Daniel Lopatin dejó las cosas en 2013 en un punto perfectamente reconocible: “R Plus Seven” era la cúspide del estilo que había estado urdiendo meticulosamente desde el origen de Oneohtrix Point Never, la depuración definitiva de una fuerte obsesión por ideas inseparables de su historia personal y su lenguaje: la ciencia-ficción, las distopías, el mundo borroso de los sueños, la new age, la publicidad de los años 80, la ingenuidad estética de la primera revolución digital, los sintetizadores, el neón, la infancia y el ambient, entre muchas otras. Aquel álbum de OPN consolidaba un lenguaje -sobre todo el de “Replica” (2011), melifluo y protector- en el que no quedaba claro qué era retro y qué era futurista en su particular retrofuturismo. Original en la forma -barroco, sentimental, las texturas se derretían como un helado al sol-, “R Plus Seven” era lo más cerca que Lopatin había llegado a estar de hacer un disco pop: las melodías eran tan preeminentes como las texturas, asomaban más voces que beats, y parecía como si entre sus influencias hubieran aparecido las de gigantes de la electrónica pre-digital de hace tres décadas (y pico) como Ryuichi Sakamoto o Trevor Horn. Aquel disco no sólo era audaz e inteligente, sino que además gustó mucho. Desde entonces ya no cabían dudas de que Lopatin era, casi con toda seguridad, el compositor -categoría que excluye, o supera, a la de músico o productor- electrónico más importante de su generación.

“Garden of Delete” no es necesariamente un álbum mejor, pero sí es distinto, y eso es un valor añadido importantísimo: cuando Lopatin ha conseguido codificarse y perfeccionarse, también ha encontrado la manera de reinventar su lenguaje y abrir nuevas vías para el desarrollo de una estética que progresa hacia terrenos nunca antes sugeridos en Oneohtrix Point Never. Incluso cuando suena a sí mismo -el comienzo de “Freaky Eyes”, por ejemplo, que tiene ese poso de new age turbulenta, de vórtice cósmico en el centro de un sistema solar colapsado y que surge de sus repetidas escuchas de discos de Robert Schroeder o los primeros Tangerine Dream-, rápidamente explora caminos que le alejan de su -que dirían los ingleses- zona de comodidad. El teclado puntea como una partita de Bach -o el segmento central del “Magnetic Fields” de Jarre-, y el dial de su emisora de radio mental conecta con una emisora de soft-rock ochentero para acabar esos seis minutos desbocados con un manguerazo de ambient turbio. En otras manos, sería un galimatías, una sopa espesa e incomestible. En las suyas, roza la genialidad.

En “Garden of Delete” -que también podemos leer como GOD, o sea, Dios- hay varios momentos así, en los que reina el desconcierto y triunfa el asombro. Lo más valioso de la nueva entrega de OPN es que nunca se le ve venir: el trayecto desde “Intro” -29 segundos que, inesperadamente, reinventan el uso del glitch como recurso estético- a “No Good”, se producen contrastes fuertes entre lo muy reconocible -véase por ejemplo “Lift”, que suena a track heredado de las sesiones de 2013- a lo inconcebible. Hay una pista en la portada: ese amasijo de líneas cruzadas, que parece el logo vertical de una banda black metal, es el aviso de que buena parte del disco está salteado con influencias de su pasado adolescente como adicto al heavy. El año pasado, Lopatin participó como telonero de Nine Inch Nails y Soundgarden: en las horas en solitario volvió a escuchar la radio, a recordar los tiempos del grunge y el thrash metal, a recordar lo mucho que le marcó -como a toda su generación- el peso de las guitarras, el angst adolescente en los días más lúgubres de la apoteosis de Nirvana, la rabia ponzoñosa de Slayer, Pantera y Metallica, y en consonancia tiene momentos como el final de “Sticky Drama” que podría describirse como un glitchbanger, un fogonazo grindcore construido con detritus digitales, como un trallazo de Napalm Death decorado con melodías de teclado de David Sylvian.

Hay momentos en que “Garden of Delete”, sobre todo cuando los bucles melódicos se aceleran hasta alcanzar velocidades de vértigo -como en “Ezra”-, juega a simular un futuro alternativo en el que el heavy metal extremo se hubiera rendido a la revolución electrónica y, en vez de ofrecerse en sacrificio a Satán, lo hubiera hecho a compañías como Akai o Roland. El conjunto del disco, incluso cuando suenan campanillas, voces supuestamente infantiles y melodías de un pop acaramelado, reconocibles casi como R&B -y que hasta tienen letras, letras que no se entienden como las del “Syro” de Aphex Twin, y que incluso aparecen “escritas” en código alienígena en el libreto del disco-, es en realidad de una densidad y una pesadez abrumadora. La ligereza de otras ocasiones poco a poco va gravitando alrededor de un agujero negro y la masa se multiplica para no salir ya de ahí dentro: sin esperarlo, Lopatin inserta algo como un canto blues gótico (“ECCOJAMC1”) o una balada noise (“Animals”) sin que en ningún momento parezca que se ha traicionado a sí mismo. De hecho, es su disco más tirante y espeso, porque pone en manos de influencias quizá extraterrestres -Lopatin afirma, lógicamente en broma, que parte del contenido le fue sugerido por un alien llamado Ezra- los giros más imprevistos, sin que por ello quede afectado el romanticismo de otras ocasiones. La diferencia principal con “R Plus Seven” es que, mientras aquél todavía confiaba en la producción analógica, “Garden of Delete” es un paso adelante hacia la boca del infierno digital, de ahí las subidas salvajes de pitch hasta que las melodías se convierten en chirridos agudísimos, los glitches violentos de “I Bite Through It” -también en broma, ha bautizado al estilo como hypergrunge-, las masas condensadas de audio a alto volumen, comprimidas como si una increíble fuerza de la gravedad las hubiera aplastado contra el suelo. El viejo Lopatin, pues, ha cambiado de pantalla: es el mismo protagonista de su juego personal, pero enfrentado a una dificultad mayor, a un monstruo mucho más terrible.