La primera y última vez que había visto a Nine Inch Nails en directo fue durante el siglo pasado, concretamente en la gira de presentación de “The Fragile” en el lejano año 1999. Problemas de salud y de empanada vital (me quedé compuesto sin entradas en una de sus siguientes visitas a Barcelona) han hecho que haya pasado quince años de mi vida sin ver a los de Trent Reznor en directo. Y eso se tenía que solucionar de alguna manera. Por suerte, la buena gente del Primavera Sound tuvieron a bien incluirlos en su cartel de este año, y una vez presenciado el concierto se puede afirmar con vehemencia que fue un acierto total por su parte. Ya no solamente por abrir el cada vez más amplio abanico de sonoridades del festival –esto va para los que dicen con desprecio aquello de que es “un festival para modernos”-, es que además fue un espectáculo asombroso, épico y epatante. Hora y media de gozo, intensidad y rabia electroroquista. Una de esas noches en las que recuerdas el porqué Nine Inch Nails es uno de tus grupos favoritos. Y vaya si me lo recordaron.

Desde los primeros compases de “Me, I’m not” hasta las últimas notas de la muy melodramática “Hurt” (que, la verdad, tras el espectacular listado de canciones que tocaron, muchas ellas inesperadas como “The day the world went away”, “The great destroyer” o “The Wretched”, interpretadas todas ellas magistralmente, no me hacía falta, pero parece que no hay concierto de NIN sin “Hurt”), los Nine Inch Nails dieron una lección de cómo debe ser un concierto en un festival. Un juego de luces impresionante y no apto para epilépticos, aunque no tanto como el que llevan en su gira en solitario, donde rinden homenaje a la escenografía usada por grupos como Kraftwerk y Talking Heads, pero que igualmente deja anonadado, una entrega absoluta por parte de todos los miembros de la banda, con el lógico protagonismo de Trent Reznor (que está menos cachas que últimamente, cosa que me alegra, ese cuello de toro y esos brazos de Hulk de barrio no eran normales y supongo que tampoco sanos), que parece estar más en forma y más convencido que nunca en sus posibilidades, sin olvidarnos del eterno Robin Finck, que, como la Reina Sofía, lleva el mismo peinado desde que el Rey Juan Carlos era un simpático mozalbete amante de las mujeres y el vino. Somero repaso a su discografía, con un inicio rollito minimaltechnero digno del Sónar, en el que no faltaron la descarada violencia de “March of the pigs” y “Gave up”, el groove hipersexual de “Piggy” y “Closer”, ni el toque agradecidamente bailongo de “Came back haunted” o “The hand that feeds”, en un concierto que, por lo menos para servidor, ha sido uno de los mejores del año con bastante diferencia.