Con la confirmación de los ingleses Placebo, bien lejos ya de su mejor momento creativo y popular (o eso creía yo), como cabezas de cartel del festival Arenal Sound de Burriana, se demuestra una vez más el poco gusto por el riesgo de los festivales de verano españoles. ¿De verdad que los de Brian Molko pueden ser considerados un grupo por el que desplazarse a un festival a estas alturas de la película? Y quién dice Placebo, dice multitud de nombres de grupos y artistas tanto de la escena roquera como de la electrónica. Verano tras verano, nombres que se repiten hasta la saciedad y la suciedad, taponando la progresión popular de conjuntos jóvenes que más que probablemente deberían disfrutar de una atención mucho mayor de la que normalmente reciben.

Tampoco  es que desee que caigamos en la tan poco sana costumbre británica de encumbrar al primer tolay que hace un par de buenas canciones, claro, pero lo que está claro es que los grandes festivales españoles –salvo honrosas excepciones como el Sónar o el Primavera Sound– son muy amigos de repetir y repetir nombres en los carteles de sus ediciones año tras año. ¿Queda alguien que no haya visto a Dorian, Love of Lesbian, Jeff Mills o Luciano en un encuentro musicovocal veraniego al aire libre en la piel de toro? Ya sabemos que se han convertido en clásicos de su parcela, y que la gente quiere ver a los grupos y los nombres que más se repiten en los medios de comunicación, pero de ahí a que cada año nos topemos con ellos en los carteles de nuestros festivales, hay una diferencia. Así es muy complicado conformar una escena “alternativa”, “underground” o simplemente “diferente”. Quizá se deba a que la cultura musical de este país está en un estado ciertamente comatoso, o que los festivales, acobardados con la situación económica actual (algo bastante natural y comprensible), apuesten sobre seguro y nos vuelvan a enchufar unos cuantos nombres para atraer al público menos interesado en nuevas y emergentes propuestas musicales. Y lo de incluir a alguno de esos grupos en el cartel programándolos a horas intempestivas tampoco me vale, aunque algo es, sí.

¿Si bajamos el IVA cultural se revertirá esta aburrida y monótona tendencia? ¿Si empezamos a enseñar música con seriedad en las escuelas los niños del futuro tendrán una visión más amplia y rica de la música que les rodea? ¿El vergonzoso nivel de paro juvenil y los míseros sueldos que nos pagan tienen tanto que ver en ello? ¿Si los programadores de festivales no buscaran con tanto ahínco el patrocinio de marcas de cerveza en vez de la excelencia y el riesgo cambiaría el panorama? No tengo una respuesta clara, lo único que tengo claro es que estoy ya bastante cansado de ver y leer los mismos nombres en festivales veraniegos que se jactan de ser “la alternativa”. ¿Alternativa a qué? ¿A las fiestas de pueblo?