Hasta la publicación de Passing me by y We Stay Together, dos EPs que en su carrera funcionaron como las bisagras de una puerta espacio-temporal de madera de roble –noble y líquida a la vez–, el techno de Andy Stott se construía en vertical. Aspiraba a elevarse al cielo o incluso más arriba todavía, hacia el vacío solemne del espacio, y persiguiendo este ideal tan alto, el productor de Manchester se había obsesionado con el sonido inglés clásico, el de principios de los años 90, el de la primera fase de la ‘inteligencia artificial’ del sello Warp. Cuando Andy Stott ingresó en Modern Love, parecía un alumno aventajado de Claro Intelecto y un eficiente continuador del intelligent techno de firmas clásicas como B12, Beaumont Hannant y los primeros Autechre, sus vecinos. Y aquel Andy Stott molaba, conquistaba regiones lejanas de la imaginación, hacía música para el corazón y la inmensidad. Pero entonces llegó aquel Andy Stott de 2011, madurado de golpe, con nuevas ideas, y su sonido cambió en muchos aspectos: empezó a hacer techno en horizontal, con el pie en tierra, reptante y envuelto en ecos sordos, lento y misterioso, y no sólo se reinventó a sí mismo, sino que mostró un interesante camino de desarrollo futuro para la música de baile experimental.

Too Many Voices (Modern Love, 2016), el que es su cuarto álbum sin contar los proyectos paralelos –Hate cuando se dedica a la nostalgia drum’n’bass; Millie & Andrea cuando une fuerzas con Miles Whittaker para bajar a los infiernos del rave–, intenta ser, como previamente ya lo intentaron Luxury Problems (2012) y Faith in Strangers (2014), su última palabra al respecto. El primero integró la voz humana, el piano y el candor, y el segundo se alejó de Europa –e incluso del sistema solar– para explorar África más a fondo. Pero hay tanto campo por cartografiar en esta modalidad de techno viscoso y distópico –o mejor habría que decir ucrónico– que Stott sigue ampliando campo, conquistando territorio y codificando un sonido que le obsesiona, tanto es así que no hay manera de detenerse, porque aún no lo ha descubierto todo. Hay varios elementos que aportan unidad a su aventura de los últimos cinco años: las portadas en blanco y negro, tribales o atléticas, estampas de un mundo paralelo o muy distante en el espacio, pero sobre todo la búsqueda de un sonido sin florituras, repleto de silencios y con el freno echado. Mientras otros se obsesionan con los hits, él se obsesiona con las voces deformadas que suenan en su cabeza.

En directo, Stott siempre mete algo más de bombo, pero hace tiempo que ya no le interesa servir a las necesidades de la pista de baile. Y Too Many Voices sigue yendo por ahí, aunque la sorpresa es que, a diferencia de Faith in Strangers, no es un álbum continuista con el anterior, sino un álbum que vuelve a tomar distancia para evadirse a un espacio poco investigado. La idea que resumen este nuevo álbum de Andy Stott es que, aunque sigue teniendo un pulso lento, el diseño de las texturas ya no es tan oscuro como antes. Al sonar Waiting for you, el primero de los nueve tracks que conforman el doble vinilo, parece como si regresara el productor del principio, mucho más cósmico: hay texturas de sintetizador que brillan con la palidez del oro viejo, y la siguiente, Butterflies, también abunda en reflejos y ligereza. Pero no es ni el mismo Andy Stott de Merciless (2006), ni tampoco exactamente el mismo de Luxury Problems, a pesar de que ha recuperado las voces cándidas que, en otro contexto, darían para marcarse un deep house emotivo y reconfortante. Ya no es techno producido en vertical o en horizontal, sino un techno en cuatro dimensiones: es techno hacia atrás en el tiempo.

Sin dejar de avanzar en su peculiar camino, Andy Stott tira de recuerdos del pasado. Por ejemplo, en parte del disco hay una regresión romántica a los orígenes del género grime, que él ha estado trabajando a su manera en el proyecto Andrea, y que ahora incorpora a su discurso central intentando encontrar el punto de conexión entre su propio sonido techno, lento y mercurial, y el de la escena weightless –ese grime en el que el peso de la línea de baja se ha rebajado para crear una sensación flotante– de los últimos tres años (Forgotten, Selfish). Y también hay una obsesión con lo que, varias décadas atrás, se conoció como Fourth World Music, una idea –inicialmente desarrollada por Jon Hassell y Brian Eno, y más tarde recogida por artistas asiáticos como Ryuichi Sakamoto– que consiste en diseñar un futuro alternativo para las músicas del mal llamado Tercer Mundo: una fusión entre música electrónica y étnica que da pie a una especie de futurismo exótico.

En Too Many Voices se produce esa sensación: no acaba de ser un disco visionario porque su mirada nos suena mucho a un viaje hacia atrás en el tiempo, pero una vez ahí inclina el espejo para idear un futuro alternativo, un poco en la línea de lo que, con armas, ritmos y texturas distintas, han venido haciendo James Ferraro y Daniel Lopatin. Es una sensación compleja, porque Andy Stott se ha vuelto capaz, no se sabe si por azar o de manera premeditada, pero con gran acierto, de borrar las ideas previas que teníamos sobre pasado y futuro. Este disco suena a pasado –digamos que tiene el aroma del pasado, simultáneamente regresado a 1982 y 2003–, pero no suena a nada que exista en este presente. Y promete un futuro interesante, porque da la sensación de que, una vez más, no lo ha dicho todo en estas nueve piezas, que ha vuelto a empezar en el rediseño de su música, y que a partir de aquí volverán a cambiar las cosas. Lo ha dejado todo a punto de caramelo, en un estimulante cliffhanger, y será en el próximo disco cuando comprobemos si Stott tendrá que volver a un techno en dos dimensiones o, por el contrario, será capaz de ampliar los límites de su geometría y mejorar su capacidad, recién adquirida, para moverse a lo largo de la flecha del tiempo.