Antes de proceder a leer la columna con voracidad os rogamos por vuestro bien que os descarguéis esta sesión que el autor del artículo, Javier Blánquez, grabó alrededor de 1999 en Nitsa con el consentimiento del club. Sirvió para un programa que tenía en Catalunya Ràdio junto a Josep Martín (la presentación es suya). Es una grabación de cassette a MP3, así que disculpad si la calidad no es pura. Sí lo es lo suficiente para admirar las virtudes de Dave Clarke.

Como si fuera un gitano o un rapero -tiene algo de ambos-, lo primero que hacía Dave Clarke al presentarse ante el público era enseñar las joyas. Era entrar en la cabina, como si fuera un tornado con cara de pocos amigos, el gesto siempre torcido y la barba a medio crecer, y lo que más relucía no era el borde filoso de los vinilos, que en sus manos más parecían navajas o sables que cachos de plástico, sino el fulgor dorado de su anillo, el reloj de titanio y la cadena con estampita de la virgen que siempre llevaba al cuello. Luego ya comenzaba el espectáculo, el raca-raca, el truchote y la cera, pero habiendo marcado territorio como un perro que va depositando su meada por las esquinas. Dave Clarke, el DJ que nunca toma prisioneros, quería dejar claro que manejaba el código de la calle, un fajo abultado de billetes y la voluntad de sus esclavos, que habían pagado un billete por entrar a verle. Una pose que parecía un telegrama: “Soy el puto amo. Stop. Te voy a joder los riñones. Stop. Saldrás de aquí sangrando por las orejas y por el culo. Stop. Dave. Stop.”


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Pocos artistas ha habido más salvajes en el circuito internacional del techno que Dave Clarke. Los ha habido duros, incluso los ha habido pedregosos, cubiertos de herrumbre y más guarros que mezclar el ketchup con el yogur, pero ninguno tan doloroso como Dave, que es a las cabinas lo que James Ellroy a la novela, un tipo que te deja molido, hecho cisco, que utiliza cada uno de sus gestos y discos para golpear durísimo al cuerpo, como Rocky amasando con paciencia el hígado de Ivan Drago. Quizá sí haya por ahí un artista con el mismo poder destructivo, capaz de generar una respuesta física extrema cada vez que pincha, y ese sería Surgeon, el rey del dolor de estómago, las cagarrinas y la úlcera, pero hay una distinción fundamental: mientras Surgeon se ha ido domesticando con el tiempo, pinchando un material más abstracto y alisado en su visceralidad, Clarke sigue siendo un maldito cerdo. A él no le vengas con sutilezas, ni con experimentos, ni con mierdas hipsters: lo suyo es ir a morder el tobillo, y ahí se agarra, como un perro sarnoso, royendo la canilla del clubber como si fuera una termita en la biblioteca de Sánchez Dragó, feliz con el festín que se está dando.

 

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Repasemos la historia y vayamos atrás. Hubo un tiempo en que Dave Clarke todavía no era DJ, pero ya era un hijo de la gran puta odiado por todo el mundo. Clarke escribía críticas de discos en DMC Update, una revista hace mucho tiempo desaparecida, y tenía fama de ácido, malvado, intransigente, una trituradora de reputaciones, egos y autoestimas frágiles que empezó a decirle a muchos productores y artistas aspirantes al Olimpo rave lo que el esclavo le decía al César después de cada victoria: “recuerda que eres mortal”. Clarke no es que recordara la mortalidad de la música de baile -si por algo se caracteriza es por ser efímera, como un fuego artificial, bellísima e intensa en su momento, pero al rato olvidada, fugaz-, sino que además de breve podía ser también una basura prescindible. Mientras tanto, se había educado en el hip hop y en el house, había amasado una técnica propia de un cirujano cerebral y cortaba los vinilos con energía y precisión, incorporando a su lenguaje técnicas como el scratch, los efectos generados con la mesa de mezclas y lo más cerdo del material techno inglés del momento.

 

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Luego llegó su serie de maxis Red -tres vinilos como tres soletes, tres lonchas de energía que más tarde fueron reunidos en el álbum Archive 1 (1995), que sigue apestando a obra maestra incluso hoy-, y el respeto que Clarke se había ganado como escritor en fanzines lo trasladó al circuito en vivo, lo que automáticamente significó su ingreso en la elite mundial del techno, y desde entonces ahí está, que no le mueve ni la grúa municipal. Pese a todo, porque encima Clarke no se caracteriza por haber hecho muchos amigos: la fama que le precede es la de un maleducado a niveles extremos, borde como pocos, pesetero y vividor, un tío chungo al que sólo le importaba una cosa, a saber; que no te metieras en sus asuntos y le dejaras en paz de una puñetera vez. Borderío que luego compensaba sacando su cajón de discos, eligiendo el primero, girándolo con el canal abierto para manchar el sonido del track anterior con un torbellino de ruido rayado, y luego entrando a saco con una dentellada de ghetto house de Chicago, con las cajas chasqueando como navajas mariposa en la oreja de un clubber atormentado que, una vez pasado el primer susto, se ofrecía con gusto al sacrificio. En los garitos en los que ha pinchado Clarke hemos visto rastros de sangre, gente de rodillas pidiendo clemencia, peña loca pidiendo más castigo. El tipo era una fiera.

Por eso le llaman el lobo, porque además de sangre, Dave Clarke es sinónimo de pelo. Le crece por todas partes: su barba de un día es legendaria, nunca se le ha visto perfectamente afeitado, aunque tampoco se le ha visto con los pelos largos como si fuera un guitarrista de folk adicto a los hongos, y cada vez que se quitaba la chaqueta de cuero, además de lo ya antes explicado -anillo, reloj, muñequera en la otra mano-, lo más que se veía era una especie de piel de visón, o de marta, e incluso de nutria, que le cubría brazos y pecho. Eso era lo que daba más miedo: esa pose de hombre arisco y primitivo, una especie de neanderthal con mesa Vestax, un cazador-recolector de cosas de Neil Landstrumm, Todd Terry, Green Velvet, DJ Funk, bandas punk, electro de Miami, 2 Live Crew, Hashim, Cristian Vogel y Mescalinum United para satisfacer todo tipo de instintos carniceros. Dave Clarke era la conexión ideal entre nuestras habilidades de seres humanos evolucionados, que ya manejábamos tecnología, y nuestro cerebro reptiliano, siempre deseoso de reacciones primarias, tipo matar a golpes, comer con los dedos, cagar detrás de los arbustos, levantar los brazos como un orangután, sacar la lengua para chupar el vidrio, etcétera.

 

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Dave Clarke nunca ha sido un apóstol de la tecnología, de hecho. Fue muy criticada su transición del vinilo al CD -un debate que rápidamente se vio que no tenía sentido, porque lo único que cambiaba era la comodidad del artista, que dejaba de transportar kilos y kilos de discos en dos maletas para tener que acarrear sólo con varios portadores de discos compactos, siendo la técnica, el material y el espectáculo idénticos a cuando lo hacía todo hundiendo sus sucias yemas en el plástico negro-, pero no ha sido un DJ aficionado al Serato, ni al Traktor, ni a bajarse mp3 por los sitios. Tampoco ha buscado el colosalismo de las luces ni el circo digital, como Richie Hawtin, al que le une una profunda enemistad. Quizá, de hecho, no haya dos personas en el circuito principal del techno que se lleven tan como el culo como ellos dos, porque si los comparamos -uno con su flequillo, su afeminamiento y su proselitismo Wired; el otro con su gesto grave, su pelambre, su inclinación cavernícola- son como Batman y el Joker, como el Barça y Pedrerol, arquetipos irreconciliables.

A lo que sí ha sido aficionado Clarke es a los placeres mundanos: a pesar de que es un DJ straight edge que abomina de las drogas y nunca ha mostrado interés en los vicios que se le ponen a uno a tiro en el backstage, sí le flipan la velocidad y los puros, fuma como un carretero pero fuma siempre tabaco de liar señorial, habanos de medio metro que paladea con paciencia, y a la vez es conocida su afición por conducir coches rápidos a toda leche. Se compró un Ferrari en sus mejores días para irse a exprimirlo por la autopista y en circuitos privados, aunque se cuenta que es una afición que dejó aparcada durante largo tiempo porque tuvo un susto que casi le mata a él y a su mujer, y por tanto concentró finalmente su necesidad de descargar adrenalina en su otra consola de mandos preferida, la de la mesa de mezclas, a la que le tiene tomada la medida y la maltrata como si fuera un prisionero de Guantánamo en una película de Kathryn Bigelow: seccionando faders con delicados cortes transversales, girando ruedas como si estuviera retorciendo articulaciones, insertando trucha a toda velocidad y resolviendo la mezcla de manera impecable en el último momento, salvando la sesión del desastre, como si pulsara el gatillo en el juego de la ruleta rusa.

 

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Al final, la idea de Dave Clarke que prevalecerá entre las próximas generaciones -las vivas y las que todavía están a tiempo de descubrirle, porque sólo tiene 48 años (empezó a pinchar jovencísimo), y no tiene pinta de retirarse porque vive como un jeque haciendo el cafre, que es una muy buena manera de ganar dinero- es la del hombre en el que siempre puedes confiar. Nunca será tu amigo, es más fácil verle presentando un programa con María Teresa Campos que distendido en público, es más probable que te diga “vete a la mierda, gilipollas” que “buenas noches”, es incluso factible que pienses que es mudo y ciego, puesto que ni te mira ni te habla, y por eso cuando se le ha visto sonriendo, hablando con la gente o incluso aceptando interpelaciones del personal -el típico “¿quieres un trago?”, o “ponme una de Vengaboys”, o incluso “Dave, soy tu fans, fírmame las tetas”-, hemos asistido a un momento excepcional en el que el lobo se ha vuelto humano, ha abandonado por un momento su fiereza transitoria -en las noches de Clarke, siempre hay luna llena, excepto en raras ocasiones en las que le decrece el pelo- y, en vez de una figura terrible del infierno, hemos visto a Dios. El Dios del techno zapatillero. Parafraseando a Mourinho, “hoy, mañana y siempre con Clarke en el corazón”.