Hay una progresión. Toma, claro. De lo contrario, Moderat se habría convertido en papilla bajo el peso de los graves de su primer disco, y a Berlín que son dos días. En los últimos 7 años, el trío ha ido masajeándose la pituitaria hasta supurar las impurezas garrulescas para la pista de baile y cincelar la porcelana electrónica de este discarral. En su segundo LP, el equilibrio entre universos paralelos se ajustaba en la sangría entre realidades: los páramos de ambient pop y la grasa capilar de Sascha Ring (Apparat, para los coleguis) ganaban mordida en su pugna contra los graves y los breaks equinos de Gernot Bronsert y Sebastian Szary (conocidos como Modeselektor, de aquí hasta la Cochinchina). Aquella lucha alumbró un apasionante segundo álbum que parecía tocar techo: habría sido un desastre que Moderat incidiera en la misma tensión en su tercera entrega.

A mi modo de ver, la única forma de mantenerse en la excelencia era ajustarse a esta nueva piel. Los Moderat de III son mucho más concisos y prefieren cerrar canciones de genética pop con la voz de Sascha Ring como absoluta protagonista. No es que hayan renunciado a esos pasajes de épica electrónica que tanto nos gustan a los fans y tan poco agradan a la crítica. La cascada digital de épica mañanera de Animal Trails es una puta locura, y la hipnagogia pastillera de Finder me deja medio gilipollas. No obstante, las suites instrumentales suenan más de refresco que nunca. No parecen ni tan solo formar parte de la narrativa del álbum.

En este tesitura, el trío ha encontrado el cobijo perfecto en un mar calmo de electrónica bastarda para future kids existencialistas. Bass, dubstep, soul, synth madness y épica trance vibran en un caldo de sonidos inequívocamente Moderat, aunque ajustados a un formato más introspectivo, contemplativo y emocional. Me da asco hablar de “disco más adulto”, pero esta vez el tópico se ajusta perfectamente a la realidad. Ahora, Moderat solo habla a través de las canciones, no de los bpms.

Confieso que me ha costado cuatro escuchas cogerle el punto. III es el álbum más complejo del grupo con diferencia. La inmersión exige nuevos pulmones, pero en este abismo se está a gusto; el frío se transforma en las descargas parietales de sintetizadores y la nana alienígena de Reminder; la angustia adquiere texturas oníricas, a ritmo de breaks enloquecidos y cánticos chamánicos, en “Intruder”; la locura se reordena en los teclados psicodélicos, el drum’n’bass cósmico y los salmos sobrecogedores de Apparat en Ethereal. Sascha Ring consigue encontrar una zona de confort para su garganta en un punto imaginario entre Thom Yorke y Tracey Thorn.  De hecho, Eating Hooks parece un homenaje en toda regla a Everything But The Girl y pide a gritos ser reconocida como uno de los grandes momentos del disco, junto a dos puntales imprescindibles para entender la nueva era Moderat. Por una parte, la epidérmica Ghostmother: Sascha Ring sobrecogedor, cascada de sintetizadores, rítmicas fragmentadas y gospel. Por la otra, la asombrosa The Fool, una marcha fúnebre que parece una mezcla imposible de Clams Casino y Radiohead: ahora mismo mi canción favorita del grupo con diferencia. Gustera de disco.