En la evolución artística de Tim Hecker, cada disco ha sido una respuesta al anterior, un avance o desarrollo a partir del punto en el que se encontraba. El canadiense es un artista que, ante todo, dialoga consigo mismo. Por ejemplo, su trabajo de principios de la década pasada consistía en superar el lenguaje del techno, con su pulsación exacta –era lo que intentó sublimar en Radio Amor (2003)–, y transformarlo en algo así como un líquido a punto de congelarse: Hecker empezó a entrar en una fase ambiental y densa, muy próxima al ruidismo entendido como una nueva forma de poesía, y a medida que se iban sucediendo los títulos en su catálogo –de Mirages (2004) a Harmony in Ultraviolet (2006), y de ahí a la magnitud opresiva de An Imaginary Country (2009)–, daba la sensación de que su música era como una versión satánica del ambient del que tanto había teorizado Brian Eno. Al llegar a Ravedeath, 1972 (2011), sin embargo, Tim Hecker y su imaginación empezaron a experimentar algunas transformaciones notables, que son las que nos llevan hasta este Love Streams: la primera, que el volumen atronador iba poco a poco suavizándose para dar paso a una densidad tan elevada como la del mercurio –o a la de una estrella de protones–, y la segunda que poco a poco iba cambiando la paleta de instrumentos. Antes de Ravedeath (y de su continuación, Dropped Pianos), básicamente todo era un chorro de masa sintetizada, un vómito de felicidad, y fue después cuando empezaron a entrar los instrumentos medievales –salterios, virginales, clavicordios–, las referencias religiosas y los viajes a Islandia.

Love Streams es la tercera pieza en una nueva fase de Hecker que parecía haber alcanzado su cumbre en Virgins (2013), una síntesis solemne de ambient neoclásico y tensión ruidista. Al escuchar este nuevo disco –el primero que graba en 4AD, tras haberse fugado de Kranky, quizá para estar más cerca de Dead Can Dance–, la primera impresión es que el neoclasicismo se incrementa –que en este caso significa decir que retrocede en el tiempo, pues, del primer Renacimiento, Hecker recula hasta la baja Edad Media– y el ruido se controla: por primera vez, sentimos que no hay agresión contra los oídos, sino un intento de rapto celestial, de masaje parecido a los que disfrutábamos en el comienzo de su carrera. Grabado de nuevo en Reikiavik, en colaboración con Valgeir Sigurdsson, Jóhann Jóhannsson –que ha dirigido el coro que flota en medio de piezas como Voice Crack o Castrati Stack, que casi tiene un aire al Papua New Guinea, de The Future Sound of London, pero sin beats– y los músicos Kara-Lis Coverdale y Grímur Helgason, lo que intenta Love Streams es ser una síntesis entre música litúrgica y pagana, un disco fascinado por la música religiosa anterior a la reforma de Palestrina, pero con un aire próximo a esos discos black metal de última generación que, más que diabólicos, suenan etéreos.

Lo más interesante del álbum, en todo caso, es cómo se organiza el sonido. Aunque no hay decibelios dañinos, sí hay viscosidad y volumen, y sobre todo hay una complejidad patente que, sin embargo, Hecker consigue disimular en gran medida. Por ejemplo, los dos músicos que ha indicado como influencias fundamentales para Love Streams nos pueden explicar muy bien cómo funciona esta joya. El primero es Josquin des Prez, uno de los principales compositores de música religiosa en el ocaso del medievo y el alba del Renacimiento, y uno de los titanes del estilo polifónico desarrollado a partir de la escuela de Notre Dame: líneas melódicas transparentes, pero tan enrevesadas y trenzadas entre ellas que, más importante aún que el mensaje litúrgico era la sensación de vértigo al escuchar esas complejas marañas de de loa a Dios. En lo nuevo de Tim Hecker no hay un único plano de circulación del sonido: se cruzan las superficies ambientales con fragmentos vocales troceados, segmentos de masa coral y tratamientos electrónicos de instrumentos de teclado o viento (Obsidian Counterpoint, Bijie Dream), y ningún elemento domina por encima del resto, todo está perfectamente mezclado en una música que más bien parece jarabe: cura y relaja, pero en dosis altas puede resultar tóxica. Las dos partes de Violet Monumental son el eje, pues, alrededor del que pivota todo el álbum: un primer tramo que sangra, una segunda parte que es como un bálsamo.

La otra referencia es Kanye West, y más en concreto Yeezus: la voz utilizada como un efecto psicodélicos, tratada con todo tipo de softwares como si fuera una guitarra pasada por diez pedales, y aún así sonando familiar en su extrañeza, contemporánea y vanguardista (para mayor claridad en este aspecto, que suene Music of the air). Hecker ha intentado hacer lo mismo con el coro de iglesia: el proceso de mezcla, superposición y aparente caos sirve para obtener una masa clara e imponente –como en una misa de Desprez, donde cada línea vocal es imperceptible, está disimulada entre el desorden, pero el conjunto te conecta con lo trascendente y lo universal–, y refuerza aún más el papel de Hecker en el avance imparable de la electrónica actual interesada en la trasposición de ciertos recursos y texturas de la música clásica occidental. Como todo sus discos, Love Streams es impecable en el planteamiento y abrumador en el resultado, aunque bien es cierto que éste en concreto exige una capacidad de concentración y análisis mayor que los anteriores, que se distinguían por ser más una experiencia física que un desafío intelectual. Lo que no quita que, una vez más, el productor canadiense haya dado sobradas muestras de por qué es, junto a Oneohtrix Point Never, uno de los pocos músicos electrónicos de los últimos diez años a los que no sería exagerado calificar como genio.