Dejen de marear la perdiz: a falta de alguna sorpresa de última hora (Burial mediante) este es el disco del año. El enviado de Dios a la tierra ha facturado el artefacto sonoro más importante de 2015. Mientras Kanye West bautiza a su hijo Saint, el que tiene la potestad de hacerlos entrega el disco soñado por Kranky .

Drake podrá llenar el Madison Square Garden diez noches seguidas, West sacará la enésima versión de esas alpargatas para ir a vendimiar con nombre más o menos parecido a “Jesús”, pero al lado del portero de discoteca argentino no tienen nada que hacer. Ser popular es una cosa y otra bien diferente es ser el Papa, y esto, por mucho que se empeñen en Tidal, en el atelier de Jean Paul Gaultier o en las reuniones de los asesores fiscales de Kim Kardashian continuará siendo así. Antes de que diese a conocer esta obra maestra ya era mundialmente conocido y aclamado sin necesidad ni de bajarse del Papa Móvil, sin aspavientos artísticos, sin giros estilísticos o morales, sin tener su propia marca de ropa o zapatillas deportivas, sin ponerse casco en sus directos: le veneran.

Francisco no es pionero en el negociado discográfico del Vaticano. En el recuerdo quedará el tremendo flujo de Juan Pablo II: docenas de grabaciones con sermones, las tremendas arengas que mandaba grabar cuando visitaba pueblos no tan mediáticos y una pieza para connoisseurs del stoned-new age, Abbà Patte, que editó Sony Classical en 1999 y que, aún hoy en día, los ejecutivos de la época, recuerdan como unos de los peores discos de la historia de la compañía. Otra cosa fueron los edits de Benedicto XVI en Alma Mater: algo más luminosos, más acordes a un 2010 en Subterfuge, pero de nuevo los altos cargos de Sony decidieron apartar el negocio de la caridad discográfica y hacer borrón y cuenta nueva con la crew del Vaticano.

En octubre pudimos escuchar el primer single del álbum Wake Up! Go! Go! Forward!, el bofetón más grande que se puede llevar el Allelujah! Don’t Bend! Ascend! de Godspeed You! Black Emperor. Toda la generación de post-rockers en shock. La discografía de GY!BE corregida y aumentada en un solo tema: la miasma de los canadienses apuntada en Storm borrada de un plumazo a base de capas de referentes de primera división (trompetas lisérgicas a lo Pink Floyd, las recurrentes guitarras AOR subiendo y bajando en espirales progresivas entre el discurso-spoken word del Papa de Roma -recuperando, también, un estilo ya apuntado en los discursos de los 70 de Jello Biafra-).

Si Frank Zappa viviese hubiese dado su bendición a este disco. El absoluto distanciamiento brechtiano es el hilo conductor de los trece temas que componen el disco. Aromas de Ketolar que impregnan, tema a tema, lo soñado por Emerson, Lake and Palmer: teatralidad, discurso lisérgico-barroco y un auténtico buffet libre de sonidos -hay más libertad creativa en este disco que en cualquiera de las referencias de Tortoise-. Sin rubor alguno se mezclan coros a lo Siempre Así, guitarras y teclados a lo Medina Azahara, ideología proto-punk (el tema La Iglesia no puede ser una ONG! bien podría haber sido firmado por The Gories). Wake Up! es el mejor ejemplo de eso que llevamos tragando desde principios de los 90: la cultura del remix, pero magistralmente planteado y ejecutado -ARTE, sí, en mayúsculas- fuera de cualquier dictado de las modas que marcan el mercado. Libertad creativa: esencia de cualquier obra contemporánea.

La Fe es entera, no se licua!, Salve Regina o ¿Por qué sufren los niños? deberían estudiarse en los ghettos creativos del free-jazz de Chicago. No le den más vueltas: aquí y ahora, este es el disco del año.