Se presumía noche de Techno y se sabía que tendríamos momentos crudos y sin concesión en Reverse. Lo que no se tenía tan asumido, y que fue una grata sorpresa para los que aman la dureza, es que Nina Kraviz fuera con el cuchillo entre los dientes sin intención alguna de hacer prisioneros. No hubo ni un momento de respiro de calado más House en las tres horas en las que la siberiana comandó los bailes del respetable que acudió a La Riviera. Y el/la que allí estuvo y no sabía de la existencia de una señorita de Irkutsk no olvidará el ritmo y la zapatilla que la exótica Dj imprimió.

Karretero hizo sus labores de residente. Un techno resultón hilvanado con gotas tech-housie de tempo bajo donde aprovechaba las basslines para ir calentando una pista. La sala iba cogiendo color poco a poco y la gente comenzaba a apiñarse en primera fila para ver a la estrella de la función.

Y ella apareció con el nueve a la espalda. En plan killer. Nina Kraviz no deja indiferente. Amada por unos y vilipendiada por otros. Luego está el punto medio, los que pensamos que es una artista que tiene un olfato musical muy fino y que, aunque técnicamente no sea espectacular, tiene planta y personalidad tras unos platos.  Nunca sabremos hasta qué punto habrá influido su belleza en su carrera, porque la pregunta que muchos se hacen es:  si no estuviera buena ¿se le daría tanto bombo a la rusa?. Pues quizá no, pero lo que un servidor se preguntaba es si esta noche estaría a la altura, porque su paso por Sónar en 2012 (última vez que la pude ver en directo en formato dj set, y mejor omitir su bochornoso live) la sensación fue agridulce.

Las dudas se disiparon tras unos 50 minutos BRUTALES. Optó por un Techno tosco, oscuro y duro. Sin resquicios vocales. Sin tregua. Manos arriba, caras embrutecidas. Si hubiera seguido un orden progresivo esta mujer nos habría puesto hardcore en el cierre. Pero no. Kraviz segmentó su sesión por horas. En el único momento vocal tras bombos y toms punzantes, el set viró a terrenos ácidos y para los veteranos del lugar nos daba la impresión que nos quería meter en un túnel del tiempo en base a una mandanga ravera muy de los 90. Muy clásica.

Como clásica fue su forma de mezclar. A lo Sven Vath (con algún momento bailongo incluido), ya qué prácticamente dejaba que los temas murieran por si solos con transiciones no demasiado largas en la mayoría de los casos. Así que no se le vio ningún fallo técnico, disimulando muy bien sus correcciones cuando había que hacerlas. Y sí, pinchó y mezcló varios 12″ pero usó mucho más los CDJ optando por promos a cascoporro. Shazam era inservible salvó en momentos muy reconocibles como “Indian In Me” de Cobblestone Jazz y “Supertiel” de Reinhard Voigt que fueron recibidos con tanto delirio que alguno le llegó a lanzar un ramo de flores a cabina.

Tras una hora ácida y psicodélica, sus últimos 60 minutos fueron por derroteros más mentales y berlineses, sazonada con tracks como los antes mencionados, para finalizar con su “Desire“. Luces encendidas y ovación cerrada. Mientras Karretero volvió a cabina para cerrar la noche, Kraviz bajó al foso para fotografiarse con sus fans que no pararon de animar y gritar durante sus tres horas de actuación. Recogió sus cosas y como vino, se fue. Muchos de los allí presentes se quedaron como los personajes de la película de los Farrelly, y es que, guste o no, algo pasa con Nina.