• Ten Walls intenta tras varios meses en el infierno recuperar la credibilidad perdida, ya no como artista, sino como persona

El día 3 de junio Ten Walls subió a la tarima de sus redes sociales para contar una serie de chistes/historias violentamente homófobas que, puede que para su sorpresa, no solo no hicieron gracia a nadie sino que además enojaron, enfadaron y cabrearon tanto a su público como a la escena de la música electrónica (y a cualquier persona que tuviese dos dedos de frente). El rechazo de la escena fue muchísimo más rápido, riguroso y eficiente que, por ejemplo, la reacción de un partido político de nuestro país cuando acusan a uno de sus miembros por corrupción. Productores, festivales y gente del mundillo le dejaron de lado a través de mensajes, tweets y comunicados que fueron celebrados y laureados en redes sociales. Al lituano le echaron de varios festivales a los pocos días y él no tardó en cancelar el resto de las actuaciones que tenía a lo largo de los meses siguientes. Es decir, se apresuró a quedarse encerrado en casa porque estaba claro que tenía que pensar un poco acerca de qué significaba lo que acababa de decir y por qué había cabreado y herido a tanta gente. Es evidente y nos puede resultar obvio lo absurdo de su comentario y por qué está mal, pero todo el entramado posterior es más complejo de lo que parece (incluso el por qué alguien hace un comentario así).

Con el anuncio la semana pasada de su regreso (del que hablaremos), y tras varios escabrosos meses de por medio en los que ha ido lanzando mensajes de arrepentimiento y disculpa, es momento de darle al pause, calmar un poco las emociones (tanto de aquellos que le han apoyado posteriormente en su intento de “cambio” como de aquellos que siguen calumniándole a diario) y pensar a fondo acerca de qué significa meter la pata de esta manera (y no de otra, porque hay muchas maneras de cagarla), en nuestros tiempos (la era del share, el troll y el viralismo de pro) y en cómo se sobrevive después de eso (y en cómo lo está intentando él a día de hoy). Porque, a menos que se le decapite o encarcele (que sería como volver en versión “mundo al revés” a, por ejemplo, la Inglaterra de hace tan solo 50 años) Ten Walls sigue y seguirá estando entre nosotros. Además, según parece, continúa con ganas de hacer música y, por ahora, el primer colectivo que comparte y baila su música es el núcleo duro al que humilló: la ONG Nacional LGBT de Lituania. ¿Marketing? De esto también hablaremos.

 

¿Cómo se atreve un artista influyente

a lanzar un mensaje tan delirantemente homófobo?

Lo primero que me llamó la atención fue la tremenda autoconfianza del mensaje, el tono burlón, como si diese por sentado que lo estaba contando ante un público afín. Es decir, como si él y nuestro Torrente estuviesen de charla en algún after de mala muerte y, tras reírse de un par de tíos con “pinta de nenas”, se engorilasen los dos a compartir anécdotas de cachondeo sobre “los desviados”. Esto nos puede llevar a pensar que, o bien nunca antes había hablado de ello (con lo que dudosamente tendría esa confianza socarrona) o bien ni tan siquiera se había planteado que “los gays” no son un concepto abstracto de gente “ajena” que anda por ahí (como los negros, los inmigrantes, etcétera), sino que son personas reales y también se encuentran entre sus seguidores, colegas de profesión o de los organizadores de los festivales que le contratan.

Cuando un solo sujeto pertenece a un colectivo al que menospreciamos, intentamos justificarlo como la excepción (así no se resquebraja nuestra cosmovisión prejuiciosa), de ahí gilipolleces como “para ser mujer, no conduces tan mal” o “para ser catalán no eres tan agarrao” o, en otros términos menos killers, “por ser de ciencias sabes bastante de cine”. Ante nuestros ojos, el caso de Ten Walls es tan extremo como lo sería presentarse con una bandera de Corea del Norte liada en la cabeza ante un control de aeropuerto para entrar a Estados Unidos y esperar, con ello, un cálido abrazo. O más estúpido, si cabe.

Ten Walls: el crudo resurgir mediático del artista antigay

 

Son bonitos los comentarios en los que se relacionaban sus palabras con las declaraciones homófobas de Putin, como también es emotivo apelar a los orígenes de la electrónica para destacar en negativo (más si cabe) el posicionamiento de Ten Walls. Consideremos aquí 2 puntos al respecto:

 

1. La situación de los gays en Lituania (no hace falta ir a Rusia)

2006: Una encuesta de la Unión Europea revela que solo un 17% de la población aprueba el matrimonio homosexual y que un 12% está a favor de que las parejas gays puedan adoptar hijos.
2009: Una encuesta mostró que apenas un 16% aprobaba la celebración del Día del Orgullo Gay y que, más allá de eso, que un 81,5% veía la homosexualidad como una enfermedad y una perversión.
2012: un estudio señaló que solo un 10% de los lituanos consentía las parejas gays, un 7% los matrimonios del mismo sexo.
2013 (sorpresa): el mismo estudio revelaba que las cifra bajaba a un 7% y un 5% respectivamente.
2011: En el censo del país, solo 24 hogares se declararon como parejas del mismo sexo.

 

2. Se pueden desconocer los orígenes culturales de la electrónica y hacer buena electrónica

Personalmente (y sé que también es así para muchísimos seguidores de la electrónica) ha sido muy importante el hecho de ir conociendo cómo era el contexto socioeconómico que dio pie a la electrónica en Estados Unidos (Detroit y Chicago) y, posteriormente, el que había en Inglaterra y Alemania cuando los primeros sonidos cruzaron el charco. Por desgracia, los estudios culturales del pasado de la electrónica no son obligatorios para comprarte unos cacharros y comenzar a producir, como tampoco es obligatorio saber inglés para presentarte a presidente del Gobierno. Y, peor aún, que a la gente le dé igual y ganes las elecciones con mayoría absoluta.

Estos dos puntos pueden llevarnos a entender quién podía ser el público al que se dirigía Ten Walls (gran parte de su país) y el por qué pateaba los orígenes de la electrónica con tanta soltura. Llegados hasta aquí se me ocurren dos focos de debate interesantes: la persistencia mayoritaria, ridícula y absurda de la homofobia en muchos países de Europa (y, obviamente, más allá de ella) y, por otro lado, el tema del machismo en la escena electrónica. Como apunte, Ellen Allien ha afirmado en repetidas entrevistas que solo le preguntan “cómo es eso de ser una mujer dj” cuando sale de Alemania y dice que, en la escena en la que ella se forjó la tolerancia e igualdad era tal que ni tan siquiera se consideraba esa diferencia (el Berlín de los noventa).

 

“Estás muerto, tío, púdrete en el infierno”

 

Es difícil saber si mandarías al infierno y con estas palabras a un buen amigo que te ha hecho una muy mala jugada, pero lo que sí es más probable es que no llamases “tío” en los comentarios del muro de Ten Walls antes del 3 de junio. En positivo, claro, al estilo “cómo mola este tema, tío”. Es decir, de golpe y porrazo, la gran mayoría de comentarios hirientes, amenazadores (“no vuelvas a tocar en mi país, colega, tienes mi odio”) se dirigían personalmente a él, a modo de bronca y vacile, devolviéndole un rechazo con contundencia y con hostilidad crecientes.

Sin entrar a juzgar el clásico “ojo por ojo, diente por diente”, que penosamente utilizan desde los gobiernos occidentales para declarar guerras absurdas hasta los conductores que se han puteado entre sí en la salida de un semáforo, es obvio que Ten Walls vio que algo había hecho mal. Muy mal. Porque no es raro pensar que la mayoría de artistas quieren a su público (aunque de diversas formas y expresándolo de muy diversas formas), como tampoco lo es pensar que entre artistas, promotores o managers hay afinidades o amistades. Y Ten Walls los tenía, hasta que se quedó solo.

Si consideramos lo que acabamos de plantear, no es difícil hacer una ecuación simple con un resultado que nos permitirá seguir avanzando. Mensaje homófobo + ignorancia de tu entorno + repudia pública por lo que has dicho= choque de realidad

 

Un error chapucero y una rectificación a considerar

 

Lo más cutre de sus anteriores mensajes de disculpas (ha habido hasta 3) fue el afirmar que “lo que dije es algo que no pensaba realmente”. A mi modo de ver, este es el mayor patinazo que ha hecho hasta la fecha (una vez lanzado el bombazo) y el lugar común menos creíble en el que se puede caer. Porque, como hemos afirmado aquí, la seguridad y el aplomo con el que mandó el mensaje denotan una clara firmeza en esas convicciones (contó una retahíla de anécdotas chungas que solo recordarías si, en efecto, significan algo para ti, como que los gays son lo peor). Sin embargo, ello no quiere decir que se hubiese planteado seriamente y hasta las últimas convicciones la solidez de sus convicciones, a saber, que los gays deben ser eliminados de la tierra.

Ten Walls: el crudo resurgir del artista antigay : Beatburguer
El primer intento de Ten Walls para calmar los ánimos.

Lo vemos frecuentemente, y quizás en especial en las redes sociales, el cómo se emiten juicios de valor taxativos y que la persona tiene asumidos como tal sin tan siquiera haberse parado a intentar desmontar sus propios argumentos para validar su veracidad. Recuerdo con nitidez una idea algo extendida que merodeaba en las épocas de bonanza en España: “El PP es peor, pero en Economía es mejor”. Sobran comentarios al respecto y, si vives rodeado de gente que piensa algo parecido, posiblemente eso ya te parezca suficiente para seguir creyendo semejante chorrada. Lo más positivo que puede ocurrir en estos casos es que alguien se tome el tiempo de desmontar semejante aberración (empezando por “¿qué significa mejor en términos económicos?”) y plantee la situación con la complejidad y rigor necesario. Lo sorprendente es que, en muchas ocasiones, ese juicio de valor va más en contra nuestra que a favor (la afirmación acerca de las bondades del neoliberalismo popular en los anteriores mandatos las hacían, en ocasiones, trabajadores cuyos derechos laborales iban diluyéndose mes a mes pero que, solo por tener trabajo y haber logrado una hipoteca, consideraban inapelable esa supuesta ventaja en el pensamiento económico dominante).

Ten Walls: El crudo resurgir mediático de un artista antigay : Beatburguer

La segunda ronda de disculpas es como una versión extendida de la primera, con una declaración de intenciones añadida.

 

Volvamos a nuestro caso: si Ten Walls hubiese sido consecuente con su homofobia anteriormente (de forma visceral y paranoica, como cualquier tipo de fobia), quizás no hubiese pinchado en un festival como Berlin Festival, en la misma edición en la que había un barco del amor del colectivo de LGBT del Schuwz o pases de películas del Queer Film Festival Berlin. Quizás le habría preguntado a Tiga, entre camerinos, “oye, ¿por qué te maquillabas tanto de joven, estás bien de la cabeza?”. O quizás hubiese buscado enfermizamente en Google los datos de sus referentes de Chicago y Detroit que eran gays para dejar de pinchar su música y evitarles a toda costa. Siendo muy rebuscados, podríamos decir que todo esto lo pensaba en secreto pero que, sencillamente, por motivos de dinero, se tragaba sus palabras y pinchaba donde le dijesen. Pero, por la misma regla de tres, el muro de su Facebook seguiría inmaculado, lleno de shares, likes y mensajes de gente alabando su trabajo y no hubiese dicho nada a sabiendas de la que le podía caer (y el dinero que podría perder, ya nos vamos acercando al tema del marketing).

Si tus amigos, tus fans y tus colegas de curro te mandan a la mierda ante algo que has dicho de golpe y de lo que estabas, no solo seguro, sino orgulloso y convencido de que sería recibido con gran aprobación, el choque de realidad es evidente. Si la imagen que tenemos de nosotros mismos suele sostenerse a través de los círculos con los que te comunicas y con los que te identificas, quedarte solo tiene que obligarte, como mínimo, a preguntarte quién coño eres y qué has hecho para quedarte

solo.

La súplica por una nueva oportunidad

(y la necesidad de una respuesta)

 

Cuando la semana pasada Ten Walls sacó un single descargable a través de la Organización por los Derechos LGBT de Lituania era obvio que la polémica estaba servida. El tema es cantado y no habla de fútbol, sino precisamente de cómo levantarse y tirar hacia delante cuando te has metido una buena torta. Es naïf y tiene un aire pretencioso (y varios lugares comunes), pero hay dos rasgos interesantes, y uno de ellos no se ha mencionado en absoluto. El primero es que el cantante transexual, Alex Radford, ya había colaborado con él anteriormente cuando Ten Walls usaba el nombre de Mario Basanov. En vez de darle la espalda para siempre tras su declaración homofóbica, ha puesto la voz al nuevo track. Y el segundo punto interesante (además de lanzarlo a través de una organización combativa y reconocida que tampoco le ha dado la espalda) es que Ten Walls no ha cambiado de alias, sino que asume la enorme mancha ideológica que él mismo se hizo y es previsible que en breve vuelva a producir temas siguiendo una línea anterior.

Llegamos aquí a otro punto clave respecto a su errática trayectoria después de junio. ¿Qué hacer cuando la has cagado así? Un amigo me comentaba que había sido muy obvio con lanzar el track Shining de la semana pasada, que intentaba ir de bueno y sensible siguiendo el juego. Otros le llamaron marketing. Entonces pensé qué es lo que se habría dicho si hubiese sacado un tema electrónico como los que lanzaba habitualmente: “ahí va Ten Walls de nuevo, intentando hacernos ver que no ha pasado nada”. O si hubiese cambiado de alias (vaya, ¡así se piensa que es suficiente”). En otras palabras, haga lo que haga siempre tendremos motivos para criticarle y sospechar de la honestidad de sus acciones presentes y futuras. Y puede que, ahí sí, caigamos nosotros en la intransigencia que por otro lado atacamos con fervor.

Por fortuna, Ten Walls abrió la boca y el mundo entero le metió tal bronca que se ha visto obligado a cambiar. Lo mejor que podríamos esperar es que todos aquellos que todavía piensan que los gays son escoria lo digan bien alto para que podamos callarles la boca y meterles una sacudida para que entren en razón. O que, aquellos que lo pensaban y vieron el caso de Ten Walls, en vez de seguir callados y disimular, se tomen en serio el asunto y vean la necedad de sus creencias. Que Ten Walls se haya acercado al colectivo al que hirió cruelmente es una reacción más frecuente de lo que parece, especialmente en las historias que tienen un final un poco más feliz. La mayoría de organizaciones que sensibilizan acerca de una enfermedad está formada por personas que, ya sea directa o indirectamente, se han visto afectados por la misma. No es raro que el círculo cercano de una persona que muere por cáncer de pulmón, deje de fumar. No es extraño que un exadicto a las drogas trabaje en un centro de desintoxicación o en alguna ONG que intenta atajar el problema, o que sencillamente se entristezca cuando ve a algún chaval deambulando por la vida drogado hasta las cejas.

Ten Walls: el crudo resurgir del artista antigay : Beatburguer

 

La obra maestra The act of killing, dirigida por Joshua Oppenheimer, demuestra cómo se puede vivir como el rey del mambo siendo un criminal, hasta que una arcada vital te recorre las entrañas. Pero presenciar entre todos cómo el otro se ahoga en su propio vómito abriría otro capítulo igual de interesante y complejo: la reflexión acerca de los límites que ponemos a la pureza de nuestra integridad y empatía ante los errores, las creencias y las estupideces que cometen los que navegan por la vida presos de la ignorancia. Porque, si no se amplía y enriquece el debate ante casos así, corremos el riesgo de convertirnos en esos personajes planos y facilones que nunca cambian a lo largo de la película. Perdón, he cometido un error, si esos personajes existiesen y fuesen los protagonistas, el cine, la literatura y la música perderían su razón de ser, dejarían de ser humanos.

Texto de Vanity Dust.