En la primera escucha, “Mutant” arroja más preguntas que respuestas. Ocurría también en “Xen” (Mute, 2014), su insondable álbum del año pasado, pero no de esta manera tan críptica en la que se desarrolla el nuevo artefacto sonoro de Arca: la sensación inicial es la de un disco que nos impide indagar en su interior porque lo único que emite (aparentemente) son reflejos. Alejandro Ghersi ha compuesto una masa electrónica que tiene una consistencia como pulposa, que suena como si fuera un montón de gelatina digital, una cosa medio desestructurada, como si toda esta piel y esta carne necesitaran un esqueleto consistente. Además, es una piel que destella: la superficie de sus piezas brilla con exceso de agudos, cada frecuencia parece saltar directamente a la retina antes que al oído, a pesar del exceso de herzios. No hay un beat conductor, ni una melodía reconocible: Arca combate las etiquetas y supera el debate sobre los géneros con una música que todavía no sabemos muy bien lo que es.

De ahí que el título del disco sea “Mutant”, porque es a la IDM, al techno de vanguardia y al hip hop instrumental como un nuevo paso en la cadena evolutiva, pero un paso incierto en el destino final: al productor venezolano no le basta con una variación, sino que pretende una superación estética para conquistar un verdadero avance en la renovación de la música como especie aparte. Borra las huellas del pasado y sólo queda la imaginación, lo cual tiene mucho que ver con su significado como artista -¿Es hombre o quiere trascender en mujer? ¿Es Arca homosexual o pansexual? ¿Qué hay detrás de su estética, que incluso se resiste a las etiquetas habituales de todo lo queer?-, y que se empieza a comprender mejor al leer las primeras explicaciones que el artista ha dado sobre su obra. “Trata sobre la sensualidad y lo impulsivo como vías para escapar de la rigidez. La suavidad como un arma cuando la mente se sabotea a sí misma”, explicaba en la nota de prensa nada más anunciarse el lanzamiento de “Mutant”.

¿Es este disco sensual? Diríamos que sí. Hay algo de dulce, de amable en su fluir; no podríamos decir que es ni ruidoso ni violento, a pesar de que hay algo que incomoda al escucharlo de principio a final, y que puede tardarse en reconocer: la ausencia de estructura lógica, ese vértigo que se produce al no saber qué va a venir después, cómo va a acabar. Dice la misma nota de prensa emitida por Mute que “Xen” era un disco introspectivo -no lo pondremos en duda; era eso y mucho más-, mientras que “Mutant” es un disco envalentonado, y que en el fondo cada una de las piezas es como un retrato de sus seres queridos, de su familia y sus amigos, incluso de él mismo. La idea de retrato, o de representación de algo real con una expresión subjetiva, sirve bien para medir el alto nivel de abstracción de este disco: si nos fijamos en los títulos, la mayoría de ellos se refieren a pasiones, miedos o placeres (“Vanity”, “Snakes”, “Faggot”, “Peonies”, “Umbilical”, “Sever”, “Anger”), y si se atienden con paciencia y concentración, una vez rota esa superficie resistente, se entra en un mundo de sentimientos encontrados o convulsos. Era algo que nos imaginábamos, pero que hay que esforzarse en encontrar: más allá del caos y el cambio, hay emociones profundamente humanas.

Desde que Arca entró en juego en la escena electrónica internacional -primero produciendo tracks a Kanye West y más tarde a Björk, también editando aquellos trabajos desconcertantes en sellos hipnagógicos como Hippos In Tanks o UNO-, lo más difícil ha sido precisar quién es él y cómo es su música. Como ser humano combate cualquier lógica heteronormativa -como dirían las nuevas feministas-, ya que su representación individual, como vimos en el pasado Sónar, va más allá de lo gay, incluso de la sexualidad aceptada, para entrar en terrenos sólo explorados por las más avanzadas teorías de género: ya no hablaríamos ni de transexualidad, sino de sexualidad cósmica. Como artista electrónico es igualmente inclasificable: lo único que queda claro es que evita caer en cualquier categoría conocida, a pesar de que su impresionante cascada de melodías evocadoras, ecos contundentes, zarpazos de ritmo quebrado y tensiones ambientales podría remitir a la larga tradición de lo que hace muchos años llamábamos ‘texturología’, como el título de aquel disco de Beaumont Hannant: el trabajo sistemático en la forma y la apariencia exterior de una música que emerge de la tradición rave, pero que trasciente la fiesta para elevarse en arte, cuidando la excelencia de la textura. Quizá podamos simplificar y decir que Arca es un episodio más en una tradición muy neoyorquina de ambient convulso y urbano que remite hasta los días de Byzar, We y el primer DJ Spooky, todo ello actualizado con los discursos de románticos de la ciencia-ficción como James Ferraro y Oneohtrix Point Never. O sea, cambiando, dub por new age.

Pero se nos queda corto ese escenario, porque en Arca hay mucho de territorio desconocido, y desde luego no tiene nada de new age excepto en la literalidad de la etiqueta: nueva era. Porque esta música no emana de una realidad concreta o de un pasado rememorado, sino que surge de una psicología que nos cuesta entender y se proyecta hacia un futuro que todavía no sabemos anticipar. “Mutant” no deberían escucharlo con los consejos de un crítico musical (os libre Dios), sino con un horóscopo o un experto en temas esotéricos, avistamientos ovnis o, mejor incluso, con un físico teórico especializado en teoría de cuerdas. Esta música que al principio parece que no tenga huesos -aunque sí un exoesqueleto, como un insecto; un cascarón fuerte y pulido, y sobre todo hermoso-, por dentro es un magma volcánico de emociones y sentimientos, y no son los sentimientos habituales (miedo, asco, ternura, felicidad), aunque se les parezcan. Son pasiones a escala cuántica, impredecibles, imposibles de medir. La satisfacción estética con “Mutant” se alcanza después de luchar enconadamente contra la lógica; y una vez se vence su coraza y se rompe la protección, es cuando sobreviene el vértigo de escuchar música -perdón por el tópico, pero esta vez se ajusta a la literalidad- que no proviene de este mundo.