Concluimos el repaso a lo mejor de 2015 con los que han sido, para nosotros, los 20 mejores discos de este año. Empezamos con una alianza entre vieja y nueva escuela del industrial, proseguimos con leyendas del techno y referentes del synth-pop moderno hasta llegar al indiscutible número uno, una de las grandes figuras de la electrónica experimental contemporánea.

20. Carter Tutti Void – f (x)

Es minimalista al máximo, pero si disfrutas del techno industrial, es difícil encontrar algo mejor que esto. Y aunque es tremendamente escurridizo aquí hallarás momentos que, sin dejar de ser puramente cerebrales, invitan a un baile en trance. Hay una lógica interna aquí, un estudiado cálculo del desarrollo de los temas. Aunque estos sean tremendamente repetitivos siempre hay a la vuelta de la esquina un inesperado matiz que hace que nunca te puedas desconectar de este complejo LP. Carter Tutti Void te tienen pillado por los huevos durante más de 50 minutos y difícilmente vas a escapar (tampoco querrás). El disco, pues, es un fascinante viaje que puede crear auténticos delirios. Es como adentrarse en el corazón de la jungla o en aguas peligrosas, pero tiene ese punto de excitación que hace de la aventura tremendamente fascinante. También retiene la claustrofobia que debieron sentir los tres músicos encerrados en el estudio, buscando los sonidos más perturbadores y subyugantes. (Álvaro García Montoliu)

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19. Freddie Gibbs – Shadow Of A Doubt

En su tercer álbum de estudio, Gangsta Gibbs densifica todavía más sus ya de por sí apretujadas páginas de notas, ceba sus raps a cascoporro, pero lanza sus relatos con la precisión de una Parabellum: adicción a las pastillas, tiroteos, miedos, pasado como traficante, cuentas pendientes, reflexiones de un hustler postpaternidad; el diario de guerra es apasionante y el rapper de Indiana los desgrana con la seguridad de los grandes MC’s. Incluso cuando cede al Auto-tune y a les melodías R&B más dulcificadas se saca de la manga hitazos de la magnitud de “Basketball wives”. Se le ve en forma. Eso sí, es en la épica gangsta de nueva generación donde Gibbs consigue los minutos de mayor intensidad. Definitivamente, “Shadow of a doubt” es la prueba de que puedes sonar street sin sonar anticuado, de que el género puede encontrar vías de renovación y dignificación que se alejen de los tóxicos estereotipos que ha impuesto el mainstream negroide actual: esto no es R&B digital para pijos, tampoco trap comercial, es algo mucho más antiguo y poderoso. Tres letras: R-A-P. (Òscar Broc)

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18. Helena Hauff – Discreet Desires

Describir su sonido a base de name dropping puede resultar sencillo, basta con chequear la breve pero acertada biografía que publicó el mismo Sónar ante la llegada de Hauff en la pasada edición de 2015. Discreet desires es una consolidación de un talento que se debe a sí mismo, a las máquinas analógicas y a un activismo al margen de la eterna tentación de pasarse abiertamente a la música de club que arrasa en los cierres de los grandes festivales y las mejores horas en los clubes de Ibiza (y el mundo entero). Si la crítica del mundo musical electrónico fuese estúpida, que no lo es, se podría llamar a Helena Hauff la nerd de la partida, y eso sería una aberración; porque marcar la diferencia en un momento en el que sin darte cuenta lo que produces se parece más de lo que te gustaría a algo que no recuerdas haber escuchado pero que existía antes que tu sonido, convertir tu devotismo por el cassette, la deconstrucción, el bajo al límite de la distorsión y el sintetizador al borde del harakiri melódico es un tour de force que pocos estaban destinados a alcanzar. Pocos artistas tienen el doble arte de saber cuándo quieren ser escuchados y cuándo quieren ser bailados. (Vanity Dust)

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17. Kelela – Hallucinogen EP

Con Arca, Kingdom y MA de Nguzunguzu, que le devuelve el favor después de que ella prestase su voz en el álbum de debut de Future Brown, consigue sacar los sonidos más retorcidos y sofisticados que puedes encontrar ahora mismo en el R&B aprovechándose de las nuevas corrientes de baile británicas. Hay subgraves más grandes que la vida en el sombrío tema que cierra el EP que, por cierto, es lo más cercano que escucharéis al The Weeknd de las mixtapes en mucho tiempo, hi-hats, arrebatos de 808s en la brutal “Rewind” o incluso se atreve a que su voz suene al revés en el corte titular. Ni por esas Kelela consigue desprenderse de ese onírico y sedoso tono que posee su voz. La temática sexual, por supuesto, sobrevuela estas seis canciones. Habla sobre una relación, aunque la narración no es cronológica. Hay temas de dominación y fracasos amorosos todo lo que puedes esperar, de un producto R&B. Como continuación de la magistral mixtape, “Cut 4 Me” (repasar su lista de productores aún provoca mareos), es todo lo que podíamos esperar. (AGM)

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16. Richie Hawtin – From My Mind To Yours

Lo mejor de From my mind to yours es que el nivel no baja en dos horas: no sólo extiende de una vez por todas el certificado de muerte del minimal al estilo berlinés, un estilo que había prolongado su agonía durante más de cinco años, sino que confirma que, si el techno tiene que mirar a la vieja escuela, él es el mejor imitador de sí mismo. Pero para volver a ocupar un espacio de privilegio en el techno de 2015, ha necesitado volver espiritualmente al techno de 1990. Hubo una época en la que Richie Hawtin aborrecía la idea de volver al pasado: el futuro lo era todo. Ese Hawtin es el único que no vuelve en esta colección de tracks. Esa paradoja es la que no deja de condicionar la escucha en todo momento: el único camino que podía tomar Hawtin para volver era el camino de regreso. Y volviendo atrás, nos hace recuperar la fe. Nunca la perdimos, a pesar de que las irregularidades de su carrera incitaban a lo contrario. Lo que no imaginamos es el día en que volviera, Hawtin tuviera que irse tan atrás. Se obsesionaba con conocer el futuro, y resulta que ya no había futuro, porque ya lo había inventado todo. (Javier Blánquez)

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15. FKA twigs – M3LL155X EP

Pocas semanas después de hacernos la boca agua con las nuevas canciones que presentó en Sónar, FKA twigs lanzó su tercer EP que, para sorpresa de muchos, fue de lo mejor que ha hecho hasta la fecha. No es la típica colección de descartes, es un paso adelante en su carrera. En estos cinco cortes se muestra firme y fuerte, capaz de todo. Ya desde el primer verso, “Let me live”, vemos a una Tahliah hasta el coño de los haters, como dejando claro que ya no va a pasar ni una a los que no la tomen como lo es, la gran estrella pop del momento y no la novia de Robert Pattinson. Luego continúa con temas de sumisión y otros en los que se muestra sorprendentemente agresiva y que invitan a desplazar la escucha a la pista de baile. Pensábamos que la británica ya lo había inventado todo, pero aún queda mucho por hacer y aquí estaremos para seguir todos sus pasos. (AGM)

14. Levon Vincent – s/t

En lo musical nos encontramos música electrónica sin complejos, sin similitudes exactas y con múltiples influencias. Cocinado enteramente a base de tecnología añeja, sin profusión de efectos ni sobreproducción, con la música como protagonista, ya sea con las melodías de sabor ochentero de The Beginning o Phantom Power como con las cadencias de corte dub de Junkies on Hermanstrasse, el balearic de Launch ramp to tha sky, el ambient noventero de For Mona, My Beloved Cat_ Rest in Peace, el sonido crujiente de Her Light Goes Through Everything, el house flotador de Black Arm w/Wolf, el rollo Art of Noise de Confetti, el techno de Anti corporate music, la inclasificable Small Whole-Numbered Ratios o el hitazo Woman is an Angel. Un álbum que puedes escuchar una y otra vez sin cansarte y que revela que cuando uno hace música sin mirar al exterior le puede salir una obra maestra. (Luis Rozalén)

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13. Floating Points – Elaenia

Aunque Sam Shepherd lleva más de un lustro haciendo música, no ha sido hasta hace mes y medio que por fin se decidió a editar su primer largo. Con esa experiencia adquirida, no se ha de entender Elaenia como un álbum de debut al uso, pues el productor ya hace tiempo que ha perfeccionado su técnica. Aunque sus sesiones son todo un acontecimiento, no entrega aquí un disco con material para la pista de baile. De hecho, el único tema que podría considerarse 4×4 es el primero. No, el inglés invita a disfrutar de su música con los cascos puestos. Esas señas de identidad funky que han caracterizado sus lentas producciones a lo largo de su carrera se plasman aquí a la perfección, con ejercicios de jazz cósmico como esa suite titulada Silhouttes dividida en tres partes. (AGM)

12. Justin Bieber – Purpose

La idea principal que vende “Purpose” es la de un artista ansioso por limpiar su hoja de servicios y comenzar de nuevo; la de un chaval herido que quiere dejarse de tonterías para ganarse el respeto de los mayores. Es todo una patraña, lo sabemos, pero la patraña funciona. De hecho, no es malo que Justin Bieber quiera ser ahora The Weeknd, pues en la blandura emocional/digital es donde se granjea la compasión más sincera del oyente. El nuevo álbum del canadiense tiene un factor curativo innegable: ese cambio hacia sonidos maduros acompañado de los productores más adecuados y, ante todo, ese cambio de actitud que no le hará perder a ninguno de sus fans adolescentes, atraerá la atención del público adulto que le ignoraba y, lo más redondo de la treta, cambiará la opinión que muchos de sus haters teníamos de él. Ahora sí: I want to beliebe… Aunque sea un ratito. (OB)

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11. Empress Of – Me

Si hay una debutante que nos ha sorprendido este año esa es Empress Of. La conocemos desde hace más de tres años, pero no ha sido hasta septiembre que entregó su álbum de debut, una joya clave para los yonkis del pop electrónico más sofisticado. Es tan variado pese a su corta duración que resulta casi imposible cansarse de él. En él encontramos algunos de los momentos más inspirados del R&B de 2015. También himnos house como How Do You Do It. En definitiva, muestra un potencial inagotable. El margen de crecimiento de Lorely Rodríguez es amplísimo, así que pronosticamos que más pronto que tarde se convertirá en una gran estrella del pop. (AGM)

10. Arca – Mutant

Esta música no emana de una realidad concreta o de un pasado rememorado, sino que surge de una psicología que nos cuesta entender y se proyecta hacia un futuro que todavía no sabemos anticipar. “Mutant” no deberían escucharlo con los consejos de un crítico musical (os libre Dios), sino con un horóscopo o un experto en temas esotéricos, avistamientos ovnis o, mejor incluso, con un físico teórico especializado en teoría de cuerdas. Esta música que al principio parece que no tenga huesos -aunque sí un exoesqueleto, como un insecto; un cascarón fuerte y pulido, y sobre todo hermoso-, por dentro es un magma volcánico de emociones y sentimientos, y no son los sentimientos habituales (miedo, asco, ternura, felicidad), aunque se les parezcan. Son pasiones a escala cuántica, impredecibles, imposibles de medir. La satisfacción estética con “Mutant” se alcanza después de luchar enconadamente contra la lógica; y una vez se vence su coraza y se rompe la protección, es cuando sobreviene el vértigo de escuchar música -perdón por el tópico, pero esta vez se ajusta a la literalidad- que no proviene de este mundo. (JB)

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9. CHVRCHES – Every Open Eye

La majestuosa “Leave A Trace”, el primer adelanto del álbum, marca un poco la pauta que siguen aquí, un synth-pop en el que rebajan un poco la intensidad en favor de un sonido mucho más pop, directo y amable. Algo que se repite en “Clearest Blue”, en el que resuenan ecos de “Just Can’t Get Enough” del ya citado primer LP de Depeche Mode. Con todo, hay momentos más agresivos, cercanos a los pasajes más metálicos e industriales de su debut, como en “Never Ending Circles” o “Bury It”. Es esta dicotomía entre luz y oscuridad la que también se refleja en el registro de la cantante. Lauren puede ser a la vez tierna, pero también se muestra fuerte, convincente, implacable y muy segura de sí misma. Y, por lo que hemos podido ver en los recientes directos, ha dejado de ser esa muñequita tímida para soltarse un poco y entregarse más. CHVRCHES vuelven con un trabajo que les confirma como una de las grandes bandas de pop del momento, difícilmente encontrarás un trabajo de synth-pop más puro, tradicional y mejor que éste en el mercado. (AGM)

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8. Holly Herndon – Platform

Acercarse al universo de la bautizada como la musa del post-internet, Holly Herndon, puede dar, a priori, vértigo. Su propuesta puede parecer escurridiza, de una coartada arty no apta para todos los públicos. Con su directo pasa igual, pero a los 10 minutos en el Sónar ya estábamos con los ojos abiertos como platos, fascinados por el carácter aventurero de la californiana. Pero su música tiene dos lecturas posibles, una más teórica, en la que entra en juego el diálogo con la tecnología y la política, y una más superficial, en la que se encuentra una electrónica experimental, en la que la voz es tratada como un instrumento más, que puede hacerte bailar a la vez que reflexionar. Sus ritmos son quebradizos, las voces amorfas, pero es un sonido más accesible de lo que cabría pensar. (AGM)

7. Neon Indian – VEGA Intl. Night School

El álbum tiene un sentido del humor y la diversión tan genuino que abruma. Entiende a la perfección qué significa la música de baile y qué ha de proporcionar. Consigue evocar sonidos de otras épocas y que viajemos a ella y a la vez ofrecer algo totalmente nuevo y refrescante. Alan Palomo es un cachondo y añade pequeñas dosis de picante aquí, como cuando deja un mensaje en el contestador de una chica o nos presenta un encuentro fortuito en la sección porno de un videoclub. Esto es una gran fiesta en el que desfilan géneros como el reggae, el disco y el neo-disco, el R&B del mejor Prince, el primer hip hop el funk y el pop sintético. En una época en la que las playlists han vuelto a ser importantes gracias al impulso que le han dado plataformas como Apple Music, desmarcándose de su competencia y ofreciendo listas de reproducción con algo más de sustancia, este LP es como una respuesta a ello. A ver quién se atreve a coger una sola canción de este trabajo y que no pierda fuerza sin su contexto. Así que la próxima vez que montes una fiesta, olvídate del shuffle de tu reproductor, incluso pasa de las playlists. Ponte “VEGA INTL. Night School”. (AGM)

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6. Björk – Vulnicura

A Björk ya casi la dábamos por perdida, pero ha sido en el punto más bajo de su vida personal, en medio de la ruptura sentimental de su pareja durante diez años, Matthew Barney, cuando las musas han vuelto a estar de su parte. Este tortuoso episodio vital, por supuesto, marca el desarrollo de Vulnicura, no en vano estas canciones están plagadas de referencias a la familia, el amor, las relaciones o los sentimientos. Pero también es probable que en Arca y The Haxan Cloak haya encontrado los aliados perfectos para desarrollar ese sonido vanguardista que la aupó como una de las artistas más estimulantes de los 90. Así, tomando el relevo de Mark Bell, esta nueva dupla consigue lo que muchos ya dábamos por imposible, recuperar, ni que sea musicalmente, a esta diva pop. Entre beats volcánicos y arreglos de cuerda preciosistas Björk recupera el trono que nunca debería haber perdido. (AGM)

5. Kendrick Lamar – To Pimp A Butterfly

Hay consenso que el de Kendrick Lamar es el mejor disco del año. A las publicaciones que lo han aupado a lo más alto no les faltan motivos. Antes era una voz más del rap, genial, por supuesto, pero ahora el de Compton va más allá y entrega una obra capital de la música negra que seguramente será objeto de estudio en el futuro. De la mano de aliados como George Clinton, Thundercat, Anna Wise, Bilal o Snoop Dogg el californiano tiene aquí control absoluto sobre su música, una libertad creativa total que le permite coquetear con géneros como el g-funk, el jazz, el spoken word y diversas ramificaciones del hip hop. Apesta a clasicazo, vaya. (AGM)

4. Grimes – Art Angels

Grimes se lo ha tomado con mucha (demasiada) calma eso de entregar continuación al soberbio Visions, pero como se suele decir en estos casos, la espera ha merecido la pena. Los últimos meses han sido un auténtico sufrimiento. Compartió REALiTi, uno de nuestros temas favoritos del año y dijo que a ella no le gustaba. Luego comentó que aquí tocaría géneros como el glam-rock y el nu-metal, así que algunos nos temíamos una auténtica locura del coño. Al final entregó lo que todos esperábamos de ella, un disco de pop redondo, que la posiciona como una de las productoras del género más brillantes del momento (raro sería que no empezasen a lloverle encargos de superestrellas). Quizá pierde un poco la frescura y espontaneidad de su antecesor, pero a cambio tenemos canciones más redondas y pulidas. Lo mejor de todo es que apenas tiene 27 años y que no se olvida de su jovialidad y sentido de la diversión. Tenemos Claire para rato. (AGM)

3. Jamie xx – In Colour

Más allá de su trabajo como el maquinitas de The xx, Jamie Smith ya había demostrado su pericia en el estudio con producciones propias, una colección de remezclas de Gil Scott-Heron y encargos de superestrellas como Alicia Keys y Drake. Así bien, que su álbum de debut como solista fuese un arrollador éxito no nos cogió por sorpresa. Ya los temas que había editado previamente nos hacían intuir que algo grande íbamos a encontrar aquí, pero escuchando el LP de cabo a rabo nos topamos con un tipo que entiende y respeta los últimos 25 años de la música electrónica. No vivió la época rave que tanto reivindica pero parece un experto en la materia. Ya sea con invitados como sus compañeros de grupo Oliver y Romy o esa extraña alianza entre el rapero Young Thug y el cantante de dancehall Popcaan, o en temas instrumentales como la rotunda Gosh o la preciosista The Rest Is Noise no hay ningún segundo aquí que sueñe a relleno. Hablar de obra maestra puede parecer exagerado, pero no andamos lejos. (AGM)

2. Julia Holter – Have You In My Wilderness

Con su cuarto disco, Julia Holter dio el salto necesario para posicionarse como un auténtico referente del pop vanguardista. No es que antes no lo fuera (capital es su disco de 2011, Ekstasis), pero aquí ha depurado su discurso. En algunos casos tiró de versiones lo-fi primitivas de canciones que ya hace tiempo que había grabado para darles un sonido más profesional y otras creando producciones completamente nuevas. Esta colección de temas ya no se inspira como antes en Hipólito, la poesía moderna o musicales de Broadway, sino que son letras que parten de cero cuyo único hilo conductor es el amor (no en vano, la californiana habla aquí de una sucesión de baladas). Hay de todo aquí. Desde accesibles cortes pop que no por ello la hacen menos sofisticada, hasta jazz nocturno y country rítmico. Una evolución como sólo pocos saben hacer. (AGM)

1. Oneohtrix Point Never – Garden of Delete

Daniel Lopatin dejó las cosas en 2013 en un punto perfectamente reconocible: “R Plus Seven” era la cúspide del estilo que había estado urdiendo meticulosamente desde el origen de Oneohtrix Point Never, la depuración definitiva de una fuerte obsesión por ideas inseparables de su historia personal y su lenguaje: la ciencia-ficción, las distopías, el mundo borroso de los sueños, la new age, la publicidad de los años 80, la ingenuidad estética de la primera revolución digital, los sintetizadores, el neón, la infancia y el ambient, entre muchas otras. Aquel álbum de OPN consolidaba un lenguaje -sobre todo el de “Replica” (2011), melifluo y protector- en el que no quedaba claro qué era retro y qué era futurista en su particular retrofuturismo. Original en la forma -barroco, sentimental, las texturas se derretían como un helado al sol-, “R Plus Seven” era lo más cerca que Lopatin había llegado a estar de hacer un disco pop: las melodías eran tan preeminentes como las texturas, asomaban más voces que beats, y parecía como si entre sus influencias hubieran aparecido las de gigantes de la electrónica pre-digital de hace tres décadas (y pico) como Ryuichi Sakamoto o Trevor Horn. Aquel disco no sólo era audaz e inteligente, sino que además gustó mucho. Desde entonces ya no cabían dudas de que Lopatin era, casi con toda seguridad, el compositor -categoría que excluye, o supera, a la de músico o productor- electrónico más importante de su generación.

“Garden of Delete” no es necesariamente un álbum mejor, pero sí es distinto, y eso es un valor añadido importantísimo: cuando Lopatin ha conseguido codificarse y perfeccionarse, también ha encontrado la manera de reinventar su lenguaje y abrir nuevas vías para el desarrollo de una estética que progresa hacia terrenos nunca antes sugeridos en Oneohtrix Point Never. Incluso cuando suena a sí mismo -el comienzo de “Freaky Eyes”, por ejemplo, que tiene ese poso de new age turbulenta, de vórtice cósmico en el centro de un sistema solar colapsado y que surge de sus repetidas escuchas de discos de Robert Schroeder o los primeros Tangerine Dream-, rápidamente explora caminos que le alejan de su -que dirían los ingleses- zona de comodidad. El teclado puntea como una partita de Bach -o el segmento central del “Magnetic Fields” de Jarre-, y el dial de su emisora de radio mental conecta con una emisora de soft-rock ochentero para acabar esos seis minutos desbocados con un manguerazo de ambient turbio. En otras manos, sería un galimatías, una sopa espesa e incomestible. En las suyas, roza la genialidad.

En “Garden of Delete” -que también podemos leer como GOD, o sea, Dios- hay varios momentos así, en los que reina el desconcierto y triunfa el asombro. Lo más valioso de la nueva entrega de OPN es que nunca se le ve venir: el trayecto desde “Intro” -29 segundos que, inesperadamente, reinventan el uso del glitch como recurso estético- a “No Good”, se producen contrastes fuertes entre lo muy reconocible -véase por ejemplo “Lift”, que suena a track heredado de las sesiones de 2013- a lo inconcebible. Hay una pista en la portada: ese amasijo de líneas cruzadas, que parece el logo vertical de una banda black metal, es el aviso de que buena parte del disco está salteado con influencias de su pasado adolescente como adicto al heavy. El año pasado, Lopatin participó como telonero de Nine Inch Nails y Soundgarden: en las horas en solitario volvió a escuchar la radio, a recordar los tiempos del grunge y el thrash metal, a recordar lo mucho que le marcó -como a toda su generación- el peso de las guitarras, el angst adolescente en los días más lúgubres de la apoteosis de Nirvana, la rabia ponzoñosa de Slayer, Pantera y Metallica, y en consonancia tiene momentos como el final de “Sticky Drama” que podría describirse como un glitchbanger, un fogonazo grindcore construido con detritus digitales, como un trallazo de Napalm Death decorado con melodías de teclado de David Sylvian.

Hay momentos en que “Garden of Delete”, sobre todo cuando los bucles melódicos se aceleran hasta alcanzar velocidades de vértigo -como en “Ezra”-, juega a simular un futuro alternativo en el que el heavy metal extremo se hubiera rendido a la revolución electrónica y, en vez de ofrecerse en sacrificio a Satán, lo hubiera hecho a compañías como Akai o Roland. El conjunto del disco, incluso cuando suenan campanillas, voces supuestamente infantiles y melodías de un pop acaramelado, reconocibles casi como R&B -y que hasta tienen letras, letras que no se entienden como las del “Syro” de Aphex Twin, y que incluso aparecen “escritas” en código alienígena en el libreto del disco-, es en realidad de una densidad y una pesadez abrumadora. La ligereza de otras ocasiones poco a poco va gravitando alrededor de un agujero negro y la masa se multiplica para no salir ya de ahí dentro: sin esperarlo, Lopatin inserta algo como un canto blues gótico (“ECCOJAMC1”) o una balada noise (“Animals”) sin que en ningún momento parezca que se ha traicionado a sí mismo. De hecho, es su disco más tirante y espeso, porque pone en manos de influencias quizá extraterrestres -Lopatin afirma, lógicamente en broma, que parte del contenido le fue sugerido por un alien llamado Ezra- los giros más imprevistos, sin que por ello quede afectado el romanticismo de otras ocasiones. La diferencia principal con “R Plus Seven” es que, mientras aquél todavía confiaba en la producción analógica, “Garden of Delete” es un paso adelante hacia la boca del infierno digital, de ahí las subidas salvajes de pitch hasta que las melodías se convierten en chirridos agudísimos, los glitches violentos de “I Bite Through It” -también en broma, ha bautizado al estilo como hypergrunge-, las masas condensadas de audio a alto volumen, comprimidas como si una increíble fuerza de la gravedad las hubiera aplastado contra el suelo. El viejo Lopatin, pues, ha cambiado de pantalla: es el mismo protagonista de su juego personal, pero enfrentado a una dificultad mayor, a un monstruo mucho más terrible. (JB)