Kenny Dixon Jr. es uno de los últimos exponentes de la electrónica mundial que vive en el pozo de Detroit. La otrora Motor City, cuna de la Motown y de tantas otras expresiones artísticas genuinamente americanas, vive hoy la más brutal de las recesiones económicas y sociales de la historia contemporánea de Estados Unidos. Barrios enteros en ruinas, insalubridad, altísimas cotas de marginalidad en sus calles, sembradas de droga barata, casera, adulterada y mortal. En Michigan ya se preguntan si no sería más fácil bombardear Detroit y empezar de cero. Ese es el ambiente que desprende este DJ-Kicks: mucho más próximo a la filosofía de la serie Choice de Azuli que a anteriores entregas de la colección alemana: recargadas, obviando buenas masterizaciones y únicamente orientadas a las pistas de baile menos conformistas para caer en el síndrome Boiler Room, donde lo importante es estar detrás saludando, independientemente de quién o de qué se esté pinchando. El hedonismo de la borregada: el “estar” ha comprado al “bailar”.

Moodymann no es un DJ al uso: más bien sería un selector (finísimo, de los mejores de EEUU), pero técnicamente sería un error valorarlo per se. En sus sets hemos visto cómo es capaz de cubrir su rostro con máscaras, sábanas, caretas o capuchas (mucho antes de que Burial se inflase a nuggets debajo de la suya) para centrar toda la atención en la experiencia sonora. Otras le hemos contemplado subido a la mesa de mezclas, megáfono en mano, vendiendo camisetas con su nombre, como si estuviese en su parada del mercadillo alentando a la parroquia gipsy a llevarse las mejores cabezas de ajo de la comarca. A los genios se les perdona todo, incluso meter una canción de José González en este mix: un viaje sonoro a las sonoridades primigenias, al presente, al pasado, al no futuro: jazz, soul, R&B, disco, techno, house, hip-hop, pop. Grabado con esas texturas marca de la casa, entre lo analógico y lo digital, así sonaría el encefalograma de Kenny: una radiografía sonora de la depresión, de vivir entre basura, mierda y marginalidad. Esta es la banda sonora de Detroit en 2016.

Sólo por los 11 edits/mixes de su cosecha que hay en este DJ-Kicks (alguno con otras glorias de Detroit: Andrés -Dios mediante- o Platinum Pied Pipers) la inversión ya merece la pena. 30 tracks mezclados sin prisa y sin pausa, volviendo, una y otra vez, al corta y pega del jazz: da igual si se cuadra bien, mal o regular el siguiente disco, le suda la polla si hay que mezclar tres plásticos consecutivos subiendo y bajando volúmenes, aquí estamos hablando de arte, no de quedar bien en la foto con la gorra de turno -tapando cartonaje en todos los sentidos-, ni de sobreproducir hasta la náusea -revisiten el DJ-Kicks de Maceo Plex-. Esta es una sesión para escuchar en casa y reparar en los infinitos detalles narrativos del de Detroit.

La primera hora del mix huele a marihuana, a ganja cabezona, con un pie en el flow y otro en el cáncer que intenta mitigar. Huele a hip-hop, huele a cerrado. Atufa a funk, a folk, a culo, al Berlin asqueroso de Daniel Bortz, con salidas por la tangente para orear (Flying Lotus) y volver a caer de inmediato en la pozoña. Seamos francos, si hay alguien que puede mezclar a José González con Big Muff sin que nos dé un síncope ese es Moodymann: otros ritmos, otros ámbitos pueblan su cabeza.

En pleno subidón cannabico cambia radicalmente de tercio hacía un soulful impecable, como si le dejase una nota de despedida a los chicos de la costa oeste: “Miguel Migs, Mark Farina: amigos de California, os admiro, pero estoy hundido en la más absoluta de las penurias, me entra la mierda por los ojos, no hay redención…vuestro house, como el de Louis Benedetti en Nueva York, está aquí presente, pero es un simple oasis, una calada más…”

Los artistas y tracks aquí seleccionados están, en su mayoría, fuera del negocio: soul sintético, spoken words, spaced-out synths… “Hago lo que me da la gana y lo hago bien”. Un disco que invita a la escucha en el sofá, con la misma calma y rigor con que un yonki quema la cucharilla -el ritual aquí también cuenta-, saboreando cada vez que la sangre entra y sale limpiando la jeringuilla. Detroit en vena.