Veníamos de una larga etapa de estreñimiento Aphex. Desde que reunió lo mejor de la serie Analord en el disco Chosen Lords (2006), Richard D. James había decidido dedicarse a una de las actividades que mejor se le dan, o sea, la de rascarse parsimoniosamente los huevos mientras mira la tele en el sofá, o directamente observar el blanco enyesado del techo, y hasta que no le dio por lanzar Syro (2014) resulta que habían pasado ocho años, nada menos. Pero desde ese momento en el que se abrieron las compuertas, lo que antes era una retención del talento se ha convertido en una generosa emulsión diarreica de su música, y aquí estamos, en un ciclo victorioso en el que parece que va cayendo un disco suyo al menos una vez al año. Esto sabe a poco, a maná de Mercadona, si se compara con aquella hiperactividad editorial de principios de los 90, cuando se le comparaba con Mozart por no encontrarse en la música electrónica a nadie más prolífico, escatológico y genial, pero al menos ya no es la inopia en la que nos había dejado la clausura monástica de su ojal creativo. Ahora, la mierda Aphex fluye, vuelve a manar copiosamente como si en su cerebro estuvieran las fuentes del Nilo.

Cheetah EP es lo que viene después de Syro y Computer Controlled Acoustic Instruments p2 (2015), y aunque comparte autoría -James vuelve a firmar como Aphex Twin, no como AFX, o The Tuss, o cualquier otro alias diseñado para confundir-, lo más interesante de este maxi es que no tiene nada que ver con los dos trabajos anteriores. Syro era un álbum que acrisolaba los lenguajes de Drukqs y lo más trepidante de Analord, y Computer Controlled etcétera, segunda parte de una serie que jamás tuvo primera entrega, entraba en un terreno raro, incluso escurridizo para la soldadesca del techno, como era el de la música mecánica: aquel EP estaba más cerca de los mecanos instrumentales de Cabosanroque y de la música a motor, que de una rave para epilépticos. Llegados a Cheetah, entonces, es como si Richard D. James quisiera jugar una nueva partida, establecer unas nuevas reglas y, ya de paso, sacarse la manguera delante de la comunidad mundial del coleccionismo de sintetizadores para, después de haberse orinado profusamente en la boca de mucho fetichista de los modulares, certificar que en este juego, quien la tiene más larga, es él.

Expliquémoslo. Cheetah no tiene nada que ver ni con el depredador felino ni con la mona de Tarzán. Cheetah fue, en los años 80 y 90, una compañía británica de sintetizadores que apenas encontró un hueco en el mercado de los instrumentos electrónicos porque sus trastos eran difíciles de programar, muy poco intuitivos, o al menos esa es la fama que arrastra el módulo digital MS800, un cacharro sólo para freaks al que se le conocen pocas hazañas. Aphex, lógicamente, tiene uno guardado y restaurado, y su propuesta inicial para este maxi era construir unos pocos tracks -que empezó a filtrar en su mítica cuenta anónima de Souncloud– gracias a ese hardware con el que mucha gente había tropezado en su día, y al que él le ha sacado una textura tosca y sucia, como de house barato sin pulir, pero que insinúa un interesante filo cortante. De las siete piezas -que en realidad son cinco, pues CHEETA1B ms800 y CHEETA2 ms800 no son más que ejercicios de afinación de poco más de 30 segundos, interludios sampleables para que disfruten un rato los creadores de patches-, en realidad sólo son dos las que llevan el nombre del oscuro sintetizador en su título. Pero estos dos cortes iniciales son los que aportan valor a estos 30 minutos de deposición aphextwiniana: James extrae un sonido pesado, unos bombos con textura hueca, unas cajas que recuerdan a las programaciones primitivas del primer techno, pero sin que suene nostálgico de nada. A efectos estéticos, éste es un Aphex alineado con lo que hacen otros guardias pretorianos del viejo intelligent techno, como Huerco S., aunque sin tanta pasión por lo suyo: le puede un conservadurismo añejo con musculatura y energía a tono. Pero a efectos éticos, parece como si a Aphex le dieran igual el pasado y el futuro. Esto es puro Asperger para la pista de baile, todo le toca un pie.

Y como se la suda todo, brota de cada pista su cinismo habitual, y es fácil localizar el típico humor que hay en cada disco de Aphex Twin. Cheetah EP lo transmite a partir de la sensación de que los circuitos de las máquinas no conectan bien, de que los cacharros están a punto de averiarse, y que el sonido puede terminar apagándose en cualquier momento. En la época de la producción meticulosa, él se queda con el efecto de que todo puede irse a pique en cualquier momento -preferiblemente el mejor momento-. Aún así, cuando se alcanza el segundo tramo, en el que los tracks llevan títulos de resonancias venenosas como CIRKLON 3 [Колхозная mix] o CIRKLON 1, obtenemos por fin la síntesis final entre este nuevo Aphex que juega a ser el geek más raro de la escena, y el Aphex de siempre que, cuando mea, echa un chorro ácido y caliente, con basslines que crujen y crepitan, que sacan las melodías horteras de rigor, un cierto empuje funk y que dan lo mejor de sí cuando el bombo deja de ser un funcional 4×4 y se transforma en un breakbeat guarro y caleidoscópico (escúchese 2X202-ST5). Así que, por una parte, Aphex Twin sigue fiel a la fórmula Syro -siempre suena apetecible, aunque ya nada nos sorprenda-, y para mantener las buenas costumbres adquiridas desde los días de Milkman y el Richard D. James Album, no para de hacer el burro en los descansos, nos cuenta chistes y se hace el chulo. Es la misma mierda de siempre, pero no por eso vamos a dejar de exigirla.