Si como artista se pueden tener varias vidas, Rune Reilly Kölsch es de los que ha perdido la cuenta de tantas como ha tenido. Posiblemente, muchos de nosotros, de adolescentes, bailamos sus hits como Rune RK sin tener la menor de que años más tarde el mismo hombre nos embaucaría de nuevo para llevarnos a otro nivel. Kompakt se fijó en su trabajo cuando firmaba como Ink And Needle y de ahí surgieron los primeros tracks que abrían la etapa que a día de hoy seguimos bailando. Recuperados del bombazo de su primer álbum “1977”, el artista danés saca “1983” y nos invita a la pista de nuevo, como si fuese la primera vez.

Hablamos con Kölsch sobre su largo viaje como artista, sobre los viajes que hizo de pequeño y que inspiraron “1983”, de budismo, ciencia-ficción, de su gira en América Latina y de por qué es de los que prefiere pinchar sin usar el mágico sync.

Has tenido muchos alias para producir, muy diferentes entre sí, en algunos casos parecen casi opuestos. Del hit del verano a un sonido mucho más personal y complejo como el que estás haciendo ahora como Kölsch. La reacción a tu primer álbum como Kölsch, “1977”, ha sido enorme. La sensación de las reacciones parecen afirmar que Kölsch “debe seguir por esa vía”, que este es el sonido con el que merece la pena que te quedes. ¿Cuál ha sido el camino que te ha llevado a tu sonido actual, al Kölsch de ahora?

Ha sido un viaje muy largo. Como dices, he tenido muchos alias y he hecho cosas muy diversas. Desde siempre he tenido un gusto muy amplio en cuanto a la música y me fascina producir diferentes tipos de sonidos, aunque mis raíces están en el techno, en el Detroit y Chicago de los noventa.

De hecho, tu alias Ink And Needle, de mediados de los 2000, tiene bastante de techno melódico. Es investigar tus producciones anteriores y encontrar a Rune en casi todos los lugares.

Me parece muy interesante hacer trabajos que suenen más “radio”. Técnicamente es todo un reto producir una canción que funcione y suene bien como “radio edit”. También he hecho de ghost producer para mucha gente, y algunos artistas muy grandes. Pero creo que sin todas las experiencias anteriores no habría sido capaz de lograr el sonido Kölsch actual. Siento que he terminado con todos mis alias anteriores, lo único que estoy haciendo ahora es Kölsch y eso es lo único que quiero seguir haciendo. Creo que finalmente he encontrado mi lugar desde el que experimentar y expresarme musicalmente.

Este recorrido me recuerda al que podríamos encontrar, por ejemplo, en la relación entre periodismo y literatura. Hay escritores que nunca trabajarían como periodistas y que ubican ambas profesiones como algo totalmente diferente. Pero, según como se mire, el trabajo de periodista, pongamos en una redacción, exige manejar temas muy diferentes en poco tiempo y con el máximo rigor y aprendiendo el lenguaje concreto de cada noticia tratada. Eso, con el tiempo, te aporta una serie de habilidades que puedes usar a tu favor si decides “pasarte a la literatura”.

Sí, todo es cuestión de experiencia. Las producciones comerciales han evolucionado de tal forma que ahora sé cómo lograr que un tema suene exactamente como quiero que suene. Casi no tengo ni que pensarlo, del punto A al B sé cómo producir para que suene bien en un club y ese conocimiento es fundamental.

Uno de los sets que más me han impactado en los últimos años fue el que hiciste en Panorama Bar, que ya es uno de los mitos de SoundCloud. Por aquel entonces salía tu anterior álbum, “1977”, que fue un bombazo. Cada vez que escuchaba alguno de los temas en un club o en un festival la gente reaccionaba viniéndose arriba. Ante la llegada de tu nuevo álbum, “1983”, que recién acaba de salir, las expectativas eran máximas. Tengo la sensación de que incluso la presión o cuestiones alrededor del lanzamiento eran complicadas para ti: ¿Será tan bueno como el anterior? ¿Logrará hacer algo nuevo? En tu caso, esta cuestión es un poco extraña, porque antes de ese álbum ya habías hecho cientos de cosas…

Es divertido que lo plantees así, porque son cuestiones que me han hecho mucho recientemente. Como artista, no está realmente en tus manos, no puedes decidir el éxito, solo hacerlo lo mejor que puedas y luego es la gente la que decide. Durante un tiempo estuve pensando mucho acerca de qué debería hacer con el nuevo álbum. Finalmente decidí hacer exactamente lo que hice con el primero: la mejor música que soy capaz de hacer en este momento. Como artista, a veces este tema se vuelve muy complicado: lo que quieres es dar lo mejor de ti, pero cuando introduces factores del tipo “cómo conseguiré que sea un éxito” o empiezas a comparar lo que haces con otros trabajos, pierdes el foco de tu intención: hacer música tan buena como te sea posible, sin tener en cuenta lo que hiciste ni lo que harás.

¿En qué cosas consideras que en “1983” sí has mejorado o que has logrado hacer evolucionar respecto al anterior álbum “1977”?

El nuevo álbum gira sobre otro concepto diferente del de “1977”, que evocaba mi infancia. “1983” es un álbum inspirado en el viaje. Fue en el año 1983 cuando viajé con mis padres en nuestro coche viejo y hecho polvo desde Copenhague hasta el Sur de Francia para ver a otra parte de la familia. Los viajes duraban varios días, y durante ese tiempo escuchamos mucha música, cosas que le gustaban a mi madre o a mi padre. Cuando parábamos y dábamos una vuelta también escuchaba mi propia música. Más tarde descubrí que esos años fueron muy importantes en mi desarrollo musical, esa sensación de ver las cosas pasar escuchando la “banda sonora” que tú has elegido. También está el factor de que viajábamos del frío norte al caluroso sur. Era como un viaje del invierno al verano, me parecía muy bonito. Quería hacer un álbum que reflejase estas sensaciones: el movimiento físico de desplazarte de un lugar a otro, pero también el que transcurre cuando creces y vas convirtiéndote en adulto. Desarrollas tu gusto musical, eliges las cosas que te representan y comienzas a preguntarte quién eres como ser humano y cuál es tu personalidad.

La vía con la que intenté plasmar todo eso en el álbum, además de la propia producción, fue darle más contenido de “directo”. Las cuerdas y los pianos se han “regrabado” del trabajo que ha hecho Gregor Schwellenbach. Los plugins, demos y otros materiales se los mandaba y él los tocaba en directo y me los devolvía, de este modo tomaba un matiz más natural. Gregor tiene un talento asombroso y tuve la oportunidad de hacerlo con él.

Me interesa mucho esta idea del nuevo álbum, “1983”, acerca de los viajes que haces en esa época en la que entras en la adolescencia. Mis padres solían viajar mucho de jóvenes y es algo que siguieron haciendo conmigo. Podríamos decir que en su época fueron de esos primeros hippies que con la primera apertura de España en los setenta pillaron el coche y se lanzaron a recorrer Asia durante meses. Para llegar a la India cruzaron, por ejemplo, Afganistán, y aunque ahora parezca increíble en ese momento les recibían en los pueblos como invitados de honor. Les abrían las casas, les llevaban a los palacios…

¡Mi padre hizo exactamente lo mismo! Él tocaba en una banda y fue a la India a través de Afganistán y me contaba historias de lo bonito e increíble que era el país y la riqueza de su cultura… Terminó en el Nepal y el Tíbet, y ahí encontró el budismo. ¡Es buenísimo que tengamos la misma historia!

Totalmente. En cuanto a los viajes familiares, creo que también hay un paralelismo. En mi caso fue en los noventa, unos diez años después de 1983. La sensación que tengo ahora si pienso en esos largos viajes alrededor de Europa (Francia, Holanda, Bélgica) es más compleja de lo que podría parecer. Por un lado, no tenías que preocuparte de lo básico: no sabías dónde dormirías ni dónde comerías, pero tus padres lo resolvían por ti, lo encontraban todo. Así que me recuerdo a mi mismo estando en el asiento de atrás con mucho tiempo por delante y poco que hacer: no había internet ni móviles. Leía, jugaba a la GameBoy… Pero también pasaba horas mirando por la ventana, viendo pueblos y gasolineras y campos pasar sin saber muy bien qué hacer con ello. Había como un espacio mental que ocupar durante todas esas horas pero era demasiado joven para saber cómo hacerlo. No sé si eso tiene algún sentido para ti y la idea en la que te has basado para hacer 1983…

Absolutamente, es exactamente lo que quiero decir. Es un viaje en el que como niño tienes que desarrollar tu mente. Sin darte cuenta, observas mucha gente diversa y otras culturas. Cambia la música en la radio, los lugares… Y todo eso te moldea como persona.

¡Y yo también! Además, por otro lado, tus canciones sí me sitúan en sentimientos que he tenido más adelante, ya en mis veintes. Concretamente, a situaciones que han sido relevantes e importantes en mi vida, y tampoco las que han sido totalmente positivas. Imagina un encuentro inesperado con un antiguo amor en París, en el que pasas toda una noche contándote todo el tiempo que no os habéis visto y lo que ha ocurrido desde la última vez. La química es total, la intensidad es máxima, pero llega el amanecer y tienes que regresar a Barcelona. Te despides aceleradamente y cuando te quedas solo caes en la cuenta de que ha sido una noche única y en un instante la intuición te dice que eso que acabas de vivir te ha cambiado y nunca volverá a suceder. Para mí, eso es “Loreley”, tu canción del álbum “1977”.

Sé a lo que te refieres. El tema que saqué el año pasado llamado “Papageno” está basado en esta sensación que comentas. Hace referencia a la “Flauta mágica” y a lo que sentí cuando la fui a ver cuando era pequeño con mis abuelos en Alemania. Yo era una chaval hippie, con el pelo largo, la chaqueta de piel… Durante la canción de “Papageno” me di cuenta de que toda la ópera me estaba mirando. El lugar estaba lleno de gente de clase alta y no les gustaba que yo estuviese ahí, me veían como un outsider. Me sentí muy frustrado con eso, al mismo tiempo que sentí rabia. La canción ilustra justamente eso: la rabia y la toma de conciencia al mismo tiempo de esa melancolía. Lo veo como lo que tú comentas: sientes dolor y rabia, pero además, de golpe, irrumpe la tristeza. Como artista creo que es crucial trabajar con estos elementos. Es importantísimo. Los cambios de energía e intensidad, eso para mí es lo que define la vida.

¿Crees que con Kölsch, me refiero a tu alias actual y a tus trabajos actuales, has encontrado finalmente la forma para expresar y trabajar con estos momentos?

Totalmente. Creo que no hubiese podido hacerlo antes. ¡Y ha sido un proceso muy largo! Han pasado 15 años hasta que me he dado cuenta de lo que quería hacer.

Creo que todo ese tiempo explica un contraste muy real con la idea dominante a nivel mediático de lo que cuesta hacer las cosas y el tiempo que requieren. En casi todas las artes existe esa ansiedad por lograr tener éxito en una primera novela o en un álbum lo antes posible, como si tener más de 25 años y no ser ya famoso fuese una pérdida de tiempo. Todos queríamos ser Bret Easton Ellis con veinte años. Entonces empiezas a copiar y a probar cosas raras…

En la pintura, por ejemplo, si vas a una exposición retrospectiva verás que algunas de las pinturas más interesantes son los experimentos y sketches iniciáticos, cuando el artista todavía buscaba intentar expresarse y encontrar su camino. En este sentido, estoy bastante orgulloso de mi “legado”, en el sentido de que si alguien quiere entender cómo he llegado hasta mi trabajo actual puede hacerlo escuchando lo que hacía antes.

La relación con Kompakt también habrá sido importante en el desarrollo de Kölsch.

Siempre había sido un gran fan de Kompakt. En un determinado momento recibí un mail de Michael, después de los lanzamientos como Ink and Needle. Me preguntó si quería hacer algo con Kompakt. Y respondí que por supuesto, que para mí sería algo increíble. En los emails vio que mi último apellido era Kölsch y me dijo: ¡tiene que ser ese nombre!. Además, es del dialecto de Colonia, igual que Kompakt. Luego me ayudó a desarrollar el sonido y a seguir buscando algo más. Me ha estado apoyando para hacer cosas más experimentales y que no me volviese loco produciendo. Estar con un sello que te permite crear de esta manera es una experiencia que no he tenido en ningún otro sello del mundo. La mayoría se preocupa por los top 100 o los nombres de tus remixes. En Kompakt nunca han pensado en los hits, solo me han dicho “haz lo que quieras y que sea tan loco como quieras”; me han apoyado para crecer como artista, y esa libertad es la mejor libertad que puedes obtener, el camino para hacer una mejor versión de ti mismo.

A raíz de este tema me viene a la cabeza el documental breve que hizo Resident Advisor sobre Nina Kraviz, en el formato que llaman “Between the Beats”. La seguían de gira y mostraban alguno de sus momentos íntimos, como bañándose en el hotel, arreglándose antes de pinchar… Ella hablaba de la soledad que sentía como mujer al viajar tanto… etcétera. Muchos lo vieron como si se presentase como una especie de “diva del techno”, entre solitaria y estrella. Dio mucho que hablar ese vídeo, y tampoco creo que se sacase nada en claro salvo varias discusiones airadas extramusicales.

He coincidido con Nina un par de veces. Me parece una persona genial. Sabe muchísimo de música y recuerdo que tuvimos una charla sobre discos acid de mediados de los noventa y su conocimiento era tremendo. Al mismo tiempo, es una mujer guapa y hay gente que cree que eso les permite juzgarla, pero realmente es una artista que trabaja muy duro. Y, si lo piensas, que una mujer como ella viaje sola por el mundo requiere mucho esfuerzo, y para mí eso merece todo el respeto. No me importa nada su baño en el hotel, ¡es una dj increíble!

Es parecido al tema de las drogas, como si su consumo o no por parte de algunos artistas tuviese que ver con la calidad de su música.

Creo que es algo que viene asociado a la popularidad. La gente empieza a fijarse en lo que comes, en los zapatos que llevas. Es algo raro. Esa es una de las razones por las que trato de no exponer demasiado mi personalidad, exceptuando mi música. No creo que sea interesante para la gente saber qué es lo que hago en cada momento.

Me pregunto, en tu caso, cómo ha sido el salto en cuanto a giras y demandas de prensa desde que lanzaste tu proyecto como Kölsch y tu primer álbum “1977”.

He estado haciendo giras durante los últimos quince años. Pero debo admitir que ha sido algo abrumador el aumento en los últimos años. Este año está siendo extremo. Antes solían ser un par de shows a la semana, ahora unos cuatro o cinco, especialmente en verano. Pero creo que es importante para mí “tomármelo con calma”. Hacerlo lo mejor posible cada vez, no quiero pasarme de vueltas ni acabar pinchando demasiado borracho.

A lo largo de los cuatro o cinco años que llevo haciendo entrevistas a músicos y djs, rara vez me he encontrado con alguien pasado de vueltas y que está viviendo en la cresta del vicio y el dinero. La realidad es que la profesionalidad, el autocontrol y el trabajo duro suelen ser lo habitual en la gente que lleva muchos años en la escena y sigue siendo relevante. Pienso en Jeff Mills, Tiga, 2manydjs o Ben Klock, por ejemplo. Hay épocas de todo, imagino, pero en determinado momento la opción por una vida algo más pausada y mesurada, sin alimentar la leyenda del djstar, parece lo más frecuente.

Ser dj puede resultar algo tremendamente solitario. En algunas ocasiones, en apenas 20 minutos pasas de estar delante de 10.000 personas que bailan, gritan y sonríen a estar solo en tu habitación, literalmente. Tienes que acostumbrarte a esto, porque toma una tremenda energía el actuar bien delante de mucha gente. Y, al mismo tiempo, este contraste extremo con la soledad, ya sea en el hotel o en el aeropuerto, es tremendo. No es normal para un ser humano vivir con estos cambios tan fuertes. Acostumbrarse a ello es extraño.

¿Ves algún paralelismo o vínculo con esos momentos de soledad o autodescubrimiento que comentábamos de tus viajes de pequeño?

La semana pasada estaba en América del Sur, hice una gira por el continente. Estábamos sobrevolando los Andes, en dirección a Colombia. A través de la ventanilla, el paisaje era precioso. Veía esos espacios que todavía no han sido pisados por ningún ser humano.  Esa imagen a través de la ventanilla del avión me recordó a aquellos tiempos en los que me maravillaba lo que veía a través del cristal del coche.

En esos viajes de niño recuerdo también haber vivido momentos extraños, en los que el choque con otras realidades cuestionaba o modificaba, sin que fuese consciente de ello, mi cotidianidad en Barcelona. Viéndolo con perspectiva, los interpreto como señales de la complejidad del mundo y del ser humano. Algo como lo que comentas sobre el paisaje que viste desde el avión. Recuerdo, por ejemplo, que en Savannakhet, en la zona central de Laos, vi a un chico de unos 11 o 12 años fumando solo con naturalidad y paseando por el bar en el que estábamos los turistas. El chico no estaba con nadie, pero tampoco estaba triste. Aunque se veía que era pobre, parecía relajado e incluso divirtiéndose. Una situación parecida era impensable en mi entorno cercano, y no supe cómo ubicar eso en aquel momento, pero me confrontó con una realidad mucho más compleja de la que estaba acostumbrado a manejar.

Cuando ves estos contrastes te das cuenta de lo extremadamente vasto que es el mundo. Una cosa que he aprendido con ello es que el valor de la vida no es el mismo en todas partes. Si vienes de un lugar confortable como Europa y ves que, en algunos lugares, una vida humana quizás vale 100 dólares, te das cuenta del tipo de vida que tú tienes.

Una forma de atravesar y alcanzar mundos que aparentemente están separados o son muy diferentes es, sin duda, la música. He leído que para ti este potencial emocional que tiene la música es muy importante, quizás tanto o más que la vertiente intelectual.

Es curioso que comentes eso porque muchos productores de música electrónica parece que lo olvidan. La parte más importante de producir música es que tenemos la oportunidad de llegar emocionalmente a cualquier nacionalidad. Al no tener un lenguaje textual no tenemos que limitarnos a las palabras o a la letra de una canción. Solo con la melodía podemos lograr cosas poderosas. Hace poco regresé del viaje a América Latina, lugar en el que no había actuado nunca. En cada sitio en el que actuaba conocían todas mis canciones y las reconocían al momento. Me sorprendió que, de las canciones que tocaba del álbum “1977”, cada país tenía una favorita o reaccionaba más con ella. Recuerdo también que en París, Francia, estaban entusiasmados con “Goldfish”. En Holanda, durante mucho tiempo, fue “Zig”. En Alemania era “Loreley”. En Inglaterra, “Der Alte”. En cada país tenían una canción con la que sentían una mayor conexión, ¡y eso no tiene nada que ver con la letra! Pienso que esta forma de producir a través de los ordenadores es tan pura que de un modo u otro todos podemos sentirnos identificados.

Estas variaciones de sensibilidad que tiene el público respecto a tu música y que notas durante tus giras nos sitúa de nuevo en los cambios reales cuando viajabas de pequeño. Con la idea que hay detrás de “1983”.

Sí. De hecho, las demos de varias pistas de “1983” las hice mientras viajaba. Intentaba tener la idea de cada canción de manera rápida, sin pensarlo mucho. Quizás lograba, en una o dos horas, tener esa idea escrita. La dejaba reposar durante un tiempo y en los live la retomaba tocándola. Luego la ordenaba y organizaba y, si necesitaba que uno de los sonidos fuese tocado en directo por un instrumento, se la mandaba a Gregor Schwellenbach. Finalmente, lo volvía a mezclar todo. En el proceso de crear una canción encontramos estos cuatro o cinco pasos. Para mí, la parte más importante del proceso es la primera, cuando logras ese estado emocional en el que puedes concretar la idea, capturarla y fijarla rápido. Porque las emociones desaparecen muy rápido, y si no la captas en ese momento habrá cambiado en cuestión de minutos.

Hay otros lenguajes artísticos que trabajan el tiempo y las emociones de manera muy diferente, como el cine. Leí que para ti también era importante a la hora de crear, ¿de qué formas te ha influenciado?

Mi mayor influencia ha sido y sigue siendo “Blade Runner”. Siempre he estado muy metido en la ciencia-ficción. Me atrae la idea de la mezcla entre lo visual y lo acústico y me gustaría trabajar en ello algún día. Me atraen los visuales hechos a partir de la música, pero también cuando se le da la vuelta, como las bandas sonoras: de lo visual haces música. Quizás te ocurría a ti también de pequeño: cuando veías una película, te impactaba muchísimo, realmente te dejaba pensativo o te trastocaba durante un tiempo. Cuando eres adulto ya has visto muchas y es más difícil que eso ocurra, pero en ese momento podía ser lo más grande que te había ocurrido.

Además del cine, como comentábamos al inicio de la entrevista, ha habido elementos importantes que te han llegado a través de tu familia, como lo que explicabas del viaje de tu padre y su entrada en el budismo. ¿Hay algo de ello que también te haya marcado? No me refiero a que te levantes y medites cada día…

No soy una persona religiosa. Mi vía para expresarme espiritualmente ha sido la música. Pero si alguna religión o filosofía me resulta cercana esta es, sin duda, la budista. Me gusta su filosofía acerca de cómo comportarte bien y hacer cosas positivas. Y eso no es propiamente religioso, si separas la parte “espiritual” te encuentras con una filosofía de vida. Y creo que eso es muy bonito, y que en eso consiste la vida: no hagas a los demás lo que no te harías a ti mismo.

Después de “1983” y con este verano que estás teniendo repleto de conciertos y giras, ¿qué es lo que quieres hacer o en qué te gustaría trabajar?

Tengo muchas ideas en la cabeza, pero no quiero precipitarme ni acelerar las cosas. Pero hay una cosa que realmente quiero llevar a cabo, una colaboración con un gran artista al que respeto muchísimo. Será algo parecido al “dogma” en el cine, con una serie de límites. Quizás nos restringiremos a ciertos sonidos. Creo que cuando te limitas en algo sacas lo mejor de ti. Eso te obliga a trabajar mucho más intensamente con esas pocas herramientas que tienes y logras cosas que de otro modo no podrías.

Eso me recuerda a lo que ocurrió con el Acid House. En aquel momento no tenían más máquinas para hacer sonidos que la máquina Roland, y de ahí que acabasen encontrando sonidos que de otro modo no hubiesen llegado a producir.

Tuve una charla muy graciosa con uno de los grandes artistas de aquella época. Decía que no tenían más máquinas porque no tenían dinero para comprarlas. Así que no les quedaban muchas opciones, ¡aunque les hubiese encantado tenerlas!. Mucha gente piensa que el Acid tiene una intención minimalista o una pretensión artística especial, ¡pero sencillamente no podían permitirse nada más!

Ahora quizás nos encontremos en un punto opuesto. Hay muchísimas máquinas e incontables opciones, y cambiamos de equipo incluso antes de aprender cómo funcionan las que teníamos correctamente. Quizás quieres una nueva mesa de mezclas pero de entrada ni te has planteado, por ejemplo, en ver cómo se pincha sin darle al sync. 

Hay toda una discusión con el tema del sync. A mí me gusta pinchar sin usarlo, así se mantiene el componente humano, la posibilidad del error. ¡Si lo mecanizamos absolutamente todo seríamos solo máquinas!