Fotografías cortesía de Penélope Cerezo

En su novena edición y con algunos pequeños cambios en las ubicaciones, L.E.V vuelve a agitar fuerte el motivo por el que cada año su sold out es más tempranero. Conservando esa esencia basada en el cuidado desde los detalles, el festival reinventa la parte del Jardín Botánico moviéndola a un espacio más amplio del Jardín y añadiéndole una hora más. A pesar de tener el nombre de Cabaret Voltaire como cabeza de cartel, es más probable que en el recuerdo nos queden grabadas de una manera más especial otras actuaciones como Ben Frost, Kidsuke, Gazelle Twin o Yosi Horikawa.

A las 22.00 horas del pasado jueves, en el bar Las Ballenas de la Jaranera Cuesta del Cholo de Gijón, una mesa con varios comensales se preguntaba dónde estaban los que faltaban en su silla. “Están aquí, que están viendo el espectáculo de luces”, gritaba alguien desde fuera. En la puerta, dos mujeres contemplaban “Axial”, la pieza audiovisual de PlayMid que daba el arranque a esta edición, la cual ya comenzaba pasada por agua.  Pegando al rompeolas (en el muelle de Gijón) -y con la brisa del mar y el paseo marítimo como cuadro de fondo-, PlayMid conseguía crear una atmósfera de interacción entre el público y su obra gracias a un pasillo cercado por halos de luz y a veces sumergido en una nube de humo artificial. Con las gotas de lluvia cobrando dimensión de brillantina en su contacto con la luz, el agua dejaba de importar y se agradecía ver al L.E.V interviniendo en un espacio de la ciudad como este.

El jueves, además del comienzo del L.E.V, el CasiMiniFest celebraba su quinta y (muy a nuestro pesar) última edición. Y es muy a nuestro pesar porque para quienes vamos desde fuera de Asturias, resulta de máximo placer tener una cita previa al L.E.V, en la misma ciudad, y de semejante calidad. Especialmente si llegas ese mismo día, con revoloteo de pájaros incorporado y el espíritu sidrero preparado para salir a flote. Este año, además, el CasiMini tenía su ubicación en el club Lanna, donde propuestas como la de Héctor Sandoval alias Komatssu (de discurso IDM con guiños de techno experimental y noise) sonaba deliciosa.

El viernes, minutos antes del arranque de Cabaret Voltaire, el nerviosismo por conocer lo que traía Richard H. Kirk se palpaba en la plaza de la Laboral. En su entrevista con Paloma Chamorro en el programa La Edad de Oro -que TVE emitió durante los años 80-, la periodista preguntaba a la mítica banda: “¿hasta dónde queréis llegar?” ; “hasta que nos aburramos y pasemos a otra cosa” decían ellos. De aquella han pasado más de 30 años y Cabaret Voltaire ya no existe como tal. Por mucho que Richard H. Kirk haya heredado el nombre del que fuera su grupo y lo haya acoplado a su proyecto en solitario. Su actuación en el L.E.V tuvo poco que ver con el grupo al que perteneció. Y aquí entran las opiniones diversas, pero hubo a quienes nos hubiera gustado ver algo mucho más experimental, menos loops infinitos, más de ruidismo quizá. Su discurso (en lo musical) se movió entre el dub, los tonos tribales, el electropop o el techno, con algunos golpes clubberos que desencadenaban el baile en la última fila del Teatro. Los visuales, formados por tres pantallas en VHS y con estética psicodélica y algo de pop, aludían a motivos bélicos, imágenes situaciones de combate y hasta botes de Campbell. Desde la página web del festival ya se anunciaba que “no habría sitio para la nostalgia”. Y no lo hubo.

En el noise de Ben Frost hay mucho de rock (en la actitud también). Y también hay mucho de tremendismo experimental y de fuerte emotividad; es esa misma línea por la que caminan nombres como el de Fennesz. Su figura en negro sobre una nube de humo y una iluminación de parpadeos en blanco, le ubicaban en una especie de último superviviente de algún tipo de catástrofe natural. Apareciendo de la nada. Gracias a piezas como “Venter” y a esa manera tan pasional que le domina en el escenario,  su directo se convierte en épico por momentos. Por eso el aplauso del final fue tan largo y tan espeso. Por eso y porque a esas horas ya teníamos ganas de buscar el abrazo colectivo. Así que lo de entrar en la nave acto seguido (nueva nave, no la que guarda en ella a la auténtica Columna del L.E.V) y escuchar el 4×4 contundente y corrosivo de Arquitectural, hacía que la Iglesia de la Laboral como escaparate de zapatilla del año pasado no se echase tanto de menos. Arquitectural y su techno robusto, deep, de vieja escuela, con momentos de luz algo emotivos y con la sala desprendiendo un calor exagerado desde antes de llegar a la puerta, hacía pensar en algo que días antes escuché decir a un amigo asturiano: “Gijón es mulerista”. Pues eso; extrapolado.

Gianluigi Di Constanzo, es decir, Bochum Welt, perteneciente al ya desaparecido Rephlex, (sello de Aphex Twin) se marcó una sesión con el foco puesto en la pista de baile pero más ligada/relativa a los estados mentales.  A la pista como liberación de las ataduras. Melodías para el trance, vocales, ramalazos acid, electro, estructuras IDM… Que poco tenían que ver con Arquitectural aunque sí con lo que llegó después: Legowelt. Encargado de poner el cierre de la noche, sus ritmos tampoco llegaban a tener una agresividad technera, pero sí aumentaron la velocidad en los pasos de baile, conservando esa presencia de atmósferas soñadoras que ya había instaurado antes el productor italiano y rociándola con buenas cantidades de deep house.

Muy diferente a la noche fue lo que pudimos ver el sábado por la mañana en el Jardín Botánico. Skygaze, Daisuke Tanabe y Yosi Horikawa transformaban el Jardín en un escenario de videojuego, un universo de atmósferas preciosas donde no hay que luchar contra ningún monstruo-miedo, mundos no reales donde la felicidad es contable, medible y palpable. Las melodías de ensoñación que fabrica el asturiano Skygaze,  como apertura de la jornada, convirtieron el “madrugón” en asunto fácil. Es que lo de lo de trabajos como “Endless Harvest” (del que sonaron algunos temas como “Shoreditch”) es Preciosismo con mayúsculas. Jaime Tellado endulza estructuras del rap instrumental y les otorga un chute de delicadeza y sensibilidad que sólo él sabe fabricar. Los últimos minutos de su actuación, se acercaban algo más a la pista de baile, sin llegar a perder su esencia. La música de Tellado era la mejor carta de presentación que L.E.V podía poner como banda sonora a su nueva ubicación, más amplia que la anterior y con varios puntos de comida.

La sesión de Daisuke Tanabe arrancó fuerte, drum n’ bass con cierta textura melódica que restaba dureza a los breaks. No bajó en intensidad pero sí fue dándole vueltas; pasando por la idm, volviendo a los breaks, mezclando voces orientales que parecían recién salidas de un cómic… El tono jungle que Tanabe sacaba a relucir también fue protagonista en el siguiente directo: el de Yosi Horikawa, quien por momentos parecía mimetizarse con la propia naturaleza del escenario para tomar elementos de ella y otorgar a su música un carácter orgánico a base de capas de lo más imaginativas y de engranaje minucioso. El disfrute de la pista de hierba era descarado y el feedback entre artista y público quedaba claro en la fotografía que Horikawa colgaba en su facebook poco después de terminar, dando las gracias a los asistentes, con el público muy arriba.

El final de la jornada en el Botánico llegaba de la mano de Memorabilia, que marcaba un cambio en el ritmo que había prevalecido hasta entonces y se daba por el techno old school, y unas estructuras minimalistas e IDM más propias de after a media luz. Quizá por eso más de una familia observaba desde la barrera el cuadro variopinto en que se había convertido el emplazamiento al que alguna que otra niña vestida de comunión había acudido esa mañana para set fotográfico.

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La noche en la Nave daba comienzo con Kidsuke y Alba G. Corral a los visuales (de quien se pudieron escuchar maravillas sobre las imágenes que había proyectado el día anterior en su directo con Jacacszek, y al que no llegamos a asistir). Daisuke Tanabe y Kidkanavil  (Kidsuke) empapaban la atmósfera de bass elegante y meticulosos ritmos plagados de breaks y melodías llenas de luz. En la pantalla, motivos en blanco y negro, como una niebla formada por estrellas fugaces lentas y espesas donde los deseos se piden sin orden ni mesura. Al final de su directo, se dieron por estructuras más retorcidas donde los breaks cobraban una dimensión más agresiva, menos espacial. Sin duda, otra de las actuaciones top de este año, lo mismo que la breve e intensísima de Gazzelle Twin. Toda una convulsión de poco más de 30 minutos donde el ritmo frenético apenas nos dejaba espacio por pestañear. Enfundada en su ya típico traje de deporte azul y con esa especie de máscara que le oculta buena parte del rostro, Elizabeth Bernholz cantaba como ahuyentando a sus demonios y llamando a los nuestros, moviéndose compulsivamente por el escenario, elevando el tono colérico de los sintetizadores.

La sesión de unos Akkord en clave techno y algún que otro acento ravero de mucha clase, ponía el broche final a un festival que siempre se hace corto. Aunque crezca en line up. Como afirmaba Herman Kolgen en el vídeo de la pasada edición, “traer este tipo de arte a Gijón, es algo muy mágico”; y la magia aumenta cuando el festival crece sin perder ese carácter “minoritario”.