Cuando Kanye West anuncia que va a presentar su nuevo álbum, su nueva colección de ropa y sus nuevos implantes molares de zirconio en el mismísimo Madison Square Garden, esperas algo acojonante. Cuando Kanye West dice que el show se retransmitirá en directo en diferentes cines del planeta Tierra, esperas ver algo nuevo, algo grande. Cuando Kanye West asegura que habrá una puesta en escena que cambiará la historia de la moda, cortesía de Vanessa Beecroft, joder, esperas que Kanye llegue al Madison en un helicóptero de oro, y acto seguido se ponga a mojar al público con una manguera antidisturbios de Moët & Chandon, subido a un carro tirado por tigres, abrazado a Oderus Urungus de Gwar, mientras llora como un bebé.

Pues no.

La sala 2 del cine de La Maquinista de Barcelona no presenta ni de coña el lleno que muchos auguraban. Parece que un gran número de invitados ha preferido quedarse en casa, chupando de Tidal. La pantalla muestra movimiento. Llegan los Kardashian al Madison, como si fueran un clan de los Gipsy Kings. Más pieles y plumas blancas que en el tocador de Falete. Planchados capilares que cortan el viento. El hijo de Ye, disfrazado de algo blanco y peludo. Incluso tienen al primo yonqui, o al menos eso es lo que parece Lamar Odom, vestido como un veterano de la guerra del Vietnam con cirrosis. Flota en el aire la misma nube de seborrea que en las reuniones de folklóricas del Rocío…

kanye-interior-1

Y entonces aparece Kanye como si viniera de vaciar el lavavajillas de casa: gorra arrugada, el jersey rojo de las barbacoas, pantacas casual y chirucas. “Supongo que ahora se vestirá de astronauta, subirá al escenario entre explosiones de billetes de cien dólares triturados y se arrancará por bulerías”, piensas. Sin embargo Kanye, se sitúa a un lado, conecta un ordenador portátil con el trackpad hecho trizas, toquetea el móvil, le dice a los colegas que entren, y se pone a pinchar las canciones del nuevo disco directamente desde el ordenador, como si estuviera en la fiesta de cumpleaños de la hija de Belén Esteban.

Es un Kanye hogareño, amigos de sus amigos, porque amigos tiene y muchos. En cuestión de minutos, la zona donde está manipulando el ordenador se llena de colegas rappers: hay más testosterona en esos 50 metros cuadrados que el vestuario de la Real Sociedad de los años 80. Queda claro que Kanye no se va a cambiar de ropa y no va hacer el menor atisbo de show en directo. No rapea. No baila. Solo pone temas en su ordenador arropado por sus homies. De vez en cuando, coge el micro, suelta algún monólogo new age de los suyos, y hala, a seguir poniendo nuevas canciones, o mejor dicho porciones de nuevas canciones: solo nos permite escuchar enteritas dos o tres. Lo que se conoce como la puntita y fuera.

kanye-interior-4

Al menos tenemos entretenimiento asegurado con LA PERFORMANCE, el desfile de moda en clave futurista que nos había prometido el divo. Cuesta no descojonarse ante la visión. Unos 200 modelos mayoritariamente de raza negra apelotonados en un rectángulo como si fueran ganado, hieráticos, de pie, mientras los hits de Kanye van sonando a todo trapo. Hay algunos que están amontonados en un promontorio. Deben de estar todos entusiasmados con la idea de que van a tener que estar de pie, sin moverse durante los 90 minutos del show, mientras el niño toquetea su ordenador con los coleguitas. Es todo tan ridículo que parece un gag, pero por mucho que me frote los ojos, sigo viendo a 200 pobres diablos inmóviles, vestidos como si pertenecieran a una civilización distópica. Lo mejor es que hay algunos modelos masculinos que parecen tener la consigna de mirar a cámara muy pero que muy cabreados. Primeros planos chunguísimos. Clavan los ojos en el objetivo con la frialdad de un Terminator negroide, con ese gesto adusto que tan de moda ha puesto su ídolo y tantos imitan. Sí: la mirada de Kanye es el nuevo Acero Azul y no nos habíamos enterado.

De repente, sube al promontorio Naomi Campbell. Mientras los modelos de la civilización distópica comienzan a sentir calambres y algunos hasta optan por sentarse porque no aguantan más de pie, la modelo británica se pasea por el promontorio, les roba protagonismo y desparece. Las cámaras van mostrando imágenes del desfile hierático, Kanye trastea el laptop, la cosa se pone seriamente aburrida. Tanto que los propios modelos comienzan a poner cara de agobio. Hay chicas que llevan de pie una hora, con tacones imposibles. Veo a tipos desparramados en el suelo, fundidos. En serio, parece que estamos en un plano secuencia de un nuevo blockbuster ambientado en un futuro apocalíptico. Hay caras de sufrimiento. Quieren irse. De repente, Kanye pone un temazo, y la cámara nos regala el primerísimo plano de un modelo que deja escapar una lágrima. Emoción pura vía Kanye, joder; un chaval que podría enviarme a Costa Rica de un puñetazo, presa de una llorera y un sentimiento que desmontarían a la seguidora más curtida de Hay Una Cosa Que Te Quiero Decir. Delirio.

kanye-interior-2

Y cuando estoy a punto de rociar el cine con gasolina y pedir un Zippo, un giro argumental cósmico hace que me quede clavado en la butaca. Kanye anuncia que ha participado en un videojuego. Fantaseo con un Street Fighter de rappers, pero el astro dice que es un videojuego sobre su madre.. ¡entrando en el cielo! Habéis leído bien. Seguramente algún colega le ha pasado un canuto, estas cosas pasan, pero la broma va muy en serio. Kanye le da al play y de repente vemos unas imágenes ultrapixeladas de lo que parece una mujer negra, volando a lomos de un caballo blanco alado, ¡su señora madre, entrando en el reino de Dios, subida a Pegaso! Hay un silencio de dos segundos en el cine. Trato de entender el gag, pero creo que ya he tenido suficiente.

kanye-interior-3

¿Qué tal el disco, preguntáis? Con la que cayó, es de lo que menos me acuerdo. Lo único que sé es que he pagado 12 euros por ver a Kanye West en chándal, poniendo temas en un ordenador, y a 200 extras del Distrito 13 de Los Juegos del Hambre con calambres y muy mala hostia. Solo he echado de menos a Lola Flores gritando al público del Madison Square Garden: “¡¡Si me queréis, irse!”