Que el hambre de gloria de Kendrick Lamar va más allá de la simple fragua de clásicos es algo que la nueva treta discográfica del comptoniano deja muy claro: el tipo no se contenta con cambiar el juego, también quiere cambiar las reglas del juego. Con el Grammy bajo la axila, en un momento dulcísimo en el que el presidente Obama se declara fan e incluso un cuesco sincopado le reportaría beneficios, Lamar hace trizas el mercado tal y como lo conocíamos, lanzando al éter virtual un nuevo álbum-mixtape-experimento-boceto, sin título, sin remasterizar, sin nombres para las canciones, sin portada. Lo suelta ahí; ¡pum! Cero hit singles. Cero promo. Ninguna intención de ponerle la vida fácil a la radiofórmula. Sin fiestas de presentación absurdas en el Madison Square Garden. Lamar es la combinación perfecta de actitud desafiante con el estado actual del negocio y creatividad efervescente, incorruptible. Un game changer de la hostia. A estas alturas, ya no hay debate: K-Dot es lo mejor que le ha pasado a la música negra en años.

Porque untitled unmastered va de música. Es lo único que importa. Y si para subrayar el mensaje hay que vomitar en la coronilla de los fans este delicioso engendro, con un formato a medio camino de ninguna parte –todavía me pregunto si podemos considerarlo un disco oficial o no-, tened por seguro que a Kendrick no le temblará la mano. Así de alto está el umbral de su autoconfianza ahora mismo. El resultado una especie de oxímoron: un disco colosal con el aspecto de una demo, una sesión de jazz improvisada sin principio, nudo y desenlace. Solo música untitled unmastered es un apéndice de To Pimp a Butterfly que es mucho más que un apéndice. Porque a pesar de su tosco bruñido, esta espada corta como una cabrona.

Lamar incide en sus obsesiones –estereotipos raciales, sentimiento de culpa, religión, crítica social, gueto- y en sus credenciales sonoras, apostando por un hip hop cálido, tostado, con ecos lejanos de góspel e infestado de groove. Exuda jazz sin ser explícitamente jazz. Hay trucos que activan la memoria del fan, como el segmento de untitled 02 que ya presentó en el Show de Jimmy Fallon: uno de los mejores cortes del disco. El bajo pulsátil de Thundercat, los efectos lisérgicos y los juegos vocales de Lamar convierten untitled 03 en una joya irresistible que podría haber formado parte del núcleo duro de TPAB. Hay también desvíos deliciosos que recuerdan a los Outkast más melódicos: untitled 06 es uno de los momentos más deliciosos e inesperados; burbujas de bossa nova, funk setentero con flauta y Cee-lo Green mascando falsete; brutal. El jazz veraniego, sensual, de untitled 06 también brilla con su orfebrería negroide para tardes de hierba: Kendrick rapea con un pulso aplastante sobre una absorbente colcha jazzística y un saxo casi erótico. Incluso untitled 7, cuya producción corre a cargo del retoño de 5 años de Alicia Keys y Swizz Beatz, si tenemos que fiarnos de Lamar, es un temazo de jarabe y canuto. Sin interferencias.

Porque aquí no hay trampa ni cartón. No hay adornos. Con 35 minutos de sesión, el rapper angelino se basta para volver a dejarnos con los calzoncillos a la altura del betún. Y que nadie se asuste por las formas: untitled unmastered tiene la apariencia de un garabato regalado, pero es una de las viñetas más apasionantes que ha dado la música negra en lo que llevamos de año.