Redondo como un conguito y tan sobredimensionado como un brontosaurio, Carl Cox ha cultivado con los años, a base de lechón, codillo y bollería industrial, una de las siluetas más reconocibles del techno. Es verle a lo lejos -porque es imposible no verle- y ya identificas todas sus características: la dentadura blanca y alineada, perfecta en su arquitectura ortodóntica, brillante como un collar de perlas, y la cabeza pequeña en comparación con el tórax y los muslos, de los que se podría curar un jamón más sabroso que el de jabugo. Hay en su espalda una pequeña curvatura, una joroba incipiente propia de quien ha cargado el peso de muchos discos, pero la verdadera irregularidad que importa en la anatomía del amo de Intec es la de los pliegues de su cuello, que, como dijo alguien, son como una cascada de carne lacia, un acordeón de piel y grasa. Es un cogote cubista, una sinusoide con cervicales. En definitiva, quien no sepa quien es Carl Cox no sabe varias cosas importantes: que la arruga es bella, que el techno es inmortal y que hay dedos del grosor de una chistorra que, sin embargo, tienen el tacto de los dioses.

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La primera impresión es la de que Cox responde al tópico del gordo feliz. Siempre está riendo, siempre tiene la boca abierta, mostrando mucha lengua y hasta la epiglotis, y si tuviéramos pleno acceso a la información que más importa -el total acumulado en sus cuentas bancarias, básicamente-, entenderíamos por qué. Antes de que los DJs fueran súper-DJs, Carl Cox ya estaba por delante de todos, manejando una fortuna, viviendo a cuerpo de rey. Era, y sigue siendo, una implacable máquina de facturar, un viajero incansable en jet privado, un férreo negociador de cachés astronómicos y un asiduo de las suites más lujosas de los hoteles de Ibiza, Miami y Nueva York. Le vemos tan bonachón, siempre en bermudas y camisa hawaiana, que al principio da la impresión de que es un quinqui de Milton Keynes al que le ha tocado el Euromillón, pero detrás de esa fachada hortera hay un tiburón, un depredador de clubs, un hombre que es pleno en su felicidad porque, cuadrando bombos, ha ido acumulando una fortuna que ni Julio Iglesias.

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Hay un momento especialmente legendario en la trayectoria profesional de Cox: en la madrugada del 31 de diciembre de 1999, llegó a tomar varios vuelos para pinchar en las fiestas de fin de año de varios importantes clubes de Australia y Hawái. Quería ser el primer DJ que diera la bienvenido al nuevo siglo -que decimos nuevo siglo; ¡nuevo milenio, dónde va a ir a parar!-, y lo hizo además alternando varios países, intentando adelantar a la mismísima flecha del tiempo para ponerse a girar un disco justo después de que sonaran, en repeticiones cíclicas, las campanadas de fin de año. Por supuesto, cada bolo era una pasta, un cheque más que venía a engrosar unas finanzas tan mastodónticas como sus pantorrillas. Fue tan loco ese momento que se tendía a olvidar que Cox fue a finales de los 80 un esforzado DJ de house en aquel Londres que descubría el house, que pinchó en las raves clandestinas más hediondas, que tuvo que luchar para alcanzar un nivel y un prestigio en una escena tan nueva que no se distinguía aún a los buenos de los malos, y a los estafadores de los genios.

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Cox tenía el mismo don que Laurent Garnier: era un mago de las mezclas. Le faltaba el criterio y la voracidad, el saber seleccionar música con un poco más de calado y con coartada histórica. Eso significa que, aunque clavara los beats con absoluta perfección, muchas veces lo que había en su maleta era basurilla comercial, con más relleno del que sería recomendable. No es que hubiera material infecto, sino más bien material anodino: relleno de usar y tirar, muchos vinilos de transición, bases rítmicas sin desarrollo, promos de cuarta. También bombo trotón, hits para todos los públicos, buen rollo donde otros manejaban minimalismo o seriedad. A Cox la intelectualidad le importa un pepino, para él todo tiene que ver con los brazos alzados y las mandíbulas mirando a Cuenca; si la gente se lo pasa bien, chilla y sonríe, él sabe que lo ha hecho bien. Pero si tuviéramos la oportunidad de estirar un poco el cuello y ver esas manos en acción, no daríamos crédito ante el movimiento serpenteante de sus falanges gordinflonas, todavía libres de los rigores de la artrosis. Mientras algunos DJs todavía aprendían a sincronizar dos discos mientras se hacían la picha un lío con la mesa de mezclas, Cox ya había dominado la técnica de pinchar a tres platos. No iba de filósofo como Jeff Mills, pero no se le escapaba ni un solo beat.

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Lo de los tres platos, para qué negarlo, dio pie a muchas bromas y chascarrillos. No vamos a explicar ahora la polisemia de la palabra, que tanto designa un vasija para servir comida como una mesa giratoria para los vinilos, así que quisimos representar en ese milagro del azar semántico también el hambre infinita de un Cox que zampaba a manos llenas, masticando a dos carrillos, con la misma ansia con la que un gato se abalanzaría sobre una raspa de pescado después de dos días sin probar bocado. Si algún artista tenía que pasar de los dos platos al tercero, como un malabarista del techno trotón, ese era nuestro hombre, que tanto en los restaurantes como en los festivales se apuntaba siempre al buffet libre. Si a eso le sumamos el azúcar de los refrescos, los litros de alcohol y el que siempre invita el promotor, tenemos las condiciones fundamentales para una obesidad mórbida. Cuando no es caviar, es faisán, y cuando no es churrasco, es entrecot. Para Cox, la vida siempre fue a lo grande.

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Lo que ocurre es que las bromas, las mofas por su peso, se nos atragantan cuando comprobamos que el hombre sigue en lo más alto 30 años después de haber empezado en este negocio. Hasta hace poco, su ritmo de trabajo era incansable: más de 150 sesiones al año, de punta a punta del globo, con especial atención a sus fechas en Australia -es ahí donde tiene ahora a su familia-, en Inglaterra -porque, al fin y al cabo, es su público natural- y en Ibiza, que es donde mejor se lo ha pasado en la vida. La caja registradora va haciendo su trabajo, y no hay año en que no aparezca en las calificaciones de los mejores DJs internacionales del año, los mejor pagados y los más valorados por la masa. Por mucho que surjan nuevos actores poderosos en el circuito principal de la música de baile -Avicii, Skrillex, su puta madre, etcétera-, a Cox no le mueve ni la grúa, no le sacan ni las fuerzas especiales, porque es entre la gente -como los de Podemos- donde mejor se mueve.

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Para ilustrar el hecho de que todo el mundo conoce a Carl Cox, recordemos una anécdota surrealista de hace ya unos cuantos años. En una cena en Barcelona en la que Juan Arnau, el propietario de Florida135, hizo de anfitrión para un montón de periodistas, profesionales del clubbing y DJs, y en la que estaba Cox con la servilleta ya puesta en el cuello y un cubierto en cada mano -era la presentación en España de su sello recién inaugurado, Intec-, hubo un comensal que tardó en llegar: hablamos de Nando Dixkontrol. Era ya la hora de los huevos de codorniz y el rey de la mákina, sudando como un pollo y vestido de verde militar, entró de manera apresurada y se disculpó ante los presentes explicando una historia delirante según la cual había llegado tarde porque un taxista, más enzarpado que Tony Montana, en vez de llevarle a donde tocaba -el Speakeasy del Dry Martini- se dirigió al extrarradio de Barcelona a pillar droga, para luego deshacer el camino a toda hostia porque Dixkontrol insistía en que tenía que llegar cuanto antes a la cena de Intec. “Hostia, Intec, ese es el sello de Carl Cox, ¿no?”, dijo el taxista. Y entonces apretó el acelerador, se saltó una mediana, y le trajo a la cena toda leche. Real o apócrifa, esta historia confirma que incluso los taxistas más quillos saben quién es nuestro hombre.

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A sus 54 años, Cox no tiene ninguna intención de jubilarse. Vive una vida idílica rodeado de coches, piscinas, millones, tiras de tocino asado, vinilos -se mantiene fiel en la medida de lo posible a los viejos soportes analógicos, no le gusta pinchar ficheros de audio- y suites de hotel en Ibiza, Las Vegas y Melbourne, y aunque nunca ha conseguido destacar por sus remixes -más malos que un dolor-, o sus álbumes -tiene varios, pero ninguno pasará a la historia-, sí lo ha hecho con aportaciones en las que pocos han sabido igualarle: como embajador del techno universal, como pionero del DJ mix distribuido masivamente -tanto en CD como en radio-, y como la sonrisa imborrable de un género que vino aquí a divertir a toda costa. Porque el hombre más feliz del mundo no es el guarro ese que sale bailando en el anuncio de Media Market, qué va. El hombre más feliz del mundo es este DJ voluminoso, con pliegues y curvaturas, con una nuca del tamaño de California, al que conocemos como Papá Cogote. Esa risa como un buzón de correos no engaña: Cox se lo sigue pasando de puta madre, y le tenemos una envidia tocina.