Richard D. James y Mike Paradinas nacieron ambos en 1971, y además de la fecha de su venida al mundo les une también ese sentido del humor tan característico de los freaks del techno que consiste en mezclar breakbeats con samples de pedos y muchas alusiones soeces y, por encima de todo, lo que les más une es haber estado en los comienzos de sus respectivas carreras ligados al sello Rephex. Rephlex es una criatura de James –fundada conjuntamente con Grant Wilson Claridge, que ahí sigue–, y los dos primeros álbumes de Paradinas, bajo su alias μ-Ziq, aparecieron precisamente ahí, en 1993 (Tango N’ Vectiff) y 1994 (Bluff Limbo), para convertirse instantáneamente en clásicos del techno inteligente, que es como se llamaba a la IDM antes de que los americanos empezaran a proponer su propia terminología para la música electrónica angulosa, melódica y escurridiza. En aquella época, decir Aphex Twin y μ-Ziq era referirse a lo mismo: a la facción más insolente y juguetona de la escuela ‘artificial intelligence’ tal como se había codificado desde el sello Warp, donde estaban los abstractos con ínfulas trascendentes –Autechre–, los devotos de la iglesia de Detroit –The Black Dog, B12–, los porreros del ambient y luego ellos, que eran todo eso y además y unos cachondos. Hermanos de madres distintas, uña y carne, culo y mierda.

Hasta el punto de que, en 1996, Mike y Richard publicaron un álbum juntos. Cuenta la leyenda, y también lo contó Aphex Twin en varias entrevistas, que lo grabaron tres años antes durante un fin de semana en el que se pusieron hasta arriba de drogas psicodélicas, y en el que fueron saliendo, en una estampida incontrolable, los esqueletos de todos y cada uno de los tracks que se plancharon en la edición original. Por supuesto, se editó en Rephlex, y se hizo únicamente cuando las circunstancias personales de ambos permitieron que, lo que originalmente había sido un disparate bajo estados alterados, pasara a ser un trabajo honorable. En 1996, tanto μ-Ziq como Aphex ya eran dioses: el primero había lanzado tres álbumes monumentales que nunca ha conseguido superar –en 1995 se consagró para los restos con In Pine Effect–, y Aphex venía de la resaca de Selected Ambient Works II (1994) y …I Care Because You Do (1995). En ese contexto, se puede comprender el recibimiento primero que tuvo esta única colaboración entre Mike & Rich: de expectación al principio, de cierta frustración en la primera escucha, no porque Expert Knob Twiddlers sonara mal, sino porque sonaba insuficiente con respecto de donde venían ambos. Era una travesura, un broma trivial si la comparábamos con la profundidad y el alcance del triple vinilo ambiental de Aphex Twin o los laberintos rítmicos trampeados con melodías esquizoides del primer μ-Ziq. La pregunta era qué se habían tomado estos dos para sonar tan poco ‘importantes’ cuando estaban llamados a liderar una revolución en la música del futuro, y la respuesta sería, cómo no, que un puñado de setas y un cartón entero de LSD. Este disco salió bajo la influencia de L’Oreal y su eslogan “porque yo lo valgo”: a esas alturas, ya había un público dispuesto a comprar cualquier cosas que ellos hicieran, y a aceptarla a ciegas.

Pasado el tiempo, Mike & Rich ha ido erosionando su mala fama inicial y ha ido ganándose un hueco significativo entre la discografía respectiva de Paradinas y James. El transcurso de 20 años ha sido suficiente para que se pueda escuchar con nuevos oídos, y también para que los vinilos y los compact discs que se plancharon originalmente –y que se habían agotado y empezado a revalorizar en el mercado de segunda mano– hayan servido para reconstruir el relato de esta obra menor en la carrera de ambos, pero no por ello menos significativa o valiosa. Tuvo Expert Knob Twiddlers siempre un elemento a su favor, que fue la portada en la que Paradinas y Aphex simulan la estética de un anuncio de juguetes vintage, justo cuando comenzaba a ser rentable la industria del videojuego para PC, y poco antes de la explosión de las consolas: posiblemente, la cubierta más icónica de toda aquella rama simpática y freak de la IDM primitiva. Y a partir de ahí es cuando poco a poco se comenzó a escuchar el álbum con nuevos oídos para confirmar que allí dentro había mucho más que chistes soeces –en Upright Kangaroo el break está íntimamente tramado con varios samples de eructos, que también se puede decir regüeldos, de Aphex Twin– y un insólito toque jazzy.

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En realidad, es más un disco de Mike Paradinas que de Richard D. James, pero no del Paradinas que torturaba tendones como μ-Ziq, sino del Paradinas aficionado al jazz, al swing y al easy listening que publicaba álbumes de funk exótico en el sello Clear bajo el alias Jake Slazenger. Expert Knob Twiddlers no sonaba ni a ambient ni a post-rave, sino como una big band de procesadores de bajos, sintes renqueantes y máquinas dispuestas a bromear a costa del jazz. Un precedente arqueológicamente relevante –recordemos: se grabó de una vomitona en 1993– de álbumes mucho más sólidos en el currículum de Paradinas, ya sean Makes a racket (1995), aquel Das ist ein Groovybeat, ja (1996) que entregó para Warp, o aquella delicia easy listening que publicó bajo el alias Gary Moscheles, Shaped to Make Your Life Easier (SSR, 1996). Era también la misma liga en la que empezaban a competir Mark Pritchard y Tom Middleton cuando empezaron a encontrar puntos de contacto entre el funk setentero y la ciencia-ficción freak con el proyecto Jedi Knights, y es que el intelligent techno estaba dejando de ser intelligent, y también techno, pero no por ello era peor: era más cachondo, estaba más caliente, llevaba un rollo distinto.

Incluso hoy, Expert Knob Twiddlers nos suena coyuntural. La perspectiva del tiempo hace que parezca mejor de lo que realmente creíamos que era –tiene esa cadencia paticorta, esa elasticidad de sintes, que tanto se llevaba en Rephlex en la época en la que también pasaba por allí Luke Vibert–, pero igual que ayer, hoy tampoco suena precisamente visionario. Este disco pertenece a una época en la que la música electrónica ya había superado la primera fase rave y estaba tanteando nuevos espacios en los que desarrollarse fuera de los clubes de baile, sin tampoco caer en la complacencia indolente del ambient flotante, así que su voluntad vanguardista sólo era a corto plazo. Es un producto de aquella época en la que Rephlex se poblaba de horteras retro, braindance juguetón y especialistas en jazz –todo lo que iba de The Gentle People a Cylob, y acabando, cómo no, en Squarepusher–, la misma época en la que Warp ya estaba fichando a Jimi Tenor y Red Snapper. Mike & Rich habían abierto una puerta, habían indicado un nuevo camino que nadie percibió adecuadamente en su momento, y lo más tronchante de todo es que lo hicieron porque sí, en cuatro minutos, con un pedo monumental encima.

Ahora, reeditado y con un CD bonus de regalo, podemos comprobar cómo el azar también influye en la creatividad, y de paso comparar el material inicial con los descartes que ocupan el segundo disco, hasta cinco piezas inéditas y dos remezclas alternativas que suenan a tubería sin desatascar, a esbozos sin una línea clara, a relleno que se agradece como prueba documental, y también por recordarnos que Mike y Rich son dios, pero a veces también son humanos. Hay una gran diferencia entre los tracks que pasaron el primer corte, y que luego Paradinas y James pulieron escrupulosamente para darles forma y groove, y lo que se quedó en la mesa de montaje, que se ha quedado con una forma más simple que la de una ameba. Se recomienda pillarlo en vinilo, olvidarse del CD y, si sobra el dinero, hacerse también la cassette (si es que lo encontráis en algún sitio) para especular, que en unos años valdrá un dineral.

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