¿En qué momento acabó la industria con la hermandad de la escena?

Hubo un momento donde predominaban las escenas culturales y la unión entre artistas era de igual a igual. Sin embargo, hoy nos encontramos con un escenario diferente, donde el artista se encuentra solo, luchando por el reconocimiento individual. ¿Qué ha ocurrido para que la situación se haya truncado de esta manera?

 

¿La música electrónica está viviendo un buen momento? ¿Dónde han quedado las llamadas “escenas” musicales? ¿Qué significa eso de la escena musical en un tiempo marcado por la velocidad y la competitividad, donde todos somos candidatos y tenemos expectativas culturales? Quizá deberíamos resolver una cuestión básica, referida al término de escena cultural, entendida como un conjunto de oportunidades de consumo cultural que, situadas en un espacio concreto, se caracteriza por fomentar el desarrollo de ciertos estilos de vida, ciertas prácticas culturales, dotando así de valor simbólico al territorio. Sin embargo, vivimos en un momento donde todo ese intercambio de información e interacción social que contribuyen a un desarrollo territorial, se ve mermado bajo un sistema capitalista que convierte a los sujetos en “productos de sí mismos”, obligados a venderse, mostrándose en el escaparate constante del sistema laboral concebido como “mercado”.

Bajo este panorama, ¿es posible una escena musical?

Solo hay que ver la forma en la que muchos artistas se muestran y relacionan en las redes sociales. Lo que determina el valor de un dj ya no es tanto su selección musical sino la forma de representarse en las redes. Hoy ya es tan importante la selección musical como el criterio visual a la hora de mostrarse y relacionarse con según qué comunidades y personas, creando identidades, edulcorando la realidad, estetizándola, pues dependiendo de ello, el artista en cuestión tendrá más o menos oportunidades de visibilizarse y actuar, y en definitiva, tener más o menos valor y porvenir en su trabajo. Todas estas expectativas de triunfo, orientadas más a triunfar siguiendo el modelo neoliberal, empuja a la celeridad y competitividad, en un afán por ser una “marca de sí mismo”, con el fin de diferenciarse entre el exceso de obra y nombres on-line. No sabemos con certeza si este modelo nos conducirá a ser mejores artistas, lo que está claro es que, moralmente, no nos hará mejores personas.

¿Falsa hermandad?

«Yo le llamaría industria más que escena”, afirma el dj y agitador musical Jordi Carreras en esta entrevista. Y continúa: “La individualidad y la vida llena de anarquía del DJ y productor ha propulsado a una falsa hermandad y unión que no existe”. La precariedad en el sector cultural afecta todas las escenas, y no es muy diferente la situación de un dj que mal pagan simbólicamente con la de un repartidor de comida a domicilio, cuando ambos compiten por los mismos trabajos temporales y mal pagados. Esta situación insostenible hace que cada individualidad sea susceptible, desconfiada y temorasa de su compañero, que deja de situarse al lado para ponerse enfrente. Vivimos en una falsa unión, que se mantiene siempre y cuando los intereses no se solapen, porque allí donde todos nos convertimos en candidatos y tenemos expectativas culturales estamos en las colas de los mismos bolos mal pagados.

Da la impresión de que tanto el disfrute como las mismas relaciones se vivan intensa e idealmente en las redes sociales. La calle… Eso es otra historia. Si prima la impostura es porque lo que se pone en juego es la propia imagen y todo gira en torno a nuestro perfil, sustentado en un yo real y a ser posible, en imágenes. Disgregados, atomizados, soñamos con fundirnos en una unidad. Educados en en la rapidez de poder tenerlo todo, alimentamos un mundo cargado de frustración. “Es penoso ver cómo te alegras de que cierren una revista, de que no tenga muchos bolos otro DJ, que el productor tal hace tiempo que no edita nada… mira lo “Pros” que llegamos a ser que no somos capaces ni de tener una asociación profesional de DJs, ¿y nos queremos llamar artistas?” Y concluye Jordi Carreras: “Rivalidad la habrá pero no solo entre Madrid y Barcelona. No es lugar son las personas / “profesionales”. 

Ahora bien, volviendo a nuestra pregunta anterior, ¿es posible formar una hermandad en un panorama así? Jordi Carreras afirma: “Deberíamos ir, quizás, hacia más unión y menos prejuicios profesionales, poder llegar a hacer un bloque profesional sólido, genuino y envidiable. Tenemos los lugares, las ideas y la operativa pero quizás nos falte comunión, pero así queremos el mercado. Siempre ganará el que solo se fije en él, el que no copia, EL ORIGINAL”.

Esta cuestión, la reafirma también el periodista y dj Thierry Marseillais: “Coincido con Jordi Carreras en que no hay una escena, sino una mera interpretación. Aunque claro, queda bien decirlo. Yo vengo del punk y allí el término «escena» se acuñó dentro de un colectivo universal, donde no hay jerarquías, donde todo el mundo puede participar y existe apoyo incondicional. Por desgracia, de un largo tiempo a esta parte, en la música electrónica me he encontrado demasiadas desilusiones. Gente que dice ser tu amigo cuando no lo es, buitres carroñeros que sólo van por el interés o que se hacen los locos cuando les pides apoyo, envidias malsanas, zancadillas, etc.”

¿Hay esperanza?

Para Thierry Marseillais no hay «escena» en la electrónica: “Quizá en algunos colectivos cercanos al punk, pero luego resultan ser guetos que sólo entran los «amigos de», así que estamos en las mismas. Es como la mafia de los clubs y la corruptela de las influencias, quién actúa o no. Me quedo atónito, de verdad. Aquí hay industria, nada más. El tiempo y los «accidentes» te hacen abrir los ojos, es algo demasiado habitual, muy triste. Y en esto entra, por supuesto, la precariedad, artistas que le pisan el cuello a compañeros de profesión para llegar los primeros… Dime dónde está ahí el profesional, es horrible. Lo que más duele son aquellos que piensas que son tus amigos cuando nunca lo han sido. Esto es, al fin y al cabo, una competición, una patética carrera de obstáculos”, concluye Thierry.

Si las raves, en el tramo final de los gobiernos de Margaret Thatcher, supusieron una especie de respuesta, de elogio del sentido de comunidad, a ideas de aquella época como “Ya no existe la sociedad, sólo los individuos y las familias”, ¿lo podemos encontrar hoy en día? Lo que en un principio nació como un impulso común casi utópico, liberador, pronto se disgregó por clases, razas, géneros, sexualidades… Y a día de hoy, individualidades,  atomizadas y atemorizadas por un presente depredador y un futuro incierto, bajo el imperio de la moda, donde solo nos queda subir el volumen, romper la conexión, y bajar las diferencias: la fiesta sigue.