Esto es una paradoja al margen de la física. Por mucho que chirríe el espacio-tiempo, hay dos Josh Davis paralelos conviviendo en el mismo plano material. El primero es el rey del sample, el rey del funk, el rey de las cubetas de vinilos. El Shadow 90s. El segundo es el productor de otra era que aspira a ser moderno, Ableton mediante, y siempre, siempre se queda medio camino. El Shadow siglo XXI.

El californiano lleva ya más de diez años intentando gestionar esta superposición yoes alternativos que tanto ha lastrado sus álbumes más recientes. No debe de ser fácil mantener el equilibrio cuando en tu discografía figura uno de los mejores LPs de hip hop de todos los tiempos, el legendario Endtroducing (96). El primer álbum de DJ Shadow sigue brillando como una estrella lejana e inalcanzable. Parecen haber pasado años luz desde su albor, pero todavía hoy los ecos de su chef d’oeuvre reverberan insistentemente en el subconsciente del universo electrónico.

Así pues, mientras que en sus directos y sesiones se ha mantenido fiel al culto del plástico y al corta y pega, en sus aventuras como productor, Shadow ha intentado por todos los medios sacudirse de los hombros los copos de sampladelia 90s, en favor de sonidos más digitales y modernos. Pero escapar del abrazo gravitatorio de Endtroducing es como luchar contra los tentáculos de un agujero negro: nada, ni siquiera la luz, se libra de su mordida gravitatoria.

De ahí que todos los intentos discográficos de Davis por distanciarse de su álbum debut se revelen, en última instancia, torpones, trastabillados, incompletos, ingenuos en muchas ocasiones. Y a pesar de contener algunas canciones con punch, a pesar de estar remachado con la sapiencia de la mejor alquimia en el estudio, The Mountain Will Fall adolece de los mismos defectos. Shadow quiere ser moderno. Quiere trap. Quiere Ableton. Pero, oh, no puede.

A lo mejor se ha empachado de Diplo, será que le estimula lo de los bajos inflados digitalmente, pero lo cierto es que Josh Davis ha absorbido algunos de los clichés de la escena trap, ha puesto en práctica estrategias dubstep caducas y tan solo ha recurrido a su mejor arma, el sample, para aplicar pinceladas ocasionales a un disco que, bueno, es pasable, pero no está a la altura de la leyenda. Una vez más.

¿Por qué se empeña Shadow en profanar géneros que otros dominan muchísimo más que él? ¿Por qué juega un partido que le va tan grande? ¿Por qué quiere sonar como Clams Casino en Suicide Pack? Cuando se pone experimental junto a Nils Frahm –curiosa alianza- en Bergschund, suena como una mezcla mediocre de Mux Mool y Skream. Cuando intenta generar paraísos artificiales más cercanos al IDM, como en Depth Charge o Mambo, se vuelve rutinario y cortarrollos. En Ashes to Oceans, junto a Matthew Halsall directamente se viene arriba y se pone en la piel de un jazzman astronauta… Meh. Y soy generoso.

Eso sí, cuando se inyecta trap sale más airoso. Three Ralphs es una espiral de graves y efectos líquidos muy convincente. California es una collage digital emo trapper bastante estimulante: podría sonar en el club Low End Theory… hace cinco años.  Ghost Town te reconcilia con el Shadow más crepuscular y rabiosamente hip-hop: los pianos, los efectos nocturnos, hay mucho beatmaker ahí metido.

No obstante, los mejores cortes, son los que muestran con menos vergüenza la mácula Endtroducing. Los minutos de rap junto a Run The Jewels en Nobody Speak  y la trepidante The Sideshow, con Ernie Fresh, son con diferencia los mejores requiebros. Es curioso, ¿verdad? La crítica musical  suele aplaudir la audacia, el afán investigador, las ganas de avanzar. En el caso de Josh Davis, pasa todo lo contrario. A cada nuevo disco, lo único que deseas es que vuelva hacia atrás y suene viejo. Como un vinilo crepitante. Cuanto más viejo mejor.