Puto mundo cruel. Puta fama. Puta vida. Justin se duele, y se duele mucho. En “I’ll Show You”, le lanza una advertencia al mundo: “Quieren que yo sea perfecto, pero no saben lo mucho que sufro”. Es un Justin que mira para adentro, con las manos en los bolsillos, chutando la hojarasca otoñal. Que nadie piense por un momento que el arrepentimiento del teen idol es producto de un sentimiento real de culpa, hay aquí una argucia promocional del quinzorro, encaminada a renovar la imagen del crío desde el giro emocional en clave R&B de “Journals”. Vaya, que ya es hora de que los adultos empiecen a interesarse por su música, y la actitud de spring breaker fumeta no es la adecuada para conseguirlo. Muy divertido lo de ponerse a llorar durante una actuación; muy divertido lo de venir a ese país marroquí llamado España y montar el numerito de adolescente torturado; muy divertido lo de amar a Jesucristo más que a tu tupé decolorado de lesbian kiddo… Pero que conste que los pucheritos y las disculpas que inundan “Purpose” no me los trago.

Lo que si me trago es el pastizal que habrá cobrado Skrillex por hincar la pezuña en un tercio del álbum. Está claro que algo cambió este verano en la trayectoria de Bieber cuando Diplo y Skrillex (Jack Ü) se cruzaron en su camino y le mostraron el sendero hacia “la madurez” con la celebradísima “Where Are Ü Now”, una pieza de orfebrería digital que evidentemente se ha incluido en “Purpose”. Es la dirección que a partir de ahora seguirá el ídolo pop: un R&B megadigital, moderno, adulto, sobreproducido, intimista y redentor. Con chispazos de trap, hip-hop, house, dubstep y pop comercial a modo de topping.

Darle la mano a Skrillex es el mejor movimiento que ha hecho Bieber en su carrera con diferencia; los tracks que le sirve el rey enano del EDM son la mierda más seria en la que jamás ha deslizado sus gorgoritos. De hecho, Sonny John Moore le hace entrar en la postpubertad de golpe merced a “I’ll show you”, una balada impecable moldeada a base de lamentos, beats arrastrados, graves clitorianos, digitalización extrema y capas y capas y capas de sintetizadores. “Sorry” es también uno de los puntales del álbum, una pieza de escapismo EDM construida a base de calypso house, samples hipnagógicos y melodías vocales aterciopeladas. “The feeling”, con featuring de Halsey, es otra cebolla infinita de pop digital, sabiamente pulida por un Skrillex que golpea de nuevo con “Hit the ground”, soberbio caramelo dancefloor con segmentos de house y medios tiempo de R&B empastillado: si estuviéramos en julio y esto fuera Ibiza, la cantaría hasta mi perro.

Recursos para la pista de baile rabiosamente actuales y mucha redención. Con esta máxima, también sin Skrillex cosecha Bieber algunos de los minutos más inspirados de su carrera. Se impone la melancolía en el dancefloor, como la que encierra el house emocional de “What do you mean”. Porque esa es la idea principal que vende “Purpose”: la de un artista ansioso por limpiar su hoja de servicios y comenzar de nuevo; la de un chaval herido que quiere dejarse de tonterías para ganarse el respeto de los mayores.

Es todo una patraña, lo sabemos, pero la patraña funciona. De hecho, no es malo que Justin Bieber quiera ser ahora The Weeknd, pues en la blandura emocional/digital es donde se granjea la compasión más sincera del oyente. Ahí está la pegadiza y acuosa “Company” para indicarle el camino correcto. Baladas como “No sense” o “No pressure” (con Big Sean) le separan con suma eficacia también de sus anteriores encarnaciones. Desconozco cuán hondo ha sido el supuesto asesoramiento de Kanye West y Rick Rubin –en teoría se habían juntado con él, aunque no aparecen en los créditos-, pero es enormemente revelador que en “We are” el mismísimo Nas le acompañe en este rito de paso de niño a hombre.

Excesivamente largo en su edición deluxe –sobran temas- y atufado por la presencia de Ed Sheeran –la primera vez que Bieber se junta con alguien más odioso que él-, el nuevo álbum del canadiense tiene un factor curativo innegable: ese cambio hacia sonidos maduros acompañado de los productores más adecuados y, ante todo, ese cambio de actitud que no le hará perder a ninguno de sus fans adolescentes, atraerá la atención del público adulto que le ignoraba y, lo más redondo de la treta, cambiará la opinión que muchos de sus haters teníamos de él. Ahora sí: I want to beliebe… Aunque sea un ratito.