He estado casi una semana pensando en cómo empezar este artículo. No solo por todo lo que me ha trasmitido una cata privada y en primicia del nuevo disco de Paul van Dyk, sino porque este artículo iba a ser publicado en un medio con una bagaje y un público muy determinado que ha tenido a bien darle cancha a un género o un artista poco o nada habitual entre sus fieles. Si bien no hay quien niegue que hace una década unos cuantos de los parroquianos habituales de BB seguro que se marcaron un baile a costa del alemán. Por no hablar del peso histórico de un tema como “For An Angel”.

Pero, además, son tres cosas las que hacen que, mientras empiezo a aporrear el teclado, esté pensando en cómo plantear este artículo: La primero es el retorno de “The Politics Of Dancing” 10 años después de su última entrega y casi 15 después de la primera. En una época en la que los recopilatorios tenían un cierto valor en función de quién los firmara y en la que la música circulaba a otra velocidad y en otros formatos, POD se erigió como un estandarte que cosechó tanto el éxito de la crítica como el del público. Y que una marca de esta dimensión vuelva a la carga con tanto tiempo de margen sin duda es una noticia de por sí.

El segundo, es el gancho con el que nació este compilado. Tratándose de un alemán oriental que nada más caer el muro se mudó a Berlín, cabría pensar que los tiros vendrían por ahí. Pero en palabras del propio Paul, la idea nació en las cabinas ibicencas cuando vio a “unos amigos palestinos y libaneses bailando alegremente al lado de otros amigos israelíes”. Y así nació una idea como “The Politics Of Dancing”. Como gancho comercial no tiene parangón. Bienvenidos a la diplomacia de las pistas de baile. Sin guerras ni nada más que tratar al otro con respeto.

Y el tercero, y aquí me columpio con toda tranquilidad, es porque pueda que se trate del mejor disco de la extensa discografía de PvD.

Los tiempos han cambiado mucho y hoy apenas un puñado de artistas pueden ofrecer rentabilidad a través de un compilado. De ahí una modificación sustancial. La tercera entrega de POD ya no es un recopilatorio, sino un nuevo disco de estudio del alemán -el séptimo- compuesto de una plétora de colaboraciones con productores y vocalistas. Y la gama de sonidos va mucho más allá de las dos primeras entregas, claramente enfocadas a bailar y romper los cánones del dance de principios del milenio.

No es nuevo el proyecto, ya que lleva más de tres años en la cartera de Ultra Music/New State. Mucho tiempo de rumores y de trabajo en el estudio para buscar y encontrar una fórmula que mejorase el paso sin pena ni gloria de Evolution y la cancelación oficiosa de Vonyc Sessions. De ahí mi alegre columpiada: puede ser el mejor trabajo en la vida y obra del teutón.

Y para hallarla se ha valido de un arma intermedia, la multi colaboración. Mucho nombre de prestigio en la escena trance de toda la vida (a pesar de que PvD nunca califique su música como trance y reniegue de esta etiqueta) como Aly & Fila, Giuseppe Ottaviani (que vuelve a casa, probablemente el mejor talento de la factoría Vandit) o Roger Shah; un puñado de nuevos talentos bien valorados que aportan la frescura como Jordan Suckley, Mark Eteson o Mohamed Ragab; voces que no hace falta presentar como Sue McLaren o Tricia McTeague; y personajes de fábulas intermedias como Ummet Ozcan, Stoneface & Terminal, Genix, Las Salinas o Michael Tsukerman.

El único tema no firmado directamente por el teutón es Around The Garden de Mino Safy, en el que el berlinés de adopción firma un remezcla para sellar un auténtico himno del siglo XXI. Y la vocal que se marca en solitario con Sue McLaren, Lights, tiene una potencia y un completo retrogusto que deja sin respiración.

El resto del álbum, en el que todas las canciones alcanzan fácilmente el notable, logrando otro buen puñado el sobresaliente, oscila entre un balance de géneros que, en un concepto muy amplio, el propio Paul lo califica como dance.

¿Que por qué puede ser el mejor álbum del largo bagaje del germano? Porque ha conseguido juntar en 14 sencillos lo mejor de su yo sempiterno con tintes muy finos de contemporaneidad. Porque las colaboraciones le dan un bordado fino y colorista a temas que rozan la perfección técnica y armónica. Porque al interés por las pistas de baile se le suman canciones de carga emocional y consigue que el mismo tema valga para marcarte un buen trance o un buen viaje, sentir a ojos cerrados y quemar zapatilla en la dancefloor.

Y porque el de Eisenhüttenstadt quiere redondear su 25 años de carrera con una cota de alta categoría después de un lustro sin un camino claro. Y que un titán de la electrónica como Ultra apueste fuerte por él es más que un simple síntoma (el primer Politics Of Dancing fue editado por Ministry Of Sound y el segundo por Universal). Ha vuelto la política del baile y puede que esta sí sea la última cita con la diplomacia hecha música.