Hace algunos meses publicábamos una entrevista a Dave DK (Kompakt/GER) en la que nos hablaba, además de su reciente lanzamiento del álbum Val Maira, de la escena electrónica de Hamburgo. En concreto, la definió escuetamente como “pequeña pero sólida”. Y es que, claro, cualquier ciudad del mundo parece tener una escena electrónica “pequeña” si la comparamos con Berlín, la hermana mayor abanderada del techno germano y, ya puestos, mundial. Lo de sólida ya es otra cosa, porque no son pocas las veces que nos encontramos con una escena local más bien raquítica. Pero hablemos de esa solidez de Hamburgo que Dave DK testificaba; situémonos, por ejemplo, en la reconocida tienda de vinilos y sello Smallville, al otro lado del ajetreado y lascivo barrio rojo. Nina Kraviz es una de las clientas habituales de Smallville, y se sabe que siempre que pisa la ciudad le hace una visita y sale con un arsenal de vinilos incunables. Y en Hamburgo hay mucho más, por supuesto, porque Isolée, sin ir más lejos, es literalmente vecino de Dave DK. Las colaboraciones entre ellos son cosas casi tan habituales como puede serlo ir a comprar el pan. A propósito de Nina Kraviz, fue Kölsch el que alabó su talento y su conocimiento acerca del techno, tanto de los sonidos del presente como de los que provienen de las raíces de las que todos los grandes suelen arrancar su tramo personal. Kölsch, además de este reconocimiento, alabó la actitud curtida de Kraviz, que ha sido en ocasiones criticada por su supuesta actitud de “diva del techno”. Más allá de reabrir el debate con acaloradas discusiones, lo cierto es que Nina Kraviz es una de las abanderadas femeninas de la electrónica actual. Siendo todavía un escenario mayoritariamente sitiado por artistas masculinos, el porte de Nina Kraviz, su implicación y actitud tienen más de positivo que de algún que otro rasgo criticable que podamos encontrar en su meteórica trayectoria.

Quizás os preguntéis por qué salen a colación, en una reseña de Helena Hauff, el nombre de Nina Kraviz y la ciudad de Hamburgo. En efecto, Helena Hauff es el nexo entre ambas, porque en los últimos dos años su tejido oscuro y rugoso, armado con una devoción analógica, ha saltado de una posición discreta a un privilegiado (y ganado a pulso) reconocimiento y visibilidad. ¿Y Hamburgo? A los que se hayan perdido por los senderos electrónicos de la noche de la ciudad les sonará familiar un pequeño (pero tan sólido como un búnker) club llamado Golden Pudel. El local, ya mítico y con vistas al río y al gigantesco puerto industrial (el segundo más importante de Europa, después del de Rotterdam), es de aquellos insólitos lugares que, a pesar de tener un aforo muy reducido y precios más que democráticos, atrae a figuras legendarias y de máxima cotización. Por muy en la cresta de la ola que estés, si como dj siempre has buscado sentirte cómodo y ofrecer lo mejor a un público que espera lo mejor (y que no sale por que sí, sino que sale a escucharte con expectación) de ti, Golden Pudel es un lugar irrechazable si en algún momento alguien te lo sugiere para redondear tu sobresaturada agenda. Lugar de reunión entre los artistas de la ciudad, como si de un pequeño y entregado clan underground se tratase, Golden Pudel is the place to be si lo tuyo es rasgar la superficie y perderte cruzando las puertas de lo previsible y saltar al vacío del sonido electrónico experimental y sólido como el mayor de los buques que navegan por el río Elba. Helena Hauff ha forjado su sonido como residente en Golden Pudel desde hace años. Salvando las distancias y los tamaños, no es tampoco exagerado afirmar que Helena Hauff es al Golden Pudel como Ben Klock o Marcel Dettmann a Berghain.

Describir su sonido a base de name dropping puede resultar sencillo, basta con chequear la breve pero acertada biografía que publicó (entre otros medios con sutiles variaciones) el mismo Sónar ante la llegada de Hauff en la pasada edición de 2015. Discreet desires, el álbum que aquí debería ocuparnos, editado por Werk Discs y que ahora sí vamos a abordar, es una consolidación (palabra que se repite en este texto, será que Dave DK tiene mucha razón) de un talento que se debe a sí mismo, a las máquinas analógicas y a un activismo al margen de la eterna tentación de pasarse abiertamente a la música de club que arrasa en los cierres de los grandes festivales y las mejores horas en los clubes de Ibiza (y el mundo entero). Si la crítica del mundo musical electrónico fuese estúpida, que no lo es, se podría llamar a Helena Hauff la nerd de la partida, y eso sería una aberración; porque marcar la diferencia en un momento en el que sin darte cuenta lo que produces se parece más de lo que te gustaría a algo que no recuerdas haber escuchado pero que existía antes que tu sonido, convertir tu devotismo por el cassette, la deconstrucción, el bajo al límite de la distorsión y el sintetizador al borde del harakiri melódico es un tour de force que pocos estaban destinados a alcanzar. Pocos artistas tienen el doble arte de saber cuándo quieren ser escuchados y cuándo quieren ser bailados. Preguntad en Golden Pudel, o quizás en Smallville. En esas que entran Nina Kraviz, Kölsch, Dave DK y Helena Hauff en un bar. ¿Un deseo? Estar ahí también. ¿Discreción? Por supuesto, el bar es, en realidad, un club. Y se llama Golden Pudel. Podéis llegar tarde. Helena Hauff es de las que, una vez en cabina, seguirá en su rincón poco iluminado hasta que ese gran carguero del Ebla dé los primeros síntomas de naufragio por una arrolladora tormenta de beats y una delirante lluvia ácida de agujas de vinilo.