Si hay algo que caracteriza a Aquasella es esa atmósfera de buenrollismo innato y que puede con el “yo ya estoy mayor para Arriondas”; ese ambiente donde hacer amigos es lo normal. Como cuando los chicos de al lado en el camping te ayuden a montar tu tienda sin pedírselo al ver que el nivel de sidra en sangre de tu expedición ya no es el adecuado para tal faena. Porque de tantas visitas a Asturias, hay algo que hemos aprendido y es que cuando uno pone el pie en la tierra lo primero que busca es el olor de la sidra rompiendo en el suelo.

Una vez “acomodados” (por decirlo de alguna manera) en la zona de acampada de pago –esa que comparte los mismos baños/duchas con la zona de acampada gratuita (que alguien me lo explique, por favor lo pido)-, nos adentramos en el Bosque Encantado, el escenario donde tenía lugar la pre-party del viernes. Con un line-up que terminaba con Dosem, Uner y Technasia a las 7.00 a.m, pero que daba un pelín de vértigo, por lo de juntar los tres días en uno. Eso sí, la afluencia de público de la carpa a las 21.00 horas despertaba muchas ganas de quedarse hasta el cierre. Mientras caía la tarde, Freeman amenizaba la llegada de cientos de personas al prau, con una sesión de tech-house en la que coqueteaba con ritmos más propios del electro.

Así, venciendo a las ganas de 4×4, algunos optamos por reservarnos para el día siguiente y tras una pequeña terapia de bares -del Submarino al Apeaderu, y que terminaba a unas tempranísimas 2.00 h.- nos retiramos. A nuestra hora de retorno al camping ya se notaba la entrada de lleno en jarana y alguna que otra mandíbula rígida contemplaba anonadada nuestra llegada en plan romería, arrastrando potente melopea. La noche estuvo movidita en la zona de acampada, que amanecía a ritmos de Dj Rush o Nina Kraviz sonando desde los altavoces de los coches. Pero a pesar del jolgorio nocturno-mañanero, las 11.30 era hora punta en las duchas (bastante escasas y que ya funcionaban sin agua caliente).

Y si el ambiente es uno de los puntos clave de Aquasella, el pirramiento por el Techno (el de sin concisiones) es el otro. Tú sales tranquilamente a tapear por Arriondas y acabas de sentada con unos gallegos, debatiendo si Mulero es mejor que Varela o Varela es mejor que Mulero. Y la conversación se enreda tanto que al final no sabes si tu postura era una o la contraria. Pero de repente son las 6.30 de la tarde y aunque la lluvia está pegando fuerte, te ves entrando por la puerta del festival, con el personal ya a pleno rendimiento.

En la zona Carlsberg, mientras Phase abandonaba el escenario, Psyk arrancaba su sesión en clave glitch para dar paso después a un techno robusto, un tanto industrial, y que después redujo en ritmo para elevar en su parte hipnótica. Nos hubiéramos quedado a verlo terminar, pero había una parada obligatoria que se llamaba Marco Carola, quien supo mantener al público en un estado de baile continuo, sin una contundencia demasiado explícita pero muy eficaz, y a pesar de unos fallos de sonido que provocaban silbidos entre el público (por si alguien no lo sabe, el público de Aquasella no es de postureo, es crudo; a diferencia de otros festivales te cruzarás con muy poca gente que no sepa quién está en el escenario en cada momento o que se olvide de la hora a la que pincha Mulero, por muy bizco que se vaya). Con temas como sus ya característicos “Dominatrix” de Ecco o “Awake” de Gianluca Catra, Paul Cart y Greg Bouvin, pudimos ver a un apolíneo Carola marcándose una sesión redonda para las horas en las que estábamos y para lo que llegaba después, artillería pesada.

Ya el arranque de Surgeon hacía que buena parte del público que pululaba por los alrededores de la carpa entrase con ganas. El cirujano del ruido hizo una actuación sublime, de aquellas en las que es difícil aplacar el bello erizado o contener la emoción que provoca el techno más perfecto. Surgeon nos seducía desde los primeros minutos con temas como “Fast Food” de Rumenige (S/O para Kevin NG por el chivatazo del track) y conseguía que toda una carpa se llevara las manos a la cabeza entre miradas cómplices cuando hacía sonar “La Real”, tema insignia de la zona y que desataba un momentazo de lo más emotivo.

En los minutos finales de la sesión de Surgeon, podía verse a un Óscar Mulero agachado en su lado del escenario, como si supiera que en el momento en que fuera reconocible a la grada, se desataría el estrépito. Era normal, volvía al ruedo después de varias semanas convaleciente y lo hacía en Asturias, la zona donde el madrileño reside hoy en día y el lugar donde se le ama sin descanso. Si no habéis visto a Mulero en Asturias, no habéis visto a Mulero. Su entrada en escena, después de un Surgeon pletoriquísimo, tenía como banda sonora a miles de personas coreando su nombre, dándole una ferviente bienvenida después de que la carpa se llenase por completo en cuestión de segundos. Gritamos fuerte; aplaudió; le aplaudimos; y empezó un espectáculo de techno old school donde pudimos ver a un Mulero exultante que parecía contagiarse del continuo jalear del público en un perfecto diálogo entre pista de baile y artista. Eso sí, el reverenciado ni se movía ni hacía el más simple aspaviento, aunque nos diera a entender sin gestos que le podían las ganas de volver. Con dificultades para salir de la carpa, minutos antes de que acabase y con una lluvia intensa cayendo fuera, conseguimos apoyar nuestro codo en la barra del escenario principal, con Richie Hawtin ya detrás de la mesa.

Teniendo en cuenta que la última vez que lo vimos fue en el Winter Festival (donde hizo algo bastante desastroso), y siendo servidora de ese sector que suele esquivar a Richie cada vez que se puede, he de decir que esta vez estuvo a la altura. El de Enter dejó a un lado ese apego por lo lineal y lo deep sin profundidad, y se marcó un set que nos hizo mantener la chispa durante dos horas a pesar de que la peor tromba de agua cayese durante su rato en el escenario. Quizá el hecho de que la mayor parte del personal no se amedrentara ante la lluvia y permaneciera inmune bailando en su sitio, subió los calores al inglés.

A eso de la 1.00 de la mañana, cuando Ben Sims llevaba un rato repartiendo zapatilla de la buena y la bonita, su carpa ya lucía cual segundo día de incesante rave. Varios palés de madera -que, intuimos, aparecerían con el objetivo de poder cruzar entre los charcos formados por la lluvia- funcionaban a modo de pódium en un lateral de la carpa.  Y el suelo convertido en un auténtico barrizal y Ben Sims impecable, dando en el clavo con lo que necesitábamos después de Hawtin: una dosis fuertecita de hard groove y techno sin florituras ni titubeos.

A Nic Fanciulli le vimos el tiempo justo como para que nos pareciese bastante monótono y plano. Lo mismo que la sesión de Carl Cox y algo menos el b2b entre ambos. Las dos horas de Carl Cox se hicieron largas, aunque puso algunas joyitas que en otra ocasión nos hubiéramos bailado con sonrisa en la cara como “Manipulated” de Ben Sims, o  su ya mítico “Now Let Me See You Work”. Aún así había algo que no acababa de enganchar y que hacía incluso que llegásemos a aborrecer su continuo “¡Ou yes, ou yes!” al micrófono.

Con Capriati y la luz del día, Aquasella se convirtió en una especie de País de las Maravillas en clave marronera. El barro había dejado a una parte del público (la más hard) con la ropa teñida de marrón y de repente salían a la luz decenas de personas disfrazadas que habían pasado desapercibidas durante la noche. Sandías humanas saltaban sobre charcos-lagunas mientras los siete enanitos se acercaban a la barra y unas chicas con un tridente del diablo fingían estar a la deriva sobre un palé de madera. Mientras tanto, Capriati se marcaba una sesión de tech-house con buena presencia de temas resultones para esas horas como “Plastic Dreams” de Jaydee o “Enjoy the Silence” de Depeche Mode. El italiano, sin abandonar su campo de acción (haciendo sonar temas como el remix de Len Faki Goes Black del “Black on Black” de Scuba), supo mantener la  intensidad en su discurso a lo largo de sus tres horas de sesión y a pesar de no entrar en terrenos de electrónica más visceral.

Cuando llegaban las horas del cierre y Cristian Varela y Pepo se disponían a entrar, la concurrencia aumentaba. Nosotros, que teníamos jornada de viaje, abandonábamos el recinto minutos después del arranque de Varela, aunque desde la tienda de campaña escuchásemos el sonido de uno y otro fusionándose, y algún que otro canto de los asistentes entonando el nombre de Pepo (18 ediciones cerrándolo, no es para menos).

Quizá por ese incansable amor al techno que se respira en Aquasella, ni la lluvia ni el lodo consiguieron frenar los bailes (en algunos casos incluso los aumentaron). Aplauso infinito para quienes llegaron a casa con barro hasta la frente, sin zapatillas, o con ellas en una bolsa de plástico y directamente para tirar a la basura. Como decía Capriati en su página de facebook “Rain, cold, fog… and nobody left. Mis respetos, Aquasella”.