En Burial todo había sido perfecto hasta que se hizo la foto. Sobre aquel gesto –el de desvelar públicamente su cara, simplemente porque quiso y porque pudo, el de hacerse un selfie para agradecer el apoyo de sus fans y celebrar sus 10 años en la órbita de Hyperdub– se escribió mucho en enero de 2014. Pero lo que no se dijo, porque entonces no se podía saber, era que a partir de ahí Burial iba a entrar en una etapa de enfriamiento creativo, de ralentización en su producción discográfica, que a la vez implicaría sus primeros traspiés. Poco antes del selfie, William Bevan había soltado el que era su EP más ambicioso, Rival Dealer: de los tres cortes del maxi, dos se alargaban generosamente por encima de los 10 minutos; eran odiseas de melancolía post-dubstep en las que se incrustaban arpegios tranceros, samples sobre la intersexualidad y demás conexiones profundas entre el pensamiento interior y la euforia colectiva. Se había alejado de su introspección habitual, pero seguía sonando como un artista único, en la cima –y hasta por encima– de sus posibilidades: era el único productor que se podía permitir flirtear con el kitsch electrónico y salir a hombros después de la faena. Quizá porque sintió que lo más difícil ya estaba hecho, y que no había nada más que demostrar, fue cuando se permitió romper su otro gran voto sagrado, el de mantener el anonimato.

Al verle la cara, Burial dejó de ser un fantasma, una incógnita, y se convirtió en una persona común, alguien que podía estar reparándote el coche al día siguiente, o trayéndote el correo a casa. El anonimato por sí mismo no es un valor –hay mucha gente que va de huidiza y su música no podría importarnos menos–; por lo tanto, que mostrara su imagen no tenía por qué desmerecer todo su trabajo anterior ni condicionaba el futuro, la enormidad de su proyecto no estaba en duda. Pero cierta magia se rompió ahí, sin posibilidad de vuelta atrás, y Burial era también ese aura misteriosa, esa ausencia. Rival Dealer había sido el tercero de los maxis de Burial publicados a finales de año, sin previo aviso, la consagración de un ritual que esperábamos que se repitiera en 2014 y 2015, pero parecía como si Burial se hubiera quedado silente. Lo poco que se supo de él fue decepcionante: el white label Temple Sleeper no gustó a casi nadie –es revelador que, pudiendo habérselo quedado Hyperdub para hacer caja, al final apareciera en Keysound, sin material extra–, y su colaboración con Zomby tampoco llamó especialmente la atención. No era tanto fatiga de Burial –porque simultáneamente estaba reeditando el primer álbum y Untrue en vinilo, que siguen sonando como lo mejor de la década pasada–, sino indiferencia por dos aventuras insatisfactorias, después de tanto tiempo inactivo. Su momento nos parecía ya que había pasado, y aquellos discos anecdóticos no podían resucitarlo a menos de que Burial se dejara de cosas raras y volviera a lo que de verdad sabía hacer.

Desde 2014, flotaba en el aire la posibilidad de un nuevo álbum. “Quiero hacer nuevos temas este año […] Por suerte, a finales de cada año he tenido material lo suficientemente decente como para que se publicara. Pero pronto se lanzará Dark Souls 2, y no sé si tendré tiempo suficiente para hacer temas, porque necesito dedicarle muchas horas a ese juego. […] También quiero rescatar temas antiguos que aún suenan bien y nunca he publicado. Estaría bien publicar algunos de ellos en vinilo algún día”. Todo esto lo decía Burial hace dos años, y finalmente hay signos de su reactivación. Las dos piezas del nuevo 12” no parece que sean material antiguo –hay elementos que dan la idea de continuación del avance alcanzado en Come Down To Us–, y una vez más queda abierta la puerta de la esperanza: ojalá un nuevo álbum casi una década después de Untrue, ojalá una constancia en su relación con Hyperdub, ojalá un deseo de no alejarse de su público y darle cápsulas periódicas de ambrosía hipnagógica con ramalazos de euforia. Si lo situamos en la cronología Burial, Young Death / Nightmarket implica, por una parte, quitarse el mal sabor de boca de Temple Sleeper y la desgana que le contagió Zomby –es lo mejor de Burial desde 2013, algo que tampoco era tan difícil–, pero también una leve decepción por no haberse superado a sí mismo una vez más.

El minutaje sabe a poco, sobre todo viniendo de Rival Dealer, y todas las ideas suenan muy conocidas: Young Death arranca con el habitual crujido de electricidad estática, las voces andróginas y el bajo ravero latiendo por debajo, mientras se eleva un coro de ángeles. Pero a los pocos segundos se desenvuelve una melodía arpegiada, casi trance, y es como si saliera el sol después de una larga y oscura noche, y el corte se cierra con uno de esos ‘segundos movimientos’ –un post-ludio ambient– que nos transportan a esa ciudad sonámbula y derrotada a la que Burial le pone la banda sonora ideal. Y Nightmarket, que suena como un paseo de madrugada por Covent Garden, con los adoquines mojados, el cielo espeso y el frío calando los huesos –durante tres minutos y medio las texturas flotan como una niebla, y se pegan al cuerpo–, es de verdad la pieza que reactiva la fe en Burial: cuando a mitad del corte aparecen esos arpegios cósmicos, nítidos y eufóricos, de un ochenteo triunfal, sostenidos por susurros y coros en voz baja –es como la banda sonora de Stranger Things en un Londres lovecraftiano–, entendemos que Burial pareció irse hace un tiempo, pero que ya ha presentado sus credenciales para escenificar un gran regreso. Según cómo, es un paso atrás: después de Rival Dealer, esperábamos esto pero con más carisma, más grande y más audaz; seguramente, pedíamos demasiado. Pero dadas las circunstancias, es un paso adelante: la constatación de que el mejor Burial quiere y puede volver, y que volverá, siempre que los videojuegos se lo permitan.