“Joder, qué buena es esta serie.” Te garantizo que estas serán tus primeras palabras después de ver el apabullante (y esperadísimo) primer episodio de la temporada 3 de Fargo; un arranque que ha vuelto a lonchear cerebros seriéfilos como si fueran barras de chopped; una exhibición sin fisuras cuyo fondo y forma se cortejan en una danza perfectamente coreografiada. Artesanía televisiva al más alto nivel.

Que la segunda temporada de Fargo fuera mejor que la primera me pareció una proeza colosal. Había poco margen para mejorar un producto tan exquisito, pero Noah Hawley, su creador, consiguió trinchar el tópico de “segundas temporadas nunca fueron buenas”: si no fue la mejor serie de 2015, poco le faltó. Después de tan gozosa exhibición, Hawley se reivindicó como uno de los showrunners más relevantes de la televisión actual, un creador armado con nuevos conceptos, un pulso narrativo distinto, una capacidad asombrosa para dibujar personajes y una clara ambición de elevar el formato a un nuevo listón de excelencia.

De ahí la pregunta: ¿se puede estar a la altura de tanta genialidad y facturar una tercera temporada que ensombrezca la abrumadora perfección de su predecesora?  Tenía tantas ganas de ver el retorno de Fargo como falsos augurios de decepción -el fatalismo del seriéfilo y esas cosas-, pero Hawley ha conseguido pisar un poco más a fondo, aguantar el motor al máximo de sus revoluciones y orquestar un inicio en forma de maravillosa y decadente sinfonía. Fargo sigue siendo Fargo. Todo en orden.

Y la sensación es que Hawley entiende cada vez mejor las claves del largometraje de los hermanos Coen en el que se basa la serie. De hecho, ya es su propietario moral: parece imposible que haya conseguido sacarle tanto jugo a este universo gélido y cerrado. En la nueva temporada, ambientada en 2010, vuelve a recurrir a los espacios rurales nevados, a una fotografía maravillosa y a las acrobacias visuales marca de la casa: todo el capítulo es un festín de encuadres imposibles, trucos de cámara irreales y movimientos casi fantasmagóricos de la lente.

Quizás, la grandeza de Fargo es que sabe acercarse al gran público sin renunciar a su veneno de autor. De ahí que pueda funcionar como una sólida trama de suspense para los menos aventureros, y como un embriagante opiáceo catódico para los televidentes más psiconautas. Es fácil intoxicarse con su onirismo noir, la perplejidad casi infantil de algunos de sus personajes, el fulgor hipnótico de los páramos escarchados, el retrato casi surrealista de la América profunda. El modus operandi de Noah Hawley recuerda enormemente al de David Lynch en Twin Peaks. Y es un elogio.

En este océano de estilización fílmica comienza una nueva trama desligada de las anteriores temporadas, un nuevo Fargo que en esencia contiene los mismos anzuelos y arquetipos que sus predecesores. Doble mérito, pues; la serie no ha cambiado pero sigue siendo fresca. Y aquí es donde irrumpe la destreza de Hawley en la forja de personajes. Seres decadentes, perdedores de manual, inadaptados sin futuro, paletos, histriones… Una vez más, los bichos de Fargo se introducen en tu piel desde el primer minuto. No cabe otra vía que la fascinación cuando tienes a un Ewan McGregor irreconocible interpretando a dos de los personajes principales de la trama de forma tan magistral. El británico apesta a Emmy.

Por su parte, Hawley construye el primer episodio como un caleidoscopio seborreico que en cada movimiento descubre las diferentes facetas de una trama poliédrica y atiborrada de misterios, malentendidos, giros grotescos… Lo hace con un humor negro rayano en el surrealismo, ayudándose de unos personajes entrañablemente patéticos (y con un concepto muy laxo del bien y del mal) y sembrando el capítulo de enigmas que descifraremos durante el viaje: la introducción ambientada en el Berlín Oriental de 1988, los extraños cómics pulp y las tallas de madera de Ennis Stussy, las pantuflas…

Definitivamente Fargo es una serie que no se puede cotejar con ningún precedente o émulo. Una obra de arte silueteada con mimo de orfebre que engancha y asombra. Una experiencia distinta. Los 7 días de espera entre capítulo y capítulo se nos harán eternos, de acuerdo, pero aquí hay premio seguro. Subamos al destartalado Corvette de Ray Stussy y estrellémonos juntos. Winter is here, vaya que sí.  

‘Fargo’ se emite en Movistar Series