El señor mayor del indie se va al Sónar Sónar de Trankis 2018: yo ya lo he vivido
Sónar de Trankis 2018: yo ya lo he vivido

Òscar Broc no podía faltar a la cita del Sónar -ya van 24- y nos trae su crónica jurásica: prefirió dormir la siesta con Laurel Halo que asistir al festín millennial de Rosalía; tomar el vermut el domingo antes que cerrar con Laurent Garnier y meterse con calzador en cualquier mañaneo… Been there done that.

Sónar de Trankis es chocar los cinco con el tipo de seguridad, convencido de que te conoce. Es mostrar la pulsera con un movimiento fluido, sin mirar a los ojos a los señores de la puerta de acceso, clavando el chip en el dispositivo cancelador como si fueras Magic Johnson sirviéndole un no-look pass a James Worthy en el 87. Sónar de tranquis es templanza, oteo concienzudo de la huerta, eructo profundo de carajillo y purito muy lento antes de la primera cerveza

La seguridad que te da llevar 24 Sónars en la mochila es inmensa. Te crees Dios. En tu fría cabeza, el Sónar de Día se ha convertido en un paseo por el campo, espolvoreado con molly: está chupado, nunca mejor dicho. La liturgia del festival diurno, tan nueva y electrizante para incontables cachorros inexpertos, te sabe al caldo de pollo de tu primera suegra. Been there done that. Eres la hostia.  

Has estado ahí los últimos 24 estíos y sabes que ahora se juegan dos partidos muy distintos sobre la alfombra tóxica. Por una parte, la camada millennial: excitada, hambrienta, disfrazada, bailando raro con el culo y metiendo falanges en bolsitas extrañas. Por otra parte, los marines coloniales operando en la sombra, la peña Sónar de Trankis, los supuestos héroes del saber estar.

No hablo necesariamente de vejestorios, que también; no hablo necesariamente de nostálgicos de mierda, que también; hablo de la paz interior que dan las bermudas con bolsillos laterales, las gafas con cuerda, las cápsulas de guaraná y el nombre de Errorsmith señalado en el programa. La magia de convencerte de que el domingo te levantarás a las 9, harás el vermut y comentarás las última entrevista de Pep Guardiola, mientras esos críos inexpertos estarán intentando colarse en el Puerto Hurraco Sisters.

Porque Sónar de Trankis es reírte de los modernos que se han devorado la cara a mordiscos para ver a Rosalía y meterte en el SonarComplex a la misma hora para dormir la siesta con Laurel Halo, porque tú sabes de qué va esto, eres el puto amo. Sónar de Trankis es que Ricard Robles comente que la próxima edición se celebrará en pleno mes de julio y, en lugar de horrorizarte, digas: “Bah, yo estuve Monegros Desert Festival.”    

Y así, la noche del juernes, el Sónar de Trankis 2018 se hizo fuerte durante la sesión de un Laurent Garnier pinchando, ejem, discos de Laurent Garnier. Fue un meta Garnier que los señores mayores del Sónar entendieron como una demostración de resistencia a la pujanza trapera; el momento de reivindicarse bailando como si la lumbalgia, la presbicia y la chepa fueran cosa del pasado. “Este es el bueno”, decían algunos cuarentones. “Papara parapara parapara papá” tarareaban otros saurios mientras sonaba Crispy Bacon. Palmadas, silbidos, whatsapps de tu hija de 13 años… ¡vuelven los 90!  

Otro paladín de los discípulos del Sónar de Trankis, el egipcio DJ Harvey –digo lo de egipcio por porque nació cuando estaba a punto de ponerse la segunda piedra de la pirámide de Keops-, conseguía que la tercera, cuarta y quinta edad se reivindicaran. Me cuenta un testimonio que Ada Colau se dejó tentar por el boogie boogie, con los ojos impregnados de un brillo adolescente que muchos daban por perdido, como si la alcaldesa estuviera en su primer desahucio. Por otra parte, la discoteca Despacio, convertida en un manantial termal de la Fosa de las Marianas, solo permitía que se formaran colonias de extremófilos en su interior… Eso sí, el callo reforzado de los señores mayores del Sónar, curtido en sesiones de Matinée y afters ibicencos infinitamente más agresivos, se mostraba ajeno a la hostilidad climática.   

Que nadie se ría, pues, de la senectud technoide. El Sónar de Trankis és un Off Sónar dentro del Sónar que cada año crece y diluye las escenas de fervor químico de ediciones pretéritas. Que el Sónar de Día haya dejado de ser el hermano pequeño del Sónar de Noche dice mucho del avance de la facción gagá y de las pocas ganas que tiene la mediana edad de renunciar a la música de baile. En los 90 tu DJ favorito podía ser tu padre y en este Sónar 2018 tú podrías ser el padre del DJ de moda, de acuerdo. Pero la confluencia de yayas y adolescentes, cada vez más pronunciada, se vive con suma naturalidad en este festival electrónico; mérito de un cartel perfectamente equilibrado que sabe nutrirse de clásicos y buscar el umami en las sonoridades más rabiosamente nuevas. Pocos festivales de música electrónica, por no decir ninguno, cuidan tanto a los fósiles.

De modo que sí rotundo al Sónar de Trankis. Porque Sónar de Trankis es decir en voz alta: “Yo he entendido el show del Niño de Elche” o “Yung Lean es mi champú favorito” sin que pase nada. Es encontrarte a Richie Hawtin cerca del SonarHall, darle puñetazos imaginarios, gritarle: “¡Oneto!” y despeinarle el tupé como si te acabaras de encontrar al Peloti. Sónar de Trankis es convencerte de que saldrás entero de la sesión de clausura de Laurent Garnier y encontrarte en el metro a las 7 de la mañana, con la quijada preparada para atenazar el tobillo de un plantígrado, intentado meterte con calzador en el mañaneo que están preparando esos chavales a los que te has pegado cual parásito toda la noche. Sónar de Trankis dice…