Cuando escuchamos los primeros singles de Låpsley hace unos dos años nos chocaron dos cosas. Por un lado, su edad, pues sorprendía que con 17 años hiciese una música tan elaborada y bella. Y, por el otro, sus sonidos. En Falling Short, por ejemplo, se acercaba al James Blake de Retrograde. No nos lo tomamos como una copia sino como la confirmación de una tendencia en el Reino Unido, que cada vez más artistas se apropiaban de sonidos negros como el soul y el R&B para reforzar su discurso. Normal, pues, que cuando las gentes de BBC Sound Of…, cuando la escogieron como finalista de la edición de 2015, la describieron como una The xx o London Grammar solista. Por ahí van los tiros, desde luego. Más tarde llegó el fichaje por XL Recordings, el compromiso de editar su álbum de debut y alcanzar la mayoría de edad. Superado el shock inicial, no valían excusas ya, mucho menos mostrar una actitud condescendiente y paternalista con ella. Con sus siguientes adelantos algunos empezábamos a temar que fuera flor de un día, otra de esas artistas que marida la electrónica con el soul de impacto fugaz. Gracias a dios, una vez escuchado su primer largo, Long Way Home, queda claro que tanto los cuatro temas que ya habíamos podido escuchar, que empiezan a oler a clásicos, como las nuevas composiciones muestran a una artista que aunque ya exhibe un enorme potencial, también promete un gran margen de crecimiento.

Hay quien pueda reprocharle que ha ido a la seguro, como si contar con un productor de prestigio como Rodaidh McDonald (The xx, Daughter) fuese una actitud conservadora. También al otro lado del charco recurren cada dos por tres a Chris Coady, John Congleton o Emile Haynie y no he escuchado demasiadas quejas. Ahora mismo no hay tipo que sepa sacar más partido a este tipo de artistas en busca de sonidos elegantes y sofisticados, que se alejan de la predominante chabacanería de las islas. Tampoco significa que el sello le haya puesto una figura autoritaria de carrera contrastada para que le diese instrucciones de todo lo que tenía que hacer en el estudio, pues se nota que la huella de la británica sigue aquí como hace dos años. Más maestría a la hora de grabar los temas, pero una factura parecida. No, no es la cantante de turno al servicio de los popes de la música, como tampoco lo es su compañera en XL con la que se la empieza a comparar, Adele. Sólo el tiempo dirá si se convertirá en un producto de masas (desde luego, ojalá toda la radiofórmula tuviese esa impecable presentación que la de la cantante favorita de tu tía de Soria). Que sí, que si Sam Smith cantase Hurt Me no chirriaría, pero ya quisiera el Little Monster tener canciones como Operator o Tell Me The Truth.

Es ahí donde Låpsley muestra un conocimiento profundo de la música y donde más interesante resulta el álbum. Pasa con muchos debuts que lo mejor ya lo has escuchado en los sencillos de adelanto o recuperados de los inicios de su carrera. Y, sí, ya hemos dicho que canciones como Falling Short son más grandes que la vida, pero no hace falta rastrear mucho por aquí para encontrar verdaderas gemas ocultas. Operator, por ejemplo, es un muy interesante ejercicio de neo-soul pasado por un filtro disco. Que sí, que a Holly Fletcher, que así es como se llama la chica, la vemos más pegada a un piano como James Blake, pero aquí también la podemos imaginar apoyada por un coro góspel dando enérgicas palmas (también en Silverlake, que sólo falta que esos coros sean de Sampha para rozar la perfección). Otra de las joyas de la corona es Tell Me The Truth, un R&B muy, muy suave, con muchísimo rollo, que flipará a los fans de la Jessie Ware del primer disco. Incluso hay inesperados e inspirados desvíos a una electrónica más estrictamente de baile, como esa Cliff que está a medio camino entre Jamie xx y Four Tet. Al final, si sientes alergia por esos baladones intensos fábrica Adele, aquí hay mucha tela por cortar.

Dice Låpsley que este álbum sirve como una suerte de diario que recoge todo lo que ha vivido en el último año. No hay historias tormentosas, en el fondo estamos hablando de una postadolescente con una infancia sin turbulencias, buena estudiante y aficionada a los deportes, concretamente a la navegación marítima. Así, lo que se encuentra aquí son letras que nos hablan del amor y la pérdida, nada nuevo bajo el sol, y menos en estos terrenos musicales. En este sentido, sí que se la puede ver un poco verde, más si tenemos en cuenta que cuando The xx se dieron a conocer en 2009 también eran insultantemente jóvenes, pero capaces de construir versos inmaculados, de una madurez insólita. Lo que sí resulta interesante es ese Long Way Home del título del disco, al que se hace mención en el cierre, Seven Months, electrónica al piano sumamente emocional. La compuso junto a Mura Masa, otro de esos jóvenes talentos británicos que más están dando que hablar últimamente (su actuación en Sónar es un must). Ahí está la clave del significado de este álbum: sí, se trata sobre las relaciones a distancia, pero también “ese largo recorrido a casa con alguien con quien tratas de pasar el máximo tiempo posible”. Esa idea nos transmite, que vamos a tener una larga relación con ella (en este caso musical, claro).