El título del álbum de debut de Sampha, Process, hace referencia a un proceso que en el caso del crooner digital británico parece ser inverso al recorrido habitual de cualquier artista, más si cabe en el caso de un debutante. Antes siquiera de que este disco estuviese anunciado, la voz del inglés ya se escuchó en tres LPs esenciales del año pasado, The Life Of Pablo de Kanye West, Endless de Frank Ocean y A Seat At The Table de Solange. No es algo que le viene nuevo en su carrera. A principios de la década, su cálida y distinguida voz de aromas soul ya asomaba en los trabajos de algunos de los productores de referencia de la electrónica underground de su país. Se dio a conocer, especialmente, a partir del binomio que estableció con un por entonces pujante SBTRKT. También se asoció con Lil Silva, Bullion o Katy B. Finalmente, su asociación con el músico enmascarado le llevó al estudio de Drake en 2013. El resto es historia.

Con todos estos datos lo lógico sería que para su esperado estreno en largo pidiese a todas sus amigas estrellas que le devolviesen el favor. Sin duda, un trabajo con todos estos invitados hubiese sido sencillamente abrumador. Pero en 2014, el inglés tomó la decisión consciente de hacer de ésta su obra más personal cuando volvió a la casa de sus padres para cuidar a su madre, cuyo cáncer, aparentemente en remisión, recurrió. Lo que sucedió fueron unos meses especialmente dolorosos en los que Sampha volvió a conectar con su pasado. Tras el fallecimiento, trató de llenar un vacío a partir de la música y expresando a corazón abierto los miedos e inseguridades de la vida adulta.

Sampha Sisay decidió abrir ventanas y empezar a trabajar en un estudio, después de mucho tiempo encerrado en su dormitorio. Más allá de colaboraciones puntuales, como la de Kanye West, que recientemente se reveló que coescribió Timmy’s Prayer, la única contribución sustancial externa es la de Rodaigh McDonald, genial productor en plantilla de XL que ha sido clave en los trabajos de The xx, Adele o King Krule. Su presencia ayudó a que el artista confiase más en su propia voz y la pusiese en primer plano. Sampha ha insistido en casi todas las entrevistas que ha concedido que a pesar de los elogios, hasta hace no mucho se sentía tremendamente incómodo con ella. Tampoco extraña, sus primeros trabajos eran esencialmente instrumentales.

“Process” entronca musicalmente con la tradición contemporánea británica de digitalizar el soul y, en este sentido, se posiciona como el heredero natural (y el mejor) de James Blake. En su caso, esta lectura la hace desde un prisma más cercano a sonoridades R&B y pop. Pero más allá de los géneros, si por algo cautiva de primeras su música es por su portentosa voz, que proyecta con la sabiduría de un veterano, con una honestidad genuinamente humana. McDonald parece haber operado aquí no tanto como un productor al uso sino como un entrenador o psicoterapeuta que ha conseguido disipar cualquier sombra de duda en su talento para cantar con una tremenda seguridad en sí mismo. Ya desde el arranque, la sobrecogedora Plastic 100°C, Sampha se mueve en terreno de colosos. Lo primero que se oye es un mensaje motivador de Neil Armstrong que da buena muestra de la ambición del británico. Con todo, si el tema resulta especialmente interesante es por la manera en la que parte del miedo que le causó la aparición de un bulto en la garganta y la posterior aceptación de que tendrá que convivir con una afección que es la causante directa de que su voz sea imperfecta.

A lo largo de Process hay destellos de esa genial. En Blood On Me, una de las mejores canciones de 2016 y el corte con más potencial radiofónico, canta con una insolente soltura; la balada (No One Knows Me) Like The Piano parte de la metáfora de su reencuentro con el piano de casa de sus padres, para articular una solemne y desgarradora carta de amor a su madre; el sensacional dúo central formado por la ligeramente trap Reverse Faults y Under demuestra que desde la tristeza se pueden facturar hits; y What Should’t I Be? echa el cierre encomiablemente a un catártico álbum repleto de picos emocionales.

Con Process, Sampha demuestra que no era un capricho la voluntad de hacer un trabajo personal y muestra una maestría como compositor, cantante y músico pocas veces vista en un debutante. También que por geniales que sean Saint Pablo, Alabama o Don’t Touch My Hair, como mejor opera es por su cuenta, sin tener que comprometer su visión a terceros. No necesita a casi nadie para entregar el mejor álbum de lo que llevamos de año (y ya se han lanzado unos cuantos verdaderamente sensacionales: Run The Jewels, Migos, The xx…).