Cuando Lola Flores se plantó en la Gran Manzana a conquistar al enigmático público del Nueva York de finales de los 70, la crítica no sabía a que atenerse. En la premiere de la función exclusiva para la prensa, un cronista del New York Times escribió una frase que pasó a la posteridad del arte: “No canta, no baila, no se la pierdan”.

Cuarenta años después, y tras un exitoso show en Barcelona, Bonobo se plantó en Mondo y consiguió el mismo efecto que La Faraona. Su actuación después de venderlo todo en La Riviera en un doblete sin igual en la historia del clubeo madrileño sembró un sentimiento en el público allí presente un tanto complejo. Sobre todo porque Gerardo Niva dejó al personal patas arriba. No fue un warm up como marcan los cánones. Fue una sesión que se iba a concatenar con otra sesión. Y es que maquinar un calentamiento adecuado para Bonobo es una empresa harto imposible. Entre que sus sets se cuentan con los dedos de una mano y nunca sabes por dónde va a salir, Niva se emprendió, primero a calentar perniles y luego a repartir las cartas de una partida en la que el público no acababa de ser el habitual de un jueves en Mondo.

Mucho fanboy y mucha fangirl (sobre todo) que estaban rendidas y rendidos a las artes del británico. Se nota la diferencia en el momento en que se calza un tema mainstream de radiofórmula y la mitad de la sala se derrumba en el drop. Esa fue otra de  las anomalías de la noche. La gente gozaba sobre manera en los cambios de ritmo que Simon brindaba de forma cíclica al soberano. Drops de poco o nada perfil clubero, más propio de un escenario secundario de festival.

 

Música para disfrutar en pareja

La sesión de Bonobo en Mondo tuvo dos partes evidentemente diferenciadas. Una primera melódica, atmosférica, romántica y casi espiritual en la que era complicado coger el ritmo del baile (insisto, después de la trama argumental de Gerardo Niva) y una segunda ya de esencia de club, cíclica, de esas que te dibuja una escena en la mente y que crea un recuerdo único en cada oyente. Sin duda, el mayor mérito de él en la cabina fue la transición de una a otra. Pasó sin que supieras que había pasado. Fue como de repente levantarse por la mañana y darte cuenta que habías estado soñando pero que la realidad es más potente que cualquier ficción.

La segunda parte, a la que se llegó sin saber cómo, ya era más lógica de un lugar como Mondo. Mirada al suelo, síncopa en los hombros y galopar en estático durante más de una hora.

De un dj set de Simon Green se sacan dos conclusiones y una anécdota. La primera es que si tienes pareja y os lo gozáis con la electrónica, los primeros minutos de ayer fueron una ocasión pintiparada para bailar agarraos. No creo que os veáis en otra como esta salvo que hagáis una de James Blake. Segundo que Bonobo es capaz de dejar contento a todo el mundo. Ya puedes ser fan del psytrance, de Fatima Hajji, de Kygo o del deep house más purista. Bonobo te tiene guardados tus 15 minutos de fama para ti.

Y la curiosidad es que te puede colar el mayor tufo musical de la temporada veraniega y que la gente responda como si hubiera aprobado el examen de acceso a Berghain. Pero no deja de ser fruto de que la mitad de la comunidad Erasmus madrileña, la de segundo ciclo, decidió iniciar el segundo cuatrimestre con un nombre de altura de los que rara vez desfilan por los madriles.