Lo vas a leer hasta en la sopa: Freetown Sound es el nuevo To Pimp A Butterfly. En efecto, el nuevo trabajo de Dev Hynes es pura simbología y tiene, desde el minuto cero, hambre de trascender como un reflejo fiel de los tiempos que nos ha tocado vivir. Porque que vivimos tiempos convulsos es algo que ya todos tenemos claro. Hynes, igual de sensible en lo artístico que en lo social, ha querido captar esta mezcla de incertidumbre, desasosiego, nihilismo y estupefacción que nos comemos todos de menú del día, y transcribirlo en música. Su oleada de crímenes contra jóvenes afroamericanos es nuestra escalada de la extrema derecha; su tiroteo de Orlando podría ser nuestra violencia machista. La continua necesidad de defender la libertad para vivir la sexualidad como cada uno crea conveniente es mutua.

Dev Hynes no rehuye reconocer que él ha sido víctima de todos estos males contemporáneos; para él han sido un continuum en su vida.  Que sirva este disco de purga pues, y de denuncia y de grito en el cielo. Porque si algo es Freetown Sound es un relato de la cantidad de mierdas a las que nos ha sometido la aldea global y el zeitgeist. El contenido político y social recorre el disco de cabo a rabo -en forma de letras, en forma de skits, con discursos y retazos que ya forman parte de la memoria colectiva- y es, sin duda, uno de los valores que lo alzarán como uno de los mejores trabajos del año en curso. Pero, a pesar de todo el calado social, Freetown Sound también es excelso en lo musical. Vaya si lo es…

Si hay algo que ha quedado más que sentenciando con el recorrido musical de Hynes es que es uno de los hacedores de pop más exquisitos y acertados de la década. Porque aunque sus fuentes beban del abanico musical negro más amplio -escuchad Desirée con su poso disco-funk sensiblero; decidme si no transpira algo de Baby Face Thank You-, el resultante cabe a la perfección con la concepción actual de pop. Y aquí queda patente con piezas redondas como Augustine, Best To You (S/O para Empress Of porque ese estribillo es capaz de erizar hasta el último vello de tu cuerpo) o Better Than Me, la prueba fehaciente de que Prince ha muerto pero tiene reemplazo. Tres temas que despuntan en el minutaje, pero no de forma exagerada, simplemente funcionan mejor en las primeras tomas de contacto.

Repasando los featurings también se puede certificar que Dev Hynes, como entidad única o como compositor de otros, es uno de los productores más cotizados del momento. Desde Debbie Harry en la añeja E.V.P. hasta la desaparecida Nelly Furtado facturando el R&B prístino de Hadron Collider, prueban que Hynes tiene comiendo de su mano a infinidad de figuras por méritos propios. Blood Orange aglutina la cara más cualitativa del pop actual; ya lo hizo en Cupid Deluxe y vuelve a ocurrir con su tercer largo, en el que reitera su valor como letrista y compositor; y, como novedad, demuestra su capacidad y sensibilidad como narrador de calamidades, a pesar de que la parte vocal no sea precisamente su fuerte. ¿Es el nuevo Prince? ¿Es un reemplazo muy efectivo de Michael Jackson? Usurpar el podium de estas dos figuras es prácticamente imposible, pero son los referentes más cercanos para describir cómo se desenvuelve Blood Orange en el panorama actual.

¿Qué le faltaría a este Freetown Sound para ser beatificado, para merecer la etiqueta de disco icónico? El artwork. La foto de la portada, hecha por Deana Lawson en 2009 –Binky & Tony Forever– tiene el mismo efecto que el contenido: es un paliativo para el mensaje que transporta. Dos jóvenes se abrazan en la intimidad de un dormitorio en el que cuelga un póster de Michael Jackson. La imagen, como el disco, parece reivindicar la idea de lo glocal transmutada: ama local, sufre global. Protégete con los que tienes a tu alrededor de los males que azotan a tu comunidad de manera global: xenofobia, homofobia, la violencia del sistema…

Conclusión: tenemos una portada digna de enmarcar; tenemos un metraje que pone al autor a la altura de los grandes; tenemos un mensaje subyacente que, de ser escuchado y digerido, solventaría muchos de los problemas a los que se enfrenta nuestra generación. Freetown Sound huele a épica y, aunque el tiempo es el encargado de otorgar esa medalla, que conste aquí que estamos ante un firme candidato a disco disruptivo -así suena la canción protesta en el siglo XXI- y ejemplarizante.