Pasada la treintena y, válgame dios, sigo llevando prácticamente la misma vida que diez años atrás. Es decir, trabajar en un curro de mierda, ir a algunos conciertos entre semana, fumar canutos y beber cerveza hasta que me quedo dormido en el sofá (provocando a menudo pequeños desastres), y ponerme fino los fines de semana en bares y clubes con luces estroboscópicas, música excesivamente alta, y rodeado de gente que te repite como un mantra aquello de “¿que si quiero o que si tengo?”. No, casi nadie me dice lo que querría realmente oír, que es: “¿en tu casa o en la mía?”. ¿Es esto lo que esperaba que sería de mi vida en el año del Señor de 2014? Pues ni sí ni no. En realidad no tengo ni idea. De acuerdo, los estudios superiores se me atragantaron (es más, considero a la universidad española un auténtico timo, así me quedo más tranquilo) y siempre he sido bastante haragán, pero es que las opciones que nos han dado a nuestra generación, pasada la cantinela de ser “la más preparada de la historia española” (como si eso fuera algo espectacular, aunque conociendo la historia de ignorancia e incultura de este país no era algo demasiado difícil), no es que hayan sido demasiado motivadoras ni especialmente alegres.  Las oficinas son pequeñas cárceles, el ser autónomo es una condena, y no se puede estar cobrando el paro toda la vida, por más que lo haya intentado fervientemente.

¿Y qué nos queda a los que ya no somos tan jóvenes? La vida de pseudobohemio barcelonés ya hace tiempo que me cansó –está llena de idiotas como yo-, y además sale bastante cara en una ciudad como la condal. El ir a conciertos está la mar de bien, pero joder, trabajar cansa y el beber cerveza a cuatro euros (y no poder fumar en las salas) no es el mejor plan para un martes de invierno. Por no decir que para según qué directos, mejor me quedo en casa escuchando el disco, que suelen sonar tope guatix. El formar una familia ya ni me lo planteo, si casi no puedo pagar las facturas y el alquiler (tengo muchos vicios, todos ellos honorables), no quiero ni pensar lo que debe ser tener a alguien a tu cargo hasta que cumpla los 50, que es más o menos la edad en la que calculo que el churumbel se emancipará. Que sí, que en las capitales españolas suele haber bastante actividad cultural, y mucha de ella gratuita, pero el salir de casa con 35 céntimos de euro en el bolsillo no suele prometer nunca grandes alegrías ni aventuras cosmopolitas. Lo importante es la experiencia, sí, claro, pero es que poner un pie en la calle te cuesta dinero. ¿Qué debemos hacer? ¿Quedarnos en casa a verlas venir? ¿Hacerme de los Casuals del Barça, por aquello de “hacer algo con los colegas? ¿Quemarme a lo bonzo en un bonito pero inútil homenaje a los Rage Against The Machine? Qui dia passa, any empeny, se suele decir en catalán, pero joder, un poco de salsita vital es necesaria. Y mi vida parece estar secándose sin que pueda hacer yo demasiado por evitarlo. Y no me río nada. En fin, otro año ganaré el Balón de Oro.