Incluso cuando hace techno de las galaxias, Surgeon no puede evitar sonar como si de los altavoces estuvieran saliendo un montón de manos dispuestas a darte de hostias. Como todo lo suyo, From Farthest Know Objects es un disco que tiende al dolor, a la aspereza, a esa sensación de estar impactando contra una superficie dura, que es lo contrario a estar flotando en el espacio. Cuando el techno se inspira en el cosmos, suele sonar como a la deriva, épico -para estar en consonancia con la magnitud inabarcable del universo conocido-, pero cuando Surgeon firma un trabajo en el que cada pieza lleva el nombre científico de varias de las galaxias más lejanas que conocemos, lo suyo se parece a ese momento caliente, explosivo y catastrófico del estallido del Big Bang: aquí no hay serenidad, sino profundas turbulencias. Tampoco podría haber otra cosa: Surgeon no ha dejado de ser el mismo bruto con máquinas y mala baba que debutó hace ya más de 20 años, y un cambio a estas alturas sería incomprensible, una decepción para sus fans.

Anthony Child, se dice, adquirió nuevas piezas de equipo para su estudio de grabación hace poco, todo rancio y analógico, y empezó a toquetearlas como quien explora el interior de una cueva -geológica o no-, predispuesto a la sorpresa o al desastre. El sonido que apareció de esos cacharros es el que se escucha en el disco: da una sensación como de relieve hinchado, como si su techno tuviera levadura y se deformara adoptando perfiles bulbosos. Los bajos son como lava caliente que hace burbujas, los beats tienen la textura del papel de lija, y toda la armonía es cortante como el filo de una navaja de barbero, y a Surgeon aquello le pareció como una transmisión extraterrestre. Dice que le sonó a código desconocido, y que se sintió como un médium: un canal de comunicación entre lo apartado e infinito -los objetos conocidos más lejanos- y lo minúsculo -o sea, Birmingham-. Y aunque From Farthest Know Objects tampoco suena ni virgen ni rompedor, también es cierto que su procedencia más parece del planeta Raticulín que de Detroit: si el techno actual te aburre, tan apegado a su fórmula clásica o a su raca-raca hard, esta es una vía de escape, una excursión al fondo del agujero negro, como en Interstellar.

Si hace cinco años, con la publicación de Breaking the frame -que fue el mejor disco de 2010 para Laurel Halo, y no tenemos por qué quitarle la razón-, Surgeon demostró que podía volver de entre los muertos del techno duro e industrialoide, y así reclamar de manera vitalicia sus títulos de nobleza en la escena mundial, su séptimo álbum refuerza la idea de que está plenamente afianzado en la liga de los veteranos que no defraudan, que han codificado un lenguaje tan personal y valioso que funciona al margen de los vaivenes de la moda. No contamos aquí los trabajos que firma como Anthony Child, que son de una naturaleza más experimental, y que han sido muy frecuentes desde que en 2013 entregara un lienzo de pitidos y drones para NNA Tapes con el título de The Space Between People And Things. Y aunque le avala el ser fan a muerte de Coil y haberse fogueado durante los coletazos de la escena industrial primitiva, donde Surgeon marca la diferencia es siempre esculpiendo sus acantilados de bombo, repletos de filos cortantes y exigencias de sobreesfuerzo.

Lo de menos de From Farthest Known Objects es que le haya asesorado un doctor en astrofísica, Andrew Read, porque todo el envoltorio científico es básicamente adorno, apoyo conceptual para darle más empaque a un esfuerzo creativo que, en realidad, no lo necesita. Como variación del techno clásico, este álbum ya es importante: en sus ocho cortes, Surgeon rescata patrones rítmicos en desuso, como el 3×4 del schaffel alemán –z8_GND_5296 es como un viejo tema de Superpitcher pero con exceso de anabolizantes, sin la melodía tonta; en realidad parece un edit extendido hasta los seis minutos del fragmento más convulso del Personal Jesus de Depeche Mode-, y lo más interesante de todo es observar cómo rechaza por completo el bombo clásico. Para los DJs que no utilicen el botón del Sync estos tracks son una pequeña putada: GN-108036 tiene un nacimiento repetitivo, en esencia es un loop de los de siempre, pero los acentos rítmicos están envenenados; ULAS J1120+0641 también está cojo y deformado por chirridos y protuberancias analógicas, A1703 zD6 también es medio schaffel, pero con un ligero faseado que incomoda, y sólo al final, con BDF-521, la cosa se pone medio normal, es decir, truchera a la vieja usanza.

Suficiente para levantar el pulgar y desembolsar los 25 del ala que cuesta el vinilo. Lo mínimo que se le puede pedir a una leyenda del mal rollo es que haga el esfuerzo por no estancarse, por seguirle sacando brillo al techno, y ahí parece que estará siempre Anthony Child, para llevarnos de viaje por su cosmos violento y revolvernos el estómago. Es que que lo que buscamos es sencillo, joder, lo mismo que las señoras que ponen anuncios de contactos: un hombre para amistad o lo que surgeon.