Dice Moby en el epílogo de sus memorias, Porcelain, que en un principio tenía pensado dejar en manos de un negro la escritura de esta obra. Finalmente, su agente literario introdujo la idea de que lo más razonable sería que las escribiese él ya que es familiar de Herman Melville, autor de Moby Dick. El resultado que tenemos entre manos – y que llega a España traducido por Sexto Piso – demuestra que, contra pronóstico, tuvieron buen ojo. Porque aunque como músico el neoyorquino ya lleva un largo periodo sin tener demasiado que decir, en lo que a literatura se refiere se erige como un excepcional cronista de la década de los 90 en Nueva York, de la vibración nocturna y el ambiente que se vivía en las raves de la época.

Al estilo del reciente documental de Oasis, Supersonic, que recoge la etapa dorada (y relevante) de los hermanos Gallagher y concluye en la cima de su carrera, este Porcelain sitúa su acción en los años en los que Moby era un verdadero pionero de la electrónica. Y justo cuando empieza a trabajar en el disco que lo lanzó definitivamente al estrellato, ese Play que contiene la canción que da título al libro, el relato termina abruptamente. Es un acierto rotundo, porque es el Moby que pasa penurias para llegar a fin de mes, el de que se recorre media ciudad para llegar a tiempo para rellenar su solicitud de empleo como DJ en un por entonces nuevo Mars o el que rebusca de entre sus bolsillos para reunir las monedas necesarias para comprar el último single de importación en Vinylmania o Dance Trax (donde se codea con Frankie Knuckles o Junior Vasquez), el que nos interesa.

Porcelain está escrito con mucha gracia y fluidez y, a pesar de sus casi 500 páginas, se puede leer en un fin de semana de lectura ávida gracias, también, a que está trufado de anécdotas que harán las delicias de los amantes de la electrónica y la cultura popular en general. Moby tiene una memoria prodigiosa, tanto a la hora de recordar capítulos de su vida más anecdóticos, como para rememorar los encuentros con estrellas. Es generoso a la hora de recuperar escenas como la que destroza con su mezcla los rapeos de un D.M.C. en la cresta de la ola con Run-D.M.C., de cómo Aphex Twin “le criticaba y acusaba de no ser un auténtico artista de música electrónica por tocar la guitarra en el escenario”, de su encuentro con un Jeff Buckley entonces desconocido que tocaba en cafeterías, de la noche en la que conoció a Madonna y le negó el saludo pero le dijo que “tenía mucho talento”, o de cómo se puso a hablar de propiedades inmobiliarias con David Bowie después de un concierto suyo y de Nine Inch Nails.

Más allá de lo estrictamente musical, a Moby se le conoce por ser un vegano y, en menor grado, por su profundo cristianismo y sus intermitentes problemas con el alcohol. En las primeras 250 páginas de Porcelain es abstemio y no se cansa de repetir lo curioso del contraste de una persona como él que “trabajaba en clubes animados por las drogas”. La manera en la que transmite esta filosofía de vida straight edge es tan encomiable como contagiosa, como también la idea que introduce de la superioridad que sentía respecto a la gente alcoholizada. Después de ocho años sin probar una gota de alcohol y tras la ruptura con una de sus parejas decide volver a amorrarse a la botella y, lo que muchos hubiesen agradecido para animar el relato, finalmente es un escollo. Es a partir de la segunda mitad del libro en la que la narración se vuelve repetitiva y algo tópica de tanto sexo, drogas y rock and roll electrónica. El único defecto destacable en unas memorias, por otro lado intachables.