Dos años después de su concierto en el Poble Espanyol y transcurridos casi quince desde su última actuación en Sónar, Björk reapareció anteayer en Barcelona protagonizando una jornada inmersiva y casi monográfica sobre su propia figura, en una demostración más de su espíritu iconoclasta y polifacético. La artista regresaba a la Ciudad Condal por partida triple: exposición retrospectiva en el CCCB, charla en Sónar+D y un DJ Set de nada menos que cuatro horas para inaugurar la cita anual clave de la electrónica “avanzada” en una edición marcada por el rotundo eclecticismo de su programa artístico. Lo hizo bajo el azote de un clima tropical propio de las junglas más exóticas, en consonancia con la escenografía especialmente frondosa escogida para la ocasión.

Ajena al sofoco generalizado, la islandesa irrumpió en el oscuro SonarHall a las ocho de la tarde ataviada con telas blancas aparentemente engorrosas, protegida por un voluminoso sombrero y sin dejar un milimetro de su cuerpo al descubierto más allá de lo imprescindible para liberar su intrépida y variopinta selección musical: la mirada y las manos. “¿Nos la estarán colando y no es ella?”, se escuchó más de una vez entre el murmullo. Todo parecía tan Björk que la pregunta se hizo hasta insultante, y quién sabe si precisamente el aparecer oculta entre densa vegetación y vestimentas, dificultando el campo de visión a quienes escogieron el ángulo equivocado, no es precisamente una crítica a la inexistente privacidad del artista en la era de las Instagram Stories. Y es que en esta ocasión, la artista no venía a ocupar el centro del escenario ni a desnudarse emocionalmente como hizo en 2015 con las canciones de Vulnicura, su visceral útlimo álbum de estudio, sino a compartir su librería pesonal de canciones a cargo de terceros.

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Camuflada entre la artificial selva amazónica, reflejo de su personalidad tan terrenal como alienígena, la introducción al show fue literalmente como la calma que antecede a la tempestad: la artista arrancó con unos sencillos acordes de piano –que acompañaron en todo momento a su selección durante el primer tramo del espectáculo–, samples que emulaban graznidos de pájaros y progresivos cánticos a medio camino entre lo tribal, lo eclesiástico y lo fantasmagórico. Con todo, la paz fue absoluta frente a lo que vendría poco más tarde. Para alegría y ovación del público, pronto empezarían a sonar los primeros arreglos de Anoche, de su productor y colega Arca, artista central de la jornada de ayer jueves en Sónar by Day, tras la publicación de su magnánimo disco homónimo vía XL Recordings. Tal demostración de admiración hacia el histriónico y visionario Alejandro Ghersi no fue puntual, llegando a recuperar varios temas de su siniestra etapa anterior como Vanity y Snake, pertenecientes al chirriante y sensorial Mutant, como prueba irrefutable de lo cómoda artísticamente que se siente entre sus brazos actualmente.

El protagonismo de la world music también fue esencial a lo largo de su heterogéneo discurso como DJ: letras, ritmos y melodías exportadas de países árabes, hindús, orientales y africanos configuraron buena parte de un repertorio que no pretendía definirse o alcanzar un resultado cohesivo sino que se caracterizó sobre todo por la riqueza de lo híbrido al conformar un collage multiétnico en el que tuvieron cabida nombres como Awalom Gebremariam, Oumou Sangaré, Sanam Marvi o Abida Parveen, por citar solo algunos. Cabe remarcar que las cantantes y compositoras predominaron respecto a los autores masculinos, en la línea de las prédicas de la selectora contra la discriminación de género en el mundo de la música, y los homenajes a mujeres se sucedieron aleatoriamente: del art rock de Kate Bush al R&B electrónico de Kelela, pasando por los sonidos pop de Ariana Grande y una remezcla de Bitch Better Have My Money de la mismísima Rihanna, la ausencia de prejuicios quedó fuera de cualquier duda.

Tampoco olvidó Björk su vertiene más cercana al IDM, el ambient, el dubstep y las deconstrucciones más futuristas, alucinógenas y experimentales, con la que nos ametralló durante largos pasajes de la velada a golpe de artistas como Oneohtrix Point Never, Vessel, Odeko, Lanark Artefax, Compton White y 16bit; su obsesión por el R&B más sedoso y poliédrico, además de ramalazos afrobeat y dancehall, a los que se entregó con referencias como Serpentwithfeet, Jeremih, Brandy, Afro B, Bace y Tekno; o una clara voluntad de convertir la cita en una verbena con una versión india de I Will Survive e incluso un antiguo mashup de Enya versus Prodigy. Como guiño local, hacia el final también cayó Bombay, himno atemporal de El Guincho con el que Björk corroboró que lo suyo es de otro planeta y que con la única ayuda de GarageBand nos puede hacer bailar tanto o más que un pinchadiscos experto en la materia y entrenado en la técnica. En definitiva, la reina de la jornada inaugural de Sónar supo plasmar lo que el cartel de la 24 edición del festival barcelonés clama a gritos: en la diversidad está la gracia. Un mensaje que, en los tiempos que corren, es absolutamente necesario.