Cuando mi novia y yo sumergimos nuestro cuerpo en el sofá y nuestro cerebro en The Handmaid’s Tale, caigo siempre en la tentación de observar sus reacciones por el rabillo del ojo. Una ola de malestar se adueña de sus respuestas; su respiración se intensifica; su expresión se entrega a una microgestualidad involuntaria de repugne y horror…

La nueva serie de Hulu, disponible en HBO España, es en esencia una historia de horror distópico, pero juega con unas variables extremadamente candentes para esta era de debates morales encendidos, hipersensibilidad feminista y resurgimiento de la extrema derecha. Lo toca todo. Y lo toca tan bien que produce pavor.

Basada en la célebre novela de Margaret Atwood, la serie se apoya en la voz en off de la protagonista y escinde la narración en dos líneas temporales, pasado y presente, para que podamos entender las causas que han hecho estallar un golpe de estado puritano en Estados Unidos, y han convertido la Tierra de la Libertad en una teocracia totalitarista y patriarcal.

La humanidad sufre una plaga de infertilidad que muchos asocian a un castigo divino. Después de la revolución patriarcal, las pocas mujeres con el don de concebir son convertidas en simples úteros de usar y tirar; concubinas sin derechos; marionetas condenadas a servir en la dependencias de familias importantes y a ser violadas repetidamente por el hombre de la casa, que se apodera de los retoños que engendran. Las mujeres fértiles se conocen como criadas, padecen una represión castrense y están obligadas a llevar un atuendo distintivo que produce escalofríos: túnica roja y cofia blanca. Nuestro burka.

El orden anterior tergiversado de un plumazo. Un infierno fascistoide instaurado en nombre de Dios. Está pasando lejos de nuestro pagos; lo hemos visto muchas veces, cómodamente, desde la distancia. Por eso es fácil sentir el gélido aliento de esta distopia en el cogote. Porque The Handmaid’s Tale se salta esa distancia otrora infranqueable y trae el horror a la misma puerta de occidente.

Así pues, acojona que durante el visionado de la serie, no te parezca tan descabellado que nuestro sistema de valores se venga abajo en estos tiempos de esquizofrenia política y que la represión a la mujer alcance las cotas de horror de los peores regímenes integristas. Estados Unidos tiene un comandante en jefe que agarra a sus interlocutoras por el coño. Rusia está dominada por un loco misógino y homófobo que se fotografía sin camiseta en la tundra. Algo empieza a oler a mierda en Europa. The Handmaid’s Tale es una advertencia muy seria. Y eso la hace todavía más peligrosa y atemorizante.

También contribuye a la sensación de malestar que el espectador viva los acontecimientos a través de la mirada huidiza de Defred, una criada maravillosamente interpretada por Elisabeth Moss (Peggy Olson en Mad Men). Tienes que estar curtido en los Navy Seals para no conmoverte y no identificarte con las penurias de la protagonista, una mujer que meses atrás tenía una vida normal, era moderadamente feliz y daba su independencia por sentada. Una mujer que de golpe y porrazo, nunca mejor dicho, se ve convertida en un trozo de carne en un nuevo orden social represor.

Bruce Miller y Ilene Chaiken han sido los encargados de adaptar el texto original, con la supervisión de Margaret Atwood, lo que debería ser una garantía para los fans más puntillosos de la novela. Sin tener en cuenta la fidelidad al original, sin cotejar libro y adaptación, me parece que la serie está magníficamente escrita y practica muy bien el perverso juego de inocular respuestas en cuentagotas en el sistema circulatorio del televidente a golpe de flashbacks. En los tres primeros episodios colgados en HBO España, descubrimos solo la punta del iceberg del cataclismo, y eso hace la trama todavía más proclive a generar cuadros de adicción severa. Lo capítulos son tan buenos que saben a poco.

Asimismo, el relato llega a la pantalla con un envoltorio estético irreprochable. La fotografía es elegante, delicada, inmersiva; las imágenes de las mujeres con túnicas rojas producen un dulces desasosiego que se queda en el paladar; el choque entre las atmósferas puritanas (las casas a los poblados amish) y las referencias actuales (la magnífica banda sonora, las menciones a Tinder) es alpiste de calidad para el espectador.

Todo funciona en esta distopia feminista. The Handmaid’s Tale podría ser uno de los mejores capítulos de la historia de Black Mirror, pero afortunadamente tendremos hasta 10 rounds de 45 minutos para disfrutar de la golpiza. Confieso que no he leído el libro, pero solo pienso en devorarlo cuando tenga uno días libres. No puedo imaginar mayor loa para una ficción televisiva. Por cierto, a menos que lea este artículo y se sienta incómoda, seguiré observando de reojo a mi novia cuando veamos los próximos capítulos… Así de buena (y aterradora) es esta serie.

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