A propósito de la exposición “Punk: sus rastros en el arte contemporáneo” el Centro de Arte 2 de mayo organizaba hace algunos días una intesa jornada de conferencias, performances y conciertos. Allí se pudo ver y escuchar al escritor y activista cultural Servando Rocha, autor (entre otras muchas joyas) de aquel “Nada es verdad, todo está permitido” y que acaba de publicar “El Ejército Negro. Un bestiario oculto de América”.

Quien esté pensando en los punks de crestas y tachuelas, se puede ir olvidando. Ni perros ni vidrio, por supuesto, pero además estás obligado a dejar la mochila en taquilla. No es una exposición sobre el punk –ni mucho menos punk- sino a partir del punk. Allí lo más punk fue la puntualidad con la que empezaron los actos.

La exposición permanente tiene obras plásticas y proyecciones de vídeo, muchas destacables como “Ikea or Die” de DETEXT, un mapa de Guatemala hecho de casquillos de bala 9mm. extendido en el suelo, las ilustraciones de Raymond Pettibon, hermano de Gregg Ginn de Black Flag y encargado del diseño y la estética del grupo, las muñecas mutantes de Natascha Stellmach o la lectura del manifiesto SCUM en pantalla gigante sobre un árbol genealógico del patriarcalismo. Una muestra que no deja indiferente a nadie.

A las 18.30 y en la biblioteca comenzó la jornada con la conferencia “Del Rococó al Rockocó”, un viaje intermitente a cargo de Sergio Rubira por subculturas tan distantes –y tan cercanas, según Rubira- como el dandismo, el dadaísmo y el punk. Una visión demasiado academicista pero bien explicada con un mapa de fotos de punta a punta de la sala.

Poco después llegaba el plato fuerte del día: una conversación entre David G. Torres, crítico de arte y comisario de la exposición, y Servando Rocha, escritor y, entre otras muchas cosas, fundador y responsable de La Felguera, una editorial cuyo catálogo goza de una variedad amplísima de ensayos contraculturales que indagan en temas tan desconocidos y dispares como el uso de la cábala en las obras de Alan Moore o grupos de guerrilla urbana como la Angry Brigade. Servando es un experto en vanguardias y movimientos underground europeos y estadounidenses, por muy remotos que sean, por lo que no le costó en absoluto hilar a base de anécdotas personales los diferentes movimientos predecesores y sucesores del punk hasta nuestros días frente a una treintena de personas que por la media de edad parecía la clase de un máster.

Empezó por Charles Manson, Jim Jones y el Templo del Pueblo, pasó de puntillas por su encuentro con Ben Morea, quien a su vez le habló de Valery Solanas, y no sé sabe cómo llegó hasta Bakunin para defender la figura del fan sin necesidad de alienación, pues el teórico anarquista lo era de Wagner. Y nosotros de Servando después de semejante lección. Ya terminando, mientras contaba la batalla campal que los teddys organizaron en los cines Trocadero de Londres en 1956 durante la proyección de la película “Rock Around The Clock” dio con la clave de la mitificación del punk. “¿Realmente aquellos teddy boys empezaron levantándose y rajando los asientos? Da igual, nosotros queremos creer que fue así. Como dicen en ‘El hombre que mató a Liberty Balance’,  preferimos creer la leyenda antes que la historia real”. Comunicador como pocos.

Tras esta conferencia estaba prevista una performance muy atractiva que consiste en encerrar a tocar a un grupo de death metal en la “Box sized DIE”, una caja que no llega a dos metros de ancho por alto, obra del portugués João Onofre. El experimento ya se ha realizado con otras bandas como la lusitana Sacred Sin o los ingleses Unfathomable Ruination. Desgraciadamente, la baja del batería de los Avulsed, el grupo previsto para la performance, hizo que nos quedáramos con las ganas de saber cómo suena el brutal death metal madrileño comprimido en un cubo asfixiante.

Los que sí acudieron a la cita, desde la conferencia de Servando Rocha incluso, fueron los madrileños Afilador y Wanda y la mujer pantera. Los primeros facturan un punk acelerado que venden a mil euros en su bandcamp y las segundas son un power duo irreverente y directo con himnos riot grrrl como “Sumisa insatisfecha” o “No me llames bisexual”. El sonido del vestíbulo del centro no era malo pero el ambiente era irremediablemente frío. El clima mejoró con la actuación de Juventud Juché, una banda clave en el underground madrileño actual que defiende con firmeza un post-punk influenciado por Mission of Burma o Minutemen, ideal para cerrar la velada mientras el guarda jurado pedía amablemente que fuéramos vaciando el recinto. Todo muy punk, como diría Evaristo.