Cuando Plaid publicaron Reachy Prints (2014) hace sólo dos años, daba la sensación de que habían vuelto. Las melodías de aquel álbum sonaban más precisas e inspiradas que las que habían decorado otros discos de la pareja, al menos desde el momento dulce de Double Figure (2001); eran dibujos mucho más gráciles y emocionantes. Les habíamos estado esperando durante más de diez años y, cuando decidieron regresar a las esencias, lo hicieron de la manera correcta: sin acritud, con amor, incluso derramando una lagrimita de nostalgia. Plaid, lo decimos por si alguien se acaba de incorporar a su leyenda, son una institución de la IDM británica desde principios de los años 90 -tan institución que cuando empezaron al género todavía se le llamaba ‘intelligent techno’-, así que hay que aprender a perdonarles las fases menos inspiradas de su larga trayectoria y valorar sus momentos altos: su importancia nunca va a quedar en entredicho, pero siempre es gratificante saber que Ed Handley y Andy Turner no han perdido esa chispa capaz de convertirnos el corazón en un horno microondas a máxima potencia.

Con Reachy Prints habían vuelto, pues, pero no habían vuelto del todo. Lo que tenía aquel disco era una reactualización del discurso de Rest Proof Clockwork (1999) y Not for Threes (1997), el de esa electrónica sobria y mecánica, siempre dispuesta con máximo orden, en la que de vez en cuando aparecía un track arrebatador. Pero les faltaba, quizá, volver todavía más atrás y recuperar lo que algún día también fueron cuando aún estaban integrados en The Black Dog, junto con Ken Downie, y adoptaron el techno de Detroit como punto de referencia para su discurso electrónico, una inspiración que les acabaría llevando a adentrarse en laberintos de sonido tan enrevesados como adictivos. Entre lo mejor que se ha publicado de Plaid está el mítico primer disco, Mbuki Mvuki (1991) -que se sigue pagando al precio de un riñón en el mercado online-, y los maxis que publicaron en esas mismas fechas bajo alias como Atypic, Balil o Tura, y que fueron recuperados en Trainer (2000), un doble CD que era como la Piedra Rosetta del techno inglés, una redacción para la eternidad de las sagradas escrituras de Detroit fuera de Detroit.

Lo interesante de The Digging Remedy es que, en algunos aspectos, intenta completar el regreso a medias de Plaid en 2014, y a la melodía de entonces añaden ahora una ingeniería de beats más reforzada y la sensación de que, en cualquier momento, el disco pueda elevarse y perderse entre las estrellas. No es que se eleve mucho, no es que se pierda en las profundidades del club, y en realidad no es más post-Detroit que Not for Threes, pero lo es en mayor medida que todo lo que habían estado publicando Handley y Turner en los últimos tiempos: en muchos momentos (Dilatone, Melifer, Saladore) suenan a techno clásico si el techno clásico fuera ese momento previo en el que una olla de agua está a punto de hervir: sí pero no, anunciando un cambio que no se produce, pero que está a punto. Está claro que Plaid crean una sensación de tensión que intenta, por una parte, engancharnos a la expectativa de que ocurra algo excepcional y, a la vez, que intenta gestionar la frustración de que no haya ningún crescendo apoteósico, ni un estallido de hedonismo que supere la ilusión abstracta y pase a los bombos recios.

El ejemplo más claro lo tendríamos en CLOCK: ahí está ese diseño de texturas tan limpias y relucientes marca Plaid, eso que tan bien saben hacer de siempre, y también el ritmo fluido y repetitivo que sostiene el track una vez consolida su fase de aceleración. El caso es que, una vez está en marcha, ya no quiere ir más lejos ni más rápido. Hay mucho techno que suena a nave espacial que escapa de la estratosfera, o a bólido de carreras: Plaid, en The digging remedy, hacen una música bucólica y en movimiento que parece ir pedaleando en bicicleta, o circulando en tren de vapor, consciente de que lo mejor es encontrar el equilibrio entre la persecución del futuro y el disfrute del paisaje. Quizá tengan pendiente, ahora sí, regresar muy al principio de todo, reclamar sus orígenes como pioneros del intelligent techno en la misma forma en que lo han hecho compañeros de generación con B12 o su ex socio Downie cuando reactivó los Black Dog en Soma, pero siempre y cuando no pierdan la que había sido su esencia, y que llevan dos álbumes refinando de la mejor manera posible: esas melodías que son como brisas marinas, como perfumes florales, como una erección matinal. .I.