Teniendo en cuenta el bonito sabor que nos dejaba su primera edición el pasado año, era normal que en esta ocasión, la noche previa al evento cundiera el pánico después de que el festival lanzara un “entradas anticipadas agotadas”. Obviamente, el sábado, minutos después de la apertura de puertas, la organización cortaba celofán para pegar un glorioso cartel de sold out.

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Representando a la casa Lapsus, Drömnu aparecía en el escenario con ese ambient refinado y bucólico que le ha otorgado una buena tanda de aplausos en su reciente debut: “Tnank” (Lapsus, 2015). Melodías para ensimismar acompañadas por unas visuales, a cargo de Mau Morgó, perfectamente unidas a ese corte paisajístico de los ritmos. Imágenes de ciudades tomando formas sinuosas en colores cálidos, edificios en estado líquido. Como el recordar de los sueños. Como el halo evocador que empapa la música del productor.

Con la tranquilidad de haberse cascado uno de los mejores discos del año pasado  (por unanimidad, fin del debate) gracias a “The Mist” (Squaring The Circle, 2014). Así llegaba Lost Twin. Acompañado de Xarlene a los visuales y también acompañado detrás de la mesa y durante los últimos minutos por la productora Ylia Beat. Los ritmos abstractos que crea Carlos R. Pinto tienen una firma muy propia. Y esta vez, el carácter embrujado que siempre los rodea era aún más descarado. Más oscuro, casi tenebroso por momentos y fusionado de manera mágica a las visuales de Xarlene. En blanco y negro, con un toque sucio que no hacía otra cosa que incrementar el estado de alerta en que el productor sevillano nos mantenía desde el arranque y hasta el final. En la pantalla, una cama vacía, una mujer que huye corriendo por una carretera a cámara lenta y que quizá sólo quiera dejar atrás el vacío de esa cama (o encontrarlo). El directo, desde el minuto cero, para enmarcar. Imágenes y sonido como un todo perfecto. “Nos conocimos hace algo mas de un año y habíamos hablado varias veces de hacer algo juntos, así que esta colaboración era mas que esperada y deseada por ambas partes” confesaban Lost Twin y Xarlene unos días antes de la actuación.

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Ya nos tienen acostumbrados a despedirse del escenario al grito de “AGZ siempre”. No es un grito agresivo, ni violento. Es una frase firme, contundente, elegante; que dice mucho de la manera de trabajar del colectivo madrileño. Desde que comenzaran su actividad allá por 2011 se han mantenido constantes, creciendo en línea continua. Agorazein llegaban a Lapsus con una nueva onda en el directo, el de live con Fabianni acompañado de I-Ace en la parte instrumental. “La idea del live surge en el momento en que yo me aburro de hacer cortes”, explica Fabi entre la seriedad y la risa. “En realidad, lo que queríamos era darle otra vuelta al live, para que no hubiera parones entre tema y tema”. Y lo cierto es que el resultado, mucho más experimental, les favorece, y mucho; y seguramente el brillo aumente con el paso del tiempo. Lógicamente les faltó un público guerrillero, pero lo que está claro es que Agorazein tiene mucho más que ver con festivales como Lapsus que con eventos de rap convencional y trasnochado de los que tenemos en España. Además de algunos temas clave de aquel LOVE’S (2012) de C. Tangana. como “Bésame mucho”, el colectivo se marcó otras piezas de sus trabajos individuales como “Cálculo” de Jerv.AGZ o “Relax” de Sticky M.A (canción que el rapero dedicó “a los YouTubers”, con ese tono pillo innato en Manto). AGZ hilando fino, siempre.

La música de Martin Hetkins (el nombre que hay detrás de Pye Corner Audio) es IDM, es ambient, es techno deshilachado, pero sobre todo es mental. Y de ahí se explica que, durante su actuación, una parte del público permaneciera extático y boquiabierto mientras algún que otro asistente llevara ese éxtasis a la práctica en el baile, como si lo que estuviera escuchando se resumiese a bombo y bombo. El misterio que envuelve el sonido del productor británico no sólo provoca enajenación de mentes y sino también de cuerpos. Con un directo que arrancaba suave, lineal, con un fuerte componente melódico y terminaba con estructuras recargadas, llenas de matices, que iban elevando poco a poco ese tono narcótico de su sonido.

La figura de Pina detrás de la mesa, con su chaqueta de camuflaje y en postura completamente sosegada, tejiendo una atmósfera de techno robusto pero pausado y graves de infarto, puede recordar a un Vatican Shadow en perfil parcialmente en calma. Pedro Pina estrenaba en Lapsus lo que será su nuevo trabajo: “Transit” (Lapsus, 2015) de inminente salida a la calle. Y daba al CCCB un color oscurísimo, de bajos fondos. Drones, sonido industrial, suciedad y un componente melódico que jugaba a romper (o a incrementar) ese pulso malrrollero. La melancolía enredándose con el miedo. En las visuales, Gnomalab mostraba ciudades en planos aéreos, cuadrículas de ladrillo y algunas referencias a la valla de Melilla, las cuales daban aún más presencia a ese halo opresivo que por momentos llenaba la sala.

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Patricia era justamente el nombre que necesitábamos después de la actuación de Pina. Con una maquinaria analógica de caerse la babilla, el productor norteamericano Max Ravitz llegaba por primera vez a España para marcarse, probablemente, la mejor actuación de la noche. Directo al grano, a la bulla en la pista de baile, sin aflojar el ritmo ni un segundo a golpe de 4×4 y noise, y con una parte melódica de euforia pura. Sin duda, uno de los mejores lives en los que podíamos vernos envueltos.

Las últimas actuaciones llegaban a cargo de Mouse on Mars y Kylie Hall. Los primeros, formados por la dupla de Andy Toma y Jan St.  Werner, supieron mantener el desenfreno que ya había provocado Ravitz (algo de lo que muchos dudábamos antes de que entraran en faena). Breaks, techno y todo tipo de ritmos festivaleros encarados al club, y que conseguían quitarnos las ganas de que el sarao fuese terminando. La llegada a escena de Kylie Hall no es que bajara el ritmo, pero sí suavizaba las estructuras previas adentrándose -sobre todo- en derroteros más ácidos y houseros, más hipnóticos que frenéticos. Cuando el de Detroit despidió la noche, el calor que desprendía la pista de baile era intensito, del de pocas ganas de irse a casa. Lo mismo ocurría en la parte de abajo del CCCB, donde se ubicaba el escenario dedicado a dj sets y protagonizado por las sesiones de Bzzzip, Pedro Vian y JMII. Una especie de boiler room que otorgaba al desarrollo del festival la continuidad necesaria y un grado más de parranda y actitud rumbera. Otro dar en el clavo.

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A Lapsus le han valido dos ediciones para consolidarse como cita obligatoria en la ciudad. Buena parte de la culpa reside en el amor que se desprende a borbotones de cada uno de sus detalles y que mantiene al festival como un diamante pulcro y reluciente. Brillando desde cualquier perspectiva que se mire.

Lapsus Festival / Judit Contreras Fotografía