Durante un tiempo, muchos tuvimos la sensación de que a Richie lo estábamos perdiendo. Era en aquellos días de flequillo y after-hours, de minimal y Villalobos, de playa y empalme, aquella etapa suya, hace como mínimo ya diez años de eso, en la que, a modo de antídoto contra la austeridad monacal que había llevado durante los primeros años de su carrera, Hawtin se soltó el pelo rubio y se puso lentillas en el apogeo de su doble reinado en el Berlín de los clubes abiertos 24 horas y los veranos en Ibiza. Por supuesto, siempre había un seguro de vida: estábamos hablando de Richie Hawtin, no de cualquier soplagaitas con Logic, y aunque hubiera decidido cambiar de vida y ética, siempre había control en sus actos, un sentido estético en sus movimientos. Si le salía el ramalazo fiestero -haciendo stage diving en Space, regalando reproductores de CD y arrojando monitores contra el cuerpo de groupies borrachas-, compensaba el exceso con una maniobra impactante, ya fuera la caja Arkives o el regreso a los directos de Plastikman.

Sin embargo, también llegó el momento en que administrar el prestigio acumulado en los 90 y hasta Closer (2003) no era suficiente, y había momentos en los que el Hawtin del presente parecía quedar estancado, lejos de sus años como guardián del techno de bombo férreo y tecnológicamente avanzado. La publicación de EX el año pasado tendría que haber sido el gesto que cerrara la boca de sus críticos y detractores, pero como álbum de Plastikman no resultó del todo convincente: sin ideas nuevas ni texturas actualizadas, aquél fue un disco más en un mercado, el del techno, saturado de genéricos. Ni siquiera él era capaz de sobresalir de entre la masa. Si hubiera que elegir adjetivos, Hawtin había pasado de ser relevante a, simplemente, significativo. Estaba ahí, su corazón latía y su cerebro funcionaba, pero algo -podríamos llamarlo ‘alma’- se había torcido o perdido por el camino. Lo dicho: poco a poco, lo estábamos perdiendo.

De todos modos, la esperanza de que volviera siempre estaba ahí. De igual manera que sabíamos que ése no era del todo nuestro Richie, también estábamos convencidos de que algún día regresaría. Cuestión de fe, tal vez, pero si algo ha tenido él ha sido la capacidad de obrar milagros. Por eso, la portada de From my mind to yours tiene algo de providencial: la sien de Richie rasurada, como en los viejos tiempos; el cráneo pelado y el gesto recto, la piel marmórea. Si quieren más semiótica, otro detalle importante: hay calva, pero no hay gafas de pasta. Este disco no es una repetición del pasado, sino una incursión hacia atrás por parte del Richie de 2015. La efeméride lo merecía: se cumplen 25 años de la fundación de Plus 8, el sello que levantó en Ontario junto a John Acquaviva. Tan al origen vuelve que el título se hace eco del primer lanzamiento importante de Plus 8, el recopilatorio que se titulaba como el lema de la casa: “From our minds to yours” [De nuestra mente a la tuya]; ahora Hawtin recupera el mismo canal de comunicación, pero se lo atribuye en singular. Es su cerebro el que funciona, pero ya no como una colmena, sino como una antena, a pleno rendimiento.

En estas dos horas de nuevo material, la regresión temporal es el primer factor importante. Hawtin ha recuperado el hábito antiguo -trabajar fundamentalmente con hardware, desempolvar la 303 y las cajas de ritmos que construyeron los cimientos y las paredes maestras de Sheet One o Muzik-, y de paso un montón de alias que, en su mayoría, había dejado abandonados en un armario como si fueran cadáveres putrefactos a los que ya no se les pudiera sacar más partido. Vuelve como Plastikman –Purrkusiv o Cirkus son la demostración de que EX no fue como se esperaba, que el exceso de cálculo acabó con la víscera-, pero también como F.U.S.E., Circuit Breaker y Robotman, algunos de sus alias más socorridos cuando su música causaba estragos entre la segunda generación de Detroit. Ha reactivado también Childsplay, R.H.X. y 80xx, aunque los nombres no son aquí lo importante, sino la actitud necesaria de ponerse manos a la obra sin presión.

Hawtin explica que estos temas los hizo “por diversión”. Teniendo en cuenta que durante más de una década se ha estado divirtiendo a lo grande, podemos interpretar que lo que más pereza le daba de todo su trabajo era volver al estudio a producir. Pinchar, viajar, hacer edits y financiar una compañía embotelladora de sake, sí; pero la música nueva era un trámite que a todas luces le agarrotaba las manos, o le aburría, o le suponía demasiada presión teniendo en cuenta la cantidad de gente dispuesta a juzgarle, incluso a no perdonarle un tropiezo – EX no era una obra maestra, pero sí era un disco correcto, lo que no sirvió ni como atenuante para que muchos se cebaran injustamente con él-. Pero ahora Hawtin se ha sentido libre en las sombras, dejando que una idea simple y concisa -un redoble típico de 909 y un chispazo ácido, por ejemplo- fuera la semilla de la que germinara un track envolvente, fiero y cargado de adrenalina. Lo mejor de From my mind to yours es que el nivel no baja en dos horas: no sólo extiende de una vez por todas el certificado de muerte del minimal al estilo berlinés, un estilo que había prolongado su agonía durante más de cinco años, sino que confirma que, si el techno tiene que mirar a la vieja escuela, él es el mejor imitador de sí mismo.

La mala noticia del regreso victorioso de Hawtin es, puestos a buscar un defecto, el más evidente: para volver a ocupar un espacio de privilegio en el techno de 2015, ha necesitado volver espiritualmente al techno de 1990. Hubo una época en la que Richie Hawtin aborrecía la idea de volver al pasado: el futuro lo era todo. Ese Hawtin es el único que no vuelve en esta colección de tracks: todo aquí es nostalgia y forma, por mucho que -sólo faltaría que no fuera así- en el acabado de los 15 tracks haya una post-producción digital limpia y actualizada; suena todo a máquina antigua, pero con el brillo de después de salir de la fábrica. Esa paradoja es la que no deja de condicionar la escucha en todo momento: el único camino que podía tomar Hawtin para volver era el camino de regreso. Y volviendo atrás, nos hace recuperar la fe. Nunca la perdimos, a pesar de que las irregularidades de su carrera incitaban a lo contrario. Lo que no imaginamos es el día en que volviera, Hawtin tuviera que irse tan atrás. Se obsesionaba con conocer el futuro, y resulta que ya no había futuro, porque ya lo había inventado todo.