Desde el pasado viernes me pregunto cómo es posible que las [grandes] discográficas no hayan trabajado duro por hacer un big deal con toda esta crew de nuevos artistas en la que se ubica Dellafuente, que no hayan conseguido aliarse con ellos de algún modo sin contaminarlos y sin dejarles perder ni un ápice de su esencia. Mi explicación es que creyeron que era broma, que no podían ir tan para arriba como ellos mismos afirmaban que llegarían en sus letras. Pero a la gente joven hay que tomársela menos a broma, que luego pasan cosas como esta.

Pocas veces se ve una sala tan entregada mientras el encargado de abrir el concierto enseña su repertorio. Maka colecciona una buena tropa de seguidores que conocen sus letras al dedillo y que luchan en primeras filas porque el artista les dé la mano en algún momento del show. Tras conseguir levantar buena parte de los teléfonos móviles de la sala con temas como A veces lo pienso, Maka daba la bienvenida a su compañero Dellafuente, que era recibido con auténticos gritos de histeria en la sala (una sala que, por cierto, juraría que estaba en el 60-40 de hombres y mujeres, y no olvidemos que la mayoría de canciones de Dellafuente hablan de amor, lo cual es bastante significativo en cuanto a esas rupturas de estereotipos de género que están dibujándose en la actualidad).

Me vais a perdonar pero no pienso hablar de si había sonido pregrabado, en 2017 ya no. Dellafuente y Maka se marcaron un concierto de más de una hora de duración donde cayeron prácticamente todos los hits (Dile, Consentía, Los millones que no tengo, La vida es, Cuéntamelo…) y donde quienes nunca habíamos estado en un bolo suyo pudimos comprobar IRL que el tremendo fenómeno fan que ya se intuye que rodea a Dellafuente en internet, es real. Y además de ser real ha sido creado prácticamente por él mismo, lo cual pone de manifiesto que a estos artistas no les ha quedado otra que inventar las propias leyes que ahora empiezan a regir la industria y que -como decíamos antes- las discográficas no han sabido asimilar a tiempo. Obviamente sí hay y ha habido iniciativas/colectivos/medios más modestos o personas individuales detrás de toda esta escena que sí han sabido advertirla y apoyarla, sino no estaríamos hablando de nada de esto. Y también a anotar aquí la excepción de Sony con Pxxr Gvng.

En un especial sobre el futuro de la industria publicado por Young Vibez el pasado año, Topanga Kiddo decía muy acertadamente: “en cuanto se han eliminado las posibilidades de intermediación y, por ende, de poder sobre los artistas, las majors deberían ser puros mecenas económicos (…) o asume su papel de facilitador o que se quite del camino porque el papel de intermediario se va haciendo cada vez más y más pequeño”.

Dellafuente dejó para el final una colaboración que algunos esperábamos con ganas: su tema Marketing junto a Yung Beef, que se subió al escenario el mismo día en que anunciaba que estará en el SXSW (algo de lo que se ha hablado muy poco o nada para todo lo que se tendría que hablar, otra prueba más de que la industria no puede -o no quiere o no está preparada- para seguirles el ritmo; especialmente a Yung Beef). El track en concreto no puede dejar más claro lo que ambos han hecho durante estos años por su propia cuenta: crear sus propias formas de marketing musical. Algo que, de nuevo, les vuelve a conectar con ese carácter punki y que les une con otra de las muchas escenas por las que están influidos: la rumba. Hace algunos días precisamente Abraham Rivera publicaba en El País un artículo titulado Cuando la rumba madrileña se adelantó al punk. Y eso es básicamente lo que puso en evidencia el concierto de Dellafuente el viernes pasado, que tanto él como sus coetáneos van por delante y están consiguiendo transmitir a los más jóvenes una de las máximas más valiosas de su discurso: que ya no hace falta ni un gran sello ni siquiera dinero para lograr sold outs, colas interminables y salas llenas de un ferviente y entregadísimo público que luce banderas de Dellafuente FC como si en realidad se tratase de auténticos hinchas con los que han sabido conectar de una manera admirable. Lo que sí hacen falta son ideas arriesgadas y rupturas tal y como están demostrando algunos (tanto en la música como en la industria en general).

Un último punto a señalar del concierto es que se agradece muchísimo esa manera de plantear los directos como auténticas fiestas donde ya no se mira al frente sin rozar al de al lado, ni se espera que haya un silencio sepulcral. Aquí se canta, se baila, se emociona, se piropea, se perrea, se taconea y se ronea.