A falta de mes y medio para que se acabe 2015, está siendo un gran año musicalmente hablando, pero especialmente por lo que se refiere al pop (en todas sus variantes) de acento femenino. En las inminentes listas de lo mejor del año aparecerán muy arriba trabajos como el de Susanne Sundfør, estrella synth-pop noruega que está empezando a abrirse fronteras, Florence + The Machine, que regresa a su habitual épica pero esta vez muestra su faceta más intimista, CHVRCHES, que se han confirmado con su segundo largo, o Empress Of, debutante del año sin ningún lugar a dudas gracias a una propuesta vanguardista que aúna R&B, disco y house en una coctelera explosiva. La culminación (si es que no hay sorpresas de última hora, ¿Rihanna? ¿Ariana Grande?) tuvo lugar el 6 de noviembre, cuando se lanzó el cuarto LP de Grimes, con el que la canadiense se consagró como una de las productoras top del momento. Ese mismo día también llegó a las tiendas el relativamente esperado álbum de debut de Kate Boy, combo sueco-australiano que deslumbró en el ya lejano 2012 con ese enorme monumento al pop electrónico que es su primer sencillo, “Northern Lights”.

En estos últimos años los escandinavos han girado, han ido sacando algunas canciones pero el álbum se resistía a llegar, retrasándose varias veces. La fecha de lanzamiento ya estaba fijada hace tiempo para el 6 de noviembre, es decir, no tienen la culpa de que Grimes anunciase por sorpresa que iba a sacar su disco ese mismo día, pero hay una sensación de que “One” llega un poco tarde. No sólo por esto, sino por las alturas del año en las que estamos, en las que muchas redacciones ya empiezan a pedir a sus colaboradores sus listas del año, y también porque se ha hecho demasiado de rogar. Posiblemente pase algo desapercibido o que se recupere dentro de unos meses superada ya la resaca de 2015, pero es de justicia reivindicar otro trabajo más de pop electrónico de tintes oscuros y de denominación de origen escandinava que, aunque no ha inventado la sopa de ajo (lo suyo ya lo hacían antes, que no ahora, The Knife), contiene algunos de los himnos que más deberían sonar en las discotecas.

Una de las mayores cualidades es su espíritu orgánico. En unos tiempos en los que muchos debutantes tiran de portátil y software, los suecos son una banda propiamente dicha, que utiliza un despliegue instrumental vastísimo, en el que caben todo tipo de sintetizadores construidos por ellos mismos y también el Fairlight CMI, un teclado de finales de los setenta que dicen que fue crucial para que el álbum gozase de esa calidez que tiene en muchos momentos. Sus armas están claras: estribillos brillantes, armazón sintético vigoréxico, coros gigantescos, ganchos melódicos de alucine y, como decíamos, una técnica de producción cuidadísima. Además, cuentan con unas letras con mucha chicha, que van más allá de los clichés del pop electrónico y exploran temas como el autoafirmación, la igualdad de género y la libertad sexual. Estos potentes versos, cargados de significado en cada palabra, también se ven reflejados en el propio alias del grupo. Kate es el nombre de la vocalista y Boy es, eso, chico. Es decir, que aquí juegan con un rollo andrógino, de hecho, consideran a Kate Boy como un miembro ficticio de la banda.

Como suele pasar con los álbumes de debut, y más los que se retrasan todo, el impacto en la primera escucha no es total si ya les has ido siguiendo la pista, pues prácticamente la mitad de él ya se ha podido catar previamente. Pero es difícil resistirse a un disco con indiscutibles himnos como la guitarrera “Higher” o “Northern Lights”, que no ha envejecido nada en estos tres años. Si eres de esos que no soportaste la mamarrachada del último LP de los hermanos Dreijer, “One” tiene unos cuantos momentos para hacerte gozar de lo lindo. Hay esa épica y euforia que nunca puede faltar en el pop electrónico, una música para venirse muy arriba. También sorpresas como esa “Human Machine” con unos sintes tan cristalinos como los glaciares del extremo más septentrional de Suecia o “Temporary Gold”, que se desmarca un poco del synth-pop para abrazar sensibilidades funk y que debería haber sido algo más que un mero bonus track. En definitiva, gasolina para prender fuego el viernes.