Quizá el ‘no hay entradas’ pudo intuirse el jueves en el Teatro Jovellanos (con el aforo completo más de veinte minutos antes de que comenzase el espectáculo audiovisual Trinity) o algunas horas más tarde en el Casiminifest (que ponía el Café Dam de Gijón lleno hasta la bandera). El Laboratorio de Electrónica Visual se hace más fuerte que nunca el año en que la iglesia se convirtió en terreno perfecto para rendirse al techno de tonos oscuros y a los sonidos de inspiración industrial.

Pero antes de que los ventanales de la iglesia de la Laboral brillasen en rojos y azules propios de película de terror, el teatro nos dejaba un arranque dulzón, romántico. Con la voz del pianista  Douglas Dare cargando de melancolía una puesta en escena donde se sirvió del acompañamiento del percusionista Fabian Prynn, quien también participó en su disco Whelm (Erased Tapes, 2014). Después de deleitarnos con su repertorio de rimas de belleza canónica, Dare despegó sus dedos del piano de manera delicada, dejando la última nota suspendida en el aire y a nosotros asimilando la intensidad de su directo.

Y mientras el patio de la Laboral comenzaba a sonar a reencuentros y a chiribitas en los ojos, llegaba Herman Kolgen con su espectáculo Seismik, inspirado en las catástrofes naturales. En pantalla: rocas y movimientos sísmicos que cada vez parecían más reales. Un avión atado con cuerdas blancas a una montaña tapada por la nieve. La tragedia de los fenómenos naturales acompañada de experimentación electrónica de bandera glitch. Noise hecho para sobrecoger en momentos clave.

El ruidismo de carácter más duro llegaba de la mano de Esplendor Geométrico. Estructuras de cemento, repetitivas y afiladas que hacían de la iglesia el escenario perfecto para el alegato krautrockiano. Los gritos de Arturo Lanz mezclados con los ritmos de Severio Evangelista tintaban las cruces de los confesionarios de un carácter satánico portentoso. Y al abandonar el edificio, todo eran simulaciones y expresiones al más puro estilo ‘do it yourself’ de los asistentes, intentando imitar las poses y los gritos de Arturo. Nos dejaron aturdidos, excitados. Llevan consiguiendo ese efecto en el público desde hace décadas y lo siguen haciendo. He ahí la magia.

El respiro previo a los sonidos industriales de Fasenuova y Vatican Shadow en la iglesia, lo ponía Robert Henke y su espectáculo “Lumiére”. Un directo de ingeniería visual de proyecciones láser donde el artista no aparece en el escenario y la pantalla luce en tonos rosas y morados mezclándose como formas geométricas que terminan en espirales a modo de estallido de fuegos artificiales enredados entre sí. Y nuestros ojos se iban abriendo cada vez más, también por lo que estaba por venir justo después: Fasenuova. A los asturianos hay que verlos de cerca, notarlos en cuerpo y mente. La voz desgarradora de Ernesto Avelino nos hacía pensar en rituales y brujería a golpe de síntes ácidos. Roberto Lobo, estático, a los mandos de una amplia mesa de sonido analógico, le miraba tranquilo, acostumbrado. Mientras tanto, su compañero cantaba y se movía por el escenario como hechizado por alguna fuerza sobrenatural (como su música en sí) que nos llevaba al éxtasis incivilizado con temas como “Agua Helada” casi cerrando la actuación. La energía inhumana de los de Mieres debió quedarse en el ambiente o así se podría explicar la entrega al baile colérico y sin miramientos de Vatican Shadow, que pasó buena parte de su directo moviéndose por el escenario, hipnotizado por su propia música. Como si el demonio al que habían invocado Esplendor Geométrico y Fasenuova se hubiese metido en su cuerpo. Los ritmos oscuros y vastos de Dominick Fernow bien podían recordar a aquella frase del Smells Like Teen Spirit de Nirvanaload up on gungs, bring your friends”. Reminiscencias militares para cerrar la primera jornada del festival.

El sábado, el jardín botánico de Gijón lucía espléndido para acoger el pop minimalista de corte oscuro de Huias, que además de tocar algunos de sus temas ya conocidos como “Camino… Bosque” o “Entre los juncos” presentaban lo que será muy pronto su debut (del que ya pudimos escuchar el tema “Dealer” hace algunas semanas). El dúo (apoyado por un bajista), trazaba melodías preciosas a medio camino entre la pista de baile y el ambiente íntimo de una habitación minúscula de persianas bajadas.

El productor inglés Ross Tones (Throwing Snow) le daba al botánico lo que quería. Baile como efecto de golpes dub, IDM y house. Acelerones y frenadas con cadencias que brillaban mucho, desde muy lejos. Incluso desde la parte más alejada del escenario, la que deja ver el lago y nos lleva a un estado mental de armonía máxima, muy contraria a esa vibración del suelo de madera de las primeras filas una vez que Luke Abott (encargado de cerrar la etapa mañanera), se dio (muy momentáneamente, prácticamente al final) por las estructuras de sonido grave y carga pesada. Antes, un recorrido basado en sintetizadores a base de ritmos interminables. El sábado por la noche, Abott escribía en twitter: “I wish all gigs were in botanical Gardens”.

Ana Quiroga y Uge Pañeda, antes conocidas como Las CasiCasiotone y que a partir de ahora pasan a ser LCC, lucían como un espejismo misterioso de sonidos con acento en lo primario y lo oscuro. Las asturianas llegaron al escenario de la iglesia de la Laboral para presentar lo que será su próximo trabajo d/evolution, que será publicado por Editions Mego a finales de mayo. Sin perder ese ambiente de inquietud, el joven Lewis Roberts (Koreless) llevó al L.E.V una actuación de elegancia refinada que, sin estar enfocada al club, tampoco lo perdía de vista. Elementos dubstep que se mezclan con su propia visión del house y alguna que otra voz femenina. Melodías preciosistas como “Lost In Tokyo” nos impedían vaticinar que su actuación fuera a terminar con unos segundos del bass espasmódico de “Fuck It, None of Ya’ll Don’t Rap”. Una vez superado el golpe, Uwe Schmidt (Atom TM) nos esperaba en el teatro con su show HD. El alemán, se lanzaba a la crítica repartiendo bofetadas a Sony, MTV o Disney con el tema “Stop (Imperealist Pop)” y ponía en pantalla unos visuales cargados de ironía para un sonido que en ocasiones nos hacía pensar en Kraftwerk. Aunque el protagonismo de -básicamente- todo el discurso lo tuvo el sarcasmo trazado a partir de la narración visual.

La formación clásica de Ryan West (Rival Consoles) también se deja notar en sus puestas en escena, sobre todo en sus partes más minimalistas. En su actuación en el L.E.V, hasta las estructuras más dedicadas a la pista, estaban impregnadas de una atmósfera sensible y emotiva. El productor inglés (habitual de Erased Tapes) inauguraba el último tramo del festival (dominado por el baile en su totalidad) y ya Aoki Takamasa pasaba al techno de texturas rugosas y metálicas, que no dan tregua ni escape al respiro. Minimalismo computerizado con algún que otro toque glitch de matemática Raster Noton. Techno de nueva orden, meticuloso, perfecto. Que solo puede hacer alguien que presenta semejante gesto de concentración y que no parece saber que estamos ahí delante. El productor japonés apenas levantó la mirada a lo largo de su directo, tan sólo al terminar, escuchar el aplauso y realizar una especie de reverencia antes de dejarnos en manos de Vessel. El ritmo repetitivo y calculado de Takamasa quedaba lejano ya; Sebastian Gainsborough buscaba el cierre épico en un sonido que alternaba momentos ambient de alta belleza con arquitectura techno recargada y algún ramalazo tremendista de bass music. Una particular visión del club y su área de guerra con la que cerrábamos el festival.

Las consecuencias del buen sabor de boca (aka sobredosis de dopamina) que cada año nos deja el L.E.V (y todo lo que le rodea y todo lo que conlleva) es justo lo que hace que el reciente aterrizaje en Barcelona haga pensar que el viaje fue más psicotrópico que real.