Seguro que cuando decidieron dar fiestas en aquel sótano olvidado de Berlín, los ahora dueños de Tresor no podrían ni imaginar que décadas más tarde su club aparecería en todas las guías turísticas de la ciudad y que cada fin de semana se formarían espectaculares colas en la entrada en las que el alemán no es el único idioma que se escucha. Pero con el cartel del festival, el club ha querido rendir homenaje a sus orígenes y a quienes estuvieron involucrados en los comienzos del club: Juan Atkins, Gudrun Gut, Moritz von Oswald, Tanith… sólo ha faltado Jeff Mills para lograr la cuadratura del círculo, pero no se puede tener todo.

Si las noches de Tresor (y las berlinesas) son largas per se, las del festival ya han sido inabarcables: de 12 horas las más cortas a días enteros entre sábado y domingo repartidas en tres salas: la nave industrial Kraftwerk, que normalmente se reserva para festivales y algún que otro concierto, Ohm y la ya legendaria Tresor con su humo y sus verjas de hierro y su humo. En estas maratones de entre 12 y 24 horas tocaba seleccionar, y la programación del viernes era demasiado jugosa como para perdérsela, con Atkins, Surgeon y O/V/R (Regis + James Ruskin) entre algunos de sus platos fuertes.

Aunque Donato Dozzy estaba dándole duro en Kraftwerk, decenas de personas le abandonaron en favor de Juan Atkins, un habitual de la noche berlinesa. Apenas cabía un alma en Ohm (la más pequeña de las salas), pero seguía llegando gente para disfrutar de uno de los capos de Detroit, que regaló una sesión old-school (hasta pinchó con vinilos) mientras el público se rendía a sus pies y bailaba hasta en los bancos que sólo un par de horas antes habían servido de asiento a los allí congregados. La gente estaba tan entregada que ni siquiera esperaba el drop para aplaudir y venirse arriba.

Quienes se subieron al escenario de Kraftwerk sin duda se beneficiaron del entorno: la antigua planta eléctrica de la RDA, con sus enormes espacios, sus columnas de hormigón y sus techos infinitos no sólo es el escenario perfecto para sonidos más duros y experimentales, sino que además cuenta con una acústica que ya la quisieran para sí muchas salas de conciertos de España. Casi todos los que pasaron por el Kraftwerk optaron por un sonido duro sin concesiones, de O/V/R a Surgeon, que no defraudó con un techno agresivo (a las 6 de la mañana no está el cuerpo para muchas sutilezas) y arrolló con los temas de su nuevo álbum, From farthest known objects. Lo suyo fue un veni, vidi, vici en toda regla, y después de esa catarsis, por más que atravesé los laberínticos pasillos del Tresor de una sala a otra, todo lo demás parecía correcto, pero no arrebatador.

Antes de salir y enfrentarme al sol del verano y a las huestes de berlineses que madrugan para comprar el pan del desayuno, Tresor aún me tenía que regalar una imagen para el recuerdo que atestigua que la tolerancia de la que hacía gala en sus comienzos sigue viva, y no, no es la de gente medio desnuda o con máscaras de látex (eso no tiene nada de particular en los clubs de la ciudad), sino la de una chica con hijab bailando al ritmo de Sterac.