Es indiscutible que a Florence and the Machine no sólo no se le hacen grandes los pabellones, sino que hasta le sientan bien, perfectamente. No es ese tipo de bandas con las que lamentas su crecimiento tan desatado y recuerdas con morriña cuando la podías ver en una sala de mediano aforo (para eso tendríamos que retroceder hasta el 13 de marzo de 2010, fecha en la que ofreció su última actuación en sala barcelonesa, pocos meses después llegaría el Primavera Sound y a partir de ahí el cielo). Pero en realidad es que ella puede con todo lo se le eche encima. Se criticó bastante que fuese cabeza de cartel de Glastonbury en sustitución de Foo Fighters y ahora todo el mundo calla y pide disculpas con la cabeza gacha. Si hasta en julio llenará el Hyde Park en un evento que encabeza con artistas invitados de la talla de Kendrick Lamar, Jamie xx, Blood Orange o Todd Terje and The Olsens.

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Todo esto son datos, los hechos también están ahí. Nos topamos con ellos hace casi un año ya cuando entregó su tercer álbum, How Big, How Blue, How Beautiful, un trabajo que crece con el tiempo, en el que exhibe su imponente pop-rock de inclinaciones ligeramente arty (aunque no tan al nivel de coetáneas como Bat For Lashes o sus grandes referentes, Kate Bush o Björk). Aunque en realidad si hay una diva con la que mejor se la puede comparar es con Stevie Nicks de Fleetwood Mac. Ya no porque gastan un mismo look (ese vestido con transparencias y un águila bordada en el pecho parecía sacado de su armario) también por una actitud parecida en el escenario. Florence a menuda baila como poseída, haciéndonos recordar esa leyenda urbana de que Nicks es o fue bruja. Tiene ese rollo místico y también bastante hippie, con temáticas como el amor y la expulsión de demonios interiores como ejes de su discurso tanto musical como en los frecuentes parlamentos hacia el público. Es una frontwoman, además, llena de carisma, rebosante de actitud y con una cercanía que no parece impostada. Se abraza a sus fans al entrar, sube al escenario descalza, recuerda sus inicios y se enorgullece que haya llegado hasta ahí… Y luego está su voz, qué voz. A sabiendas de que su instrumento es su mejor arma sabe emplearla para que se perciban todos sus matices, con momentos expresamente diseñados para su lucimiento, aunque el registro cambie radicalmente de un tema a otro, sin importar tampoco que, evidentemente, con el paso de los minutos vaya perdiendo fuelle.

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Y como decíamos al principio, nosotros también nos alegramos de que haya llegado tan lejos, que una propuesta como la suya vendan miles de entradas y encabecen de festivales en lugar de otras. El amor que daba al público, tanto con la palabra como con su música, fue devuelto. Ya en la segunda canción, Ship To Wreck, se comprobó que tenía a todo el Palau Sant Jordi en el bolsillo. Ya aquí advertimos que el material de su último álbum empieza a apestar a clásico, tanto que no sólo deja en ridículo a casi cualquier cosa de su antecesor, sino que en el debut sólo hay una o dos piezas que puedan hacerle sombra. Realmente no hubo ningún momento de bajón, todo estaba perfectamente estudiado para que en los 100 minutos de concierto no mirases al móvil salvo para ver qué tal te había quedado la foto que habías tomado. Ni siquiera en un tramo central más taciturno, formado por piezas bien distintas. Primero una Sweet Nothing, tema de Calvin Harris en el que prestó su voz, que lejos de ser esa garrulada irresistible la transformó en algo mucho más coherente con su repertorio, algo enorme y precioso, con coros y teclas celestiales. Luego llegó la canción titular de su reciente LP, una fanfarria épica soberbia, con un arpa que sonaba a gloria y un ampuloso despliegue de vientos. Ya en los últimos compases, Florence empezó a moverse desatada y su sombra gigante se reflejaba en la lona del fondo de la pista en una estampa hechizante. La interpretación acústica de Cosmic Love puso el broche a unos minutos verdaderamente balsámicos.

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A partir de ahí se sucedieron tres cortes de su último disco que, a priori, la gente podría considerar como menores. Esa clase de temas que parece que están ahí para justificar la gira. Pero nada más lejos de la realidad, Long & Lost, también en la línea reposada del anterior tríptico, es otro de sus habituales ejercicios en los que se mira en el espejo de la música negra; Mother fue uno de los mejores momentos rock de la noche, con una guitarra portentosa que hizo que se le perdonase que dejase Kiss With A Fist, su canción con más punch, efectivamente; y Queen Of Peace, hermosa e intensa, dos de los mejores adjetivos para describir la música de Florence Welch. Entonces encaró el tramo final sin ninguna pega en la elección del repertorio, pero quizá sí en el orden. Porque aunque What Kind Of Man es el single más rotundo y certero que ha hecho hasta la fecha y Drumming Song tiene una enorme pegada, no funcionan tan bien como cierre como lo hubiese hecho esa comunal Dog Days Are Over. Ahí la gente, especialmente en las primeras filas, empezó a quitarse prendas de ropa y las ondeó al viento. No fue el único ritual de la noche que parecía estudiado. En el descanso antes de los bises miles de linternas de móviles se encendieron en una imagen bastante impactante o a medio concierto una chica le pidió matrimonio no a Florence… ¡a una corista de la que sabía su nombre! En definitiva, todo muestras de que la inglesa ya juega en las grandes ligas y que ahora mismo es una de las grandes estrellas que tiene el pop.

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Foto de ambiente por Elia Figuera