y Novelist.

El siguiente tramo, a partir de aquí, está dominado por las colaboraciones: Tirzah aporta un poco de seda al R&B con armonías orientales de Wait for Me, M.I.A. también se apunta a los samples chinos en Temple, y el trap más ortodoxo es el que sirve en bandeja de plata -un bajo que late como un miocardio ralentizado por la codeína- a Pusha T y Future, invitados de honor en un disco que con ellos podrá entrar en el mercado del rap, a la vez que se lo pone fácil a los fans de Warp y a los fieles a los breaks flexibles de LuckyMe, siempre eficaces en su misión de masajear los culos más selectos. Y tras haber dado la vuelta al mundo a lomos de un trap imprevisible, Baauer regresa a las atmósferas celestiales -con un solo de guitarra hortera, que seguramente lo habrá sampleado para él Rustie, que es fan de Slash- para acabar soltando los últimos bombos rave y entonces, ya sí, descansar mientras trinan las aves. Parece que no haya ni orden ni concierto, pero Aa es un disco con pleno sentido. Harlem Shake podría haberle destruido: era fácil para Baauer caer en la tentación y repetirse. Pero revolviéndose contra su propia sombra, el descastado demuestra que ha sabido crecer, que no fue un tonto con suerte -no será lo suyo trap inteligente, pero sí que es trap con inteligencia-, y que a partir de aquí hay mucho futuro.